Queen | A Night At The Opera

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REVISITAMOS | por José Roa

Queen | A Night at the Opera | 1975

Ya era hora. He querido darle tiempo para madurar, dándole incluso más vueltas de las necesarias, tratando de encontrar el punto idóneo, la frase única la que nadie jamás haya recurrido para relatar lo indescriptible de este álbum y esta banda; pero ya está bien, necesito sacarlo. Son Queen, porque no podrían ser otros; la mejor banda de la historia del rock n´ roll llevaba reclamando su trono entre la grandiosa cantidad de clásicos con los que echamos la vista atrás en este rincón, exiliados del tiempo, desde que abrimos la puerta a la nostalgia. Todo rey y toda reina han tenido su propia laboriosa ascensión al trono para al final, tras años de sudor y lágrimas, penurias y angustias, poder recoger la corona que justamente les pertenecía. Creedme, no es apología monárquica porque la música sobrepasa cualquier institución política y si la música representa el mundo, la banda del legendario Freddie Mercury la gobernó mientras lo habitaban y su A Night at the Opera (1975) fue el día de su ostentosa coronación.

Su anterior disco, Sheer Heart Attack (1974), resultó ser un rotundo éxito para la banda, subiendo un peldaño más hacia la popularidad que, con singles como Killer Queen o Keep Youself Alive, fue ganando paso a paso, forjando una reputación que les acercaría al estrellato que Mercury tanto ansiaba y al que toda la banda estaba destinada. Pero, a pesar de su conseguida fama, el importante nivel de ventas y las incesantes giras, la banda estaba monetariamente arruinada. La paradoja no hizo más que encender la chispa de su inquietud y descontento, lo que les llevó a cortar lazos con su anterior discográfica, Trident, pasando consecuentemente a manos de EMI, y generando un importante conflicto con su anterior representante, Norman Sheffield, al que sustituirían por John Reid, y al que despedirían con una mordazmente agresiva nota de despedida que pasaría a ser el primer tema del álbum, Death on Two Legs.

Cada palabra de este primer corte destila rabia, una letra encolerizada contra el manager que robó y, básicamente, estafó a la banda; banda que como contraataque compuso una obertura sublime que, entre encolerizados versos y tenebrosos riffs, mostraba la seguridad y confianza innata de la propia banda y la escisión con su primera etapa y subsiguiente renacer. Un gancho inmediato para un disco que aun tiene mucho más por descubrir. La fórmula era la misma que en sus primeros cuatro trabajos, pero expandiendo los límites de la producción a niveles nunca alcanzados que incluso a día de hoy es complicado llegar a tal nivel de perfección. Capas innumerables conformando un espectro musical amplio y profundo, difícilmente repetible. Obviamente, solo empujas el tope con una composición a la altura, porque, aunque el atractivo persistente de la banda fuera la teatralidad de Mercury y su calidad como showman, algo despunta por encima de todo ello: la irreprochable calidad como músicos de cada uno de ellos.

Cuatro compositores excepcionales constituían el alma de la banda. Mientras en álbumes anteriores las creaciones de Mercury se desmarcaban irremediablemente de las de sus compañeros, en este cuarto trabajo varios de los grandes temas vinieron del resto de la banda, como el segundo single You´re My Best Friend, compuesto por la introvertida y excepcional mente del bajista John Deacon. Como exaltación del rock and roll más puro y clásico, la “balada automovilística” de Roger Taylor en voz y batería, I´m in Love with My Car, en un absoluta demostración de grandiosidad y fuerza. Algunos temas no han permanecido en el lugar que merecen dentro de la consciencia colectiva, no tanto por su calidad como por su poca difusión. Entre estos temas, al que menos justicia le hace su repercusión es The Prophet´s Song, una auténtica obra maestra de manos de Brian May, siniestra y simbólica, maneja las virtudes de la banda en todo su esplendor: cientos de capas y overdubs, la fiereza y energía del hard rock junto a la exquisita sutileza de su técnica, así como el incansable uso de variadas armonías, tanto corales como instrumentales que aparecen a lo largo de los más de 8 minutos de canción, como en el canon vocal central, pudieron ver en este álbum su más alto exponente.

La multitud de distintos estilos que influenciaron a los miembros de la banda dan como fruto un auténtico crisol musical, que también tuvo aquí su mayor paradigma y marcaba la disparidad con una más distante y difusa influencia del blues, al contrario de lo que venía siendo la norma en la pasada década. Desde el music hall de la época dorada de los 20 y 30 en Seaside Rendezvous, el folk espacial de ’39 o el jazz de las big band en Good Company, al que cierra un indiscutible prodigio de producción con la emulación de estas bandas haciendo tan solo uso de guitarras; indispensable en absolutamente cada aspecto. La dinámica del disco denota su inigualable versatilidad, como una auténtica montaña rusa musical que te lleva desde el rock and roll de Sweet Lady hasta la indispensable balada sentimental Love of My Life. El uso de una gran variedad de instrumentos por lo tanto resulta necesario, aprovechando el indefinido tiempo que la compañía les ofrecía y empleándolo en la experimentación, ya no solo en materia de producción, también de composición y arreglos (los cuales pueden funcionar como una canción en sí misma) tanteando nuevos matices con exóticos instrumentos como el toy koto o clásicos como el arpa o el ukelele.

Un álbum que recoge todo aquello que se fraguó durante más de dos décadas de rock and roll y música popular, que plasma en una joya inimitable, versátil, extensa y gloriosa, dando a luz el mayor himno que la música actual haya podido contemplar, Bohemian Rhapsody. No es lo más sabio hablar de este como un solo tema. Siempre anhelado por Mercury y compuesto por él, la simple concepción del tema ya es magistral. Balada, ópera y hard rock en una epopeya sobre la muerte y la realidad como metáfora viviente, una opereta que resquebrajaba los cánones del rock con su complejidad estructural y su exacerbado sentimiento, más cercanos a la música clásica que al género popular. La hermosa y elegante introducción, voz y piano en una simbiosis sobrenatural, seguida del fantástico solo de guitarra y la sección coral de ópera, con más de 180 voces sonando al unísono arrasando con todas las pistas, dando paso a la energía del hard rock que devuelve a su vez la simetría a la canción con el delicado final a tempo variable, suave, épico y magistral; simplemente inexplicable e inalcanzable, no hay palabras para describir el talento, creatividad y, simplemente, superioridad necesario para llevar a cabo un tema y un álbum así.

Tras su propio himno el de su país, la versión guitarrera del God Save the Queen. Arreglos, como siempre, espectaculares, en un trabajo de armonías y distinción sonora que concluye el álbum por excelencia de la música actual. No es rock and roll, no es hard rock, no es jazz ni es ópera; es, simple y llanamente, arte. Una monumental, genuina e insuperable obra de arte.

Grabado por:

Queen & Roy Thomas Baker (producción)

Freddie Mercury (voz, coros, piano)

Brian May (guitarras, voz, coros, ukelele, arpa)

Roger Taylor (batería, voz, coros)

John Deacon (bajo, coros, piano eléctrico)

                                  – Lanzado por: EMI el 21 de noviembre (Reino Unido) y Elektra el 2 de diciembre (EE.UU.) de 1975

– Grabación: 24 de agosto a noviembre de 1975, Gales y Londres, Reino Unido

– Duración: 43:10

– 3 discos de platino en EE.UU., 1 en Reino Unido, Canadá y Alemania, 1 de oro en Finlandia y Austria y 150.000 copias en Japón. 


Siendo hasta la fecha de su grabación el álbum cuya realización resultó la más cara de la historia, se pueden extraer dos claras conclusiones: la confianza depositada por su nueva compañía y el riesgo al que se exponían en caso de no triunfar, con lo que el mínimo traspiés comercial habría resultado en un estrepitoso fracaso que hubiera condenado a la banda a su disolución. Pero un álbum así no se hunde. El riesgo, la volubilidad, un inconmensurable talento y necesidad de creación única son algunos de los rasgos que definen una banda que elevó el listón a unas cotas de calidad y perfeccionismo nunca vistas; rehaciendo cada género, reconstruyendo cada sonido y a sí mismos, y siempre con una voz propia inconfundible, un carisma y una envergadura que les encumbró como reyes y que muy difícilmente perderán.

Me es imposible ser imparcial con Queen, simplemente no pienso que haya habido una banda mejor. Es bien cierto que The Beatles fueron una fortísima influencia en la banda, pero llegaron a límites técnicos y musicales que nadie había tan siquiera rozado y como músicos cualquiera de los cuatro supera con creces a sus homónimos de Liverpool. Cualquier álbum de la primera década del grupo ocuparía este lugar -siento especial debilidad por el Queen II (1972) he de decir- y no habría réplica posible, pero como desenlace a un proceso de madurez y personalización como banda, el perfeccionamiento de unas características, rasgos y sonido propios, una repercusión superior e inmediata y, por lo general, un trabajo más redondo en su totalidad, este disco ocupa un innegable lugar que ningún álbum de ninguna otra banda podría intentar hacerle la más mínima sombra. Como siempre y cada vez con más decisión, God save the Queen.

 “Una banda nueva debe confiar en sí misma. Debes tener esa arrogancia, ese ego para creer en lo que haces. Nosotros teníamos esa confianza, así que sabíamos que en algún momento íbamos a llegar al público”

Freddie Mercury, cantante de Queen

Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.