Babyshambles | Sequel to the Prequel

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Parecía que el bueno de Pete Doherty se había perdido entre la marea de humo mediático, vagando entre paparazzis y pasarelas de lo dudosamente correcto. Aquellos años de frescura independiente han quedado relegados a la nostalgia de algunos y la profana imitación de otros, y en la mente de Doherty y sus Babyshambles es tan solo un punto de partida en el que asentar unas bases que aquí expanden su ramaje sin control; como no podía ser de otra manera en su carismático líder.

The Libertines supieron insuflar la rabia y la ferocidad que el indie pop/rock de la época parecía desestimar como innecesario. La problemática que esto conllevaba, en su caso, era cierto desdén hacia la parte más formal de la música, que seguro que su simple mención revolvía sus estómagos: la técnica. Aportaron una frescura ardiente que desproveía a la banda de, precisamente,de lo que este álbum más puede presumir: variedad, técnica, dinámica.

Con ‘Sequel to the Prequel’ (2013) escuchamos por primera vez la colaboración de Jamie Morrison de Stereophonics a la batería junto a los demás miembros de la banda. No están revolucionando lo que comprendíamos como música, tampoco saltan por los aires los cimientos de su estilo, pero han sabido canalizar en un solo trabajo coherente, un interesante crisol de géneros que ya asomaban en sus anteriores discos. El punk aniñado de ‘Fireman’ avanzando hacia una mayor consistencia clásica, el reggae afrancesado de ‘Dr.No’ o ‘Picture Me In a Hospital’ ofreciendo una mezcla interesante e interesada de folk e indie, nada nuevo pero con matices muy propios.

La nueva adquisición de la familia huele a hamburguesas y gasolina, destilando un señalado gusto por las raíces americanas que se dejar ver en la canción de burdel que entonan en ‘Sequel to the Prequel’ y al blues, y al jazz, sabiamente mezclado en ‘After Hours’ con su originario indie para no asustar al público menos avezado, pero como un susurrante reclamo para los más alejados a su estilo.

La ejecución de los temas pasa por todos los estadios posibles: brillantes fogonazos en la ideación de simplistas piezas grandilocuentes arropadas por melodías enigmáticas y siniestras, como el estribillo de ‘Minefield’; mediocres sustracciones de personalidad a The Cure en ‘Nothing Comes to Nothing’; al igual que momentos tristemente interpretados en el puente de ‘Farmer’s Daughter’ que, de estar hechos a propósito -porque es el único momento donde llega a ser pésimo-, desconozco el por qué.

Si algo caracteriza o define a este trabajo es que se trata de un paso adelante. Evolucionan hacia una mayor diversidad, una madurez lejos de estereotipos o clichés, atrapan lentamente entre medios tiempos y un frenetismo mejor controlado, logrando que las eclécticas construcciones de sus temas se cohesionen con sutileza. Un ladrillo más en el encumbramiento de Doherty, aunque esta vez sea más merecido.