El 12 de abril, A.H. se despidió de sus hijos, a los que no volvería a ver, y se dirigió a Des Plaines, distrito de la monumental Chicago rodeado de envidiables ríos y lagos. Allí se ganaba el sueldo trabajando para una empresa dedicada a mantener cisnes –o swans, como allí se les dice- que alejaran a las bandadas de gansos de las residencias cercanas. Fue ahí donde encontró la muerte vestida de precioso animal. Montado en su canoa, uno de los cisnes vio como A.H. se aproximaba a su territorio y no dudó en asesinarle como son capaces las bellas mujeres de las antiguas novelas negras; con una elegancia que a veces tiene el instinto más terrorífico. El animal golpeó el medio del hombre, haciéndole huir hasta la orilla, que nunca llegó a tocar tras el salvaje bloqueo del ave que tan bien bailaba para Tchaikovski.

Algo de esa ambigüedad guardan Swans en su música. Belleza escondida entre capas tétricas, de atmósfera rodeada por tinieblas malditas. Oculto entre toda esa maraña de ritmos negros que unas veces abrazan al folk para acabar besando ritmos doom. Tras su disolución a finales de los noventa y su renacimiento esta década, vuelven tras cumplirse dos años de su My Father Will Guide Me Up A Rope To The Sky como el némesis de todo el post rock que nació tras ellos rodeado del color nostálgico que imprimen Sigur Ros.

The Seer es el nuevo trabajo que nos trae a un Michael Gira con ganas de superarse de nuevo en el arte convertir la música inhóspita en la más bella. Y lo consigue. Este doble álbum supera a su antecesor tanto en calidad y empaque como en terror y dificultad. La banda sonora de una plaga mundial, de cualquier guerra nuclear, de la destrucción más tenebrosa conocida plasmada en 11 canciones no aptas para el oyente fácil ni el que busca relajación. Este trabajo es para escucharlo con el mayor detenimiento posible. Pero trae recompensa.

Lunacy abre el brillante álbum bajo coros barrocos que parecen cantar a un planeta en explosión, abocado a la destrucción más inminente donde el timbre de Gira va tomando fuerza hasta convertirse en un orador satánico extasiado bajo los coros del matrimonio de Low, Alan Sparhawk y Mimi Parker. No son los únicos invitados a esta oscura bacanal. Song For a Warrior, que ocupa la segunda parte del álbum, es la mota más pura e incorrupta del álbum, donde, a la voz de Karen OYeah Yeah Yeahs– se va uniendo la del líder de Swans en una demostración de los diversos tonos de la paleta que la banda neoyorkina es capaz de abarcar. En A Piece Of The Sky, los que colaboran son Akron/Family, especialistas en encontrar la extrañeza del sonido y otra rara avis del panorama norteamericano que dejan sus huellas en una de las canciones más largas del álbum sobrepasado los 19 minutos. No es la que más. Apostate, que cierra el disco, alcanza 23 largos minutos de multitud de capas que bordean la locura con un final tan apoteósico como brillante en el que gritos sin sentido se mezclan entre el rechinar de cuerdas y tambores de guerra.

Entre la colección también destaca Mother of the World, un orgasmo sudoroso que acaba en una desagradable tragedia cuando llega a la eyaculación, Avatar o The Seer Returns, que convierten a este trabajo en una de las escuchas más complicadas del año pero con una recompensa que fascina tanto que es imposible no obsesionarse como uno llega a hacerlo con el baile acuático del cisne sobre un lago o el caminar deslizante de esa mujer peligrosa que siempre aparece en las novelas de revólver, bourbon y gabardina.

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