Tame Impala | Lonerism

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Critica Lonerism de Tame Impala | HTM

La música se puede vivir de mil formas diferentes. Se puede escuchar música electrónica en una discoteca, disfrutar de un buen concierto de blues en uno de esos mágicos antros excavados en el rincón más inesperado de las ciudades que parecen estar esculpidas en cemento o incluso entregarse a su encanto en la soledad y oscuridad de un cuarto, como si fuera una amante. No obstante, hay algo en las melodías y sonoridades que pueden convertir una canción en una obra intemporal, que tiene el mismo significado en los años 70 como en el 2012. Es lo que se llama la Buena música, que está por encima del bien y del mal, de si gusta o no a la prensa y a los críos que todavía no saben si están andando hacia delante o hacia atrás. Pero, si hablamos de Tame Impala, está claro que solo pueden avanzar, y esta vez dan un paso más allá con Lonerism, su segundo disco de estudio.

Cuando Kevin Parker lanzó al mundo su música en 2005 bajo el nombre de The Dee Dee Dums, algunos descubrieron que este tipo no hacía acordes, canciones para pasar el rato, sino que creaba ambientes inigualables que, sin utilizar la violencia o la rabia propia del rock, podían hacerte volar por los aires. Así, Modular Recordings no se lo pensó, como tampoco lo habrían hecho Jac Holzman de Elektra al encontrar a los Doors en The Whisky a Go Go el año 1966 para publicar uno de los mejores discos de toda la historia de la música. Después de dos años desde el Innerspeaker, vuelven con el mismo ‘cheesy pop’ que tantas alegrías nos dio, y lo hace por la puerta grande, sin renunciar a seguir haciendo historia, a día de hoy, cuando todo el mundo sigue dudando de que no todo esté inventado o que la música que se grabó hace décadas será insuperable para toda la eternidad. Esa misma gente se habrían dado asco a sí mismos si se hubieran conocido cuando eran jóvenes.

El cambio más importante para este magnífico Lonerism es que ya no hay concesiones de ningún tipo. Parker ha cortado las cuerdas que lo unían al mundo real al paso de Elephant, tal vez la más ‘comercial’, o la genial Keep on Lying. Y es que cada una de las tomas del disco ha sido grabada en un punto diferente del mundo, lo que explicaría este viaje tan intenso hacia la abstracción. Así, en vez de convertirse en un arte difuso, como habría sucedido con los discos de otras estrellas interplanetarias que son conscientes de su situación, como The Strokes con Angles, la música se acerca al oyente, le susurra historias cálidas que convierten cada corte en un hogar al que aspirar. Y es que la sensación de que cualquier guitarra o teclado podría haber sido grabado en tu casa, tu ciudad, tu pueblo, da vértigo, de ese que pone los pelos de punta y solo se ahoga debajo de una buena ducha de agua caliente. Es la misma sensación que da saber que tienes dentro de un disco un mundo entero, una pelota de millones de kilómetros cúbicos que, al fin y al cabo, no es tan grande.

Pero la dureza viene de la mano de temazos intemporales como Feels Like We Only Go Backwards, negando la existencia en uno de los mejores cortes. Es ese tipo de introspección que no necesita de que haya un cambio radical de estilo, de hecho, Tame Impala nunca han sido tan reconocibles, lo que no quita valor al disco, sino que lo eleva a la enésima potencia. Me imagino a Parker preguntándose con amargura Why Won’t They Talk To Me?, sin que de verdad le moleste mientras prepara las cuchillas en su guitarra para el acid más psicodélico para Mind Mischief, como en el single Apocalypse Dream, en el que Supertramp parecen expresar de la forma más épica el mayor de los cuelgues de la década del lsd. Uno se acostumbra a tantas cosas, que asusta ver tanta buena música junta.

Y es que Parker ha aprovechado hasta el último segundo en el que le ha asaltado la inspiración para sacarle partido, y eso se nota. No todo es encerrarse en tu estudio a financiar el disco del año, y el australiano ha estado nada menos que dos giras preparando este grandísimo trabajo que será recordado por los amantes de la música durante décadas, aunque otros más reticentes y con la mente ‘out of service’, tardarán todavía varios años en darse cuenta.

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