Savages (sala Shoko, Madrid) 20 de febrero de 2014

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Es jueves en un Madrid extraño donde el frío no desaparece, donde el asfalto está mojado aunque no haya llovido, donde los bares se llenan cuando hay prisa por beber y vomitar las tensiones de una semana demasiado larga. Savages han elegido el jueves para tocar en esta capital que nunca será ciudad. La banda que abofeteó a los estancados servidores del post-punk con su debut titulado ‘Silence Yourself’ (Matador, 2013) se marcaron un espectáculo brutal y negro, duro, ruidoso y lleno de nervio.

Las cuatro chicas de Londres salieron al escenario con puntualidad. ‘Shut Up’ fue una de las primeras.  Jehnny Beth empezó a hacer esas extravagancias con la voz, esos gritos y gemidos trágicos que la bañan de carisma. El concierto no duró más de una hora y cuarto, pero la intensidad llenó la frente del público de pequeñas gotas de sudor que fueron creciendo hasta empapar cada poro de la piel. Una piel erizada al ver a Beth moverse con tímidos movimientos sexuales y salvajes bailes epilépticos.

El espectáculo explotó con ‘No Face’, una canción que reconvirtieron para el directo en una poderosa bala en la cabeza que siguió con ‘Hit Me’. Con esta canción Beth demostró su poderosa capacidad de incomodar, de llorar gimiendo y de volver locos a todos con su impertinente forma de provocar angustia. Vestida con una camisa blanca, pantalones negros y unos tacones rojos, como el color de su boca. La voz de Savages demostró que tiene dentro el alma encogida de Ian Curtis.

Y luego estaba esa guitarra que lo llenaba todo, la que toca Gemma Thompson. Que también grita y participa en este espectáculo impresionista de luces blancas que enmarcan las figuras de cuatro mujeres que no vienen a revindicar nada. Ellas están suficientemente emancipadas, hablan de mujeres porque son mujeres pero no hay feminismo en su propuesta. Solo honestidad y crudeza. Porque lo que sí revindican es la fortaleza para no dejarse pisar, para salir adelante para pensar por uno mismo.

Una hora y cuarto para decir adiós y no volver a pisar el escenario. Una suculenta hora y cuarto para descargar la roña que todos llevamos un jueves negro. Y lo único que faltó es que Jehnny Beth y sus tres chicas bajaran del escenario en mitad del concierto y abofetearan a cada imbécil que no paraba de levantar el móvil para grabar fotos  y vídeos de mierda.