Sonorama Ribera 2014: Raphael, The Clash y el Power Ranger amarillo

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El Power Ranger amararillo bailando entre gente en una plaza de Aranda de Duero.
Si hay algo que he aprendido en los últimos años es que, para que un festival funcione, debe ofrecer algo distinto. Justo cuando dejo sobre la cama la maleta que llevé al Sonorama, abro el correo y leo que el Mona Fest que iba a celebrarse en Salobreña tiene que cancelar su primera edición por la falta de apoyo del público. Una historia que se repite con demasiada frecuencia.

Me pregunté durante años cómo es posible que el Sonorama, sin tener un cartel espectacular, sin tirar de público extranjero, sin tener una playa, un barco, djs de discotecas valencianas que atraigan a un público mayoritario o sin que sus asistentes fuesen tratados como una pandilla a la que llamasen sonoramers o sonoramos, era capaz de resistir tanto tiempo el envite de una crisis en la Música que ya  guarda demasiados cadáveres.

Contaban Niños Mutantes durante la rueda de prensa de presentación de la nueva edición del festival celebrado en Aranda de Duero, que en el Sonorama lo que importaba en primera instancia era la Música y que la Música era lo que provocaba la fiesta. De un modo u otro, la Música siempre está presente en cada festival, y tal vez no sea necesario saber lo que mueve a público o artistas a acudir a un evento como Sonorama.

Sonorama: la verbena

Decía mi compañero Nacho S. Arquillué que si uno no tenía pueblo al que ir de fiestas, siempre podía acudir al Sonorama. Cada plaza, cada calle, cada vecino, estaba invadido por el espíritu de Baco, la sustancia bien o la simple alegría cañí. Del mediodía al atardecer, el pueblo se convertía en comparsa de pistola de agua, vermut, Chimo Bayo, ‘Around The World’ y caras conocidas que parecía no tener un final claro.

Desde el sombrero de paja de verbena hasta el power ranger amarillo que ilustra esta suerte de crónica, el festival y su entorno completan un microclima de festividad que llama a sus asistentes a acudir cada año. La llegada de las primeras horas de la noche trasladaban todo aquello a los escenarios del festival. Tentador para las mentes más inquietas.

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Sonorama: el festival

Puede que la atracción principal y el mejor modo de hacer campaña publicitaria inventado por el festival fue la contratación de Raphael como cabeza de cartel en una mezcla de pasión por el freak show y el morbo natural del ser humano por lo desconocido. El que fue niño de Linares y ruiseñor, se subió con 71 años al escenario principal entre “indies con cerveza” y señoras vestidas de domingo en jueves para disfrutar de un directo que llegó a las dos horas.

La pomposidad la arrancaron de cuajo unos The Clash liderados por un hierático Joe Strummer que invitó a subirse al escenario a We Are Standard. He presenciado una decena de directos de los de Bilbao y aún no he conocido un solo punto débil.  La réplica tuvo lugar el viernes, jornada que fue para Fuel Fandango y para el torbellino escénico de Nita Manjón. La cantante cordobesa se muestra imperial sobre el escenario, con la clase y voz que a menudo no solemos requerir porque creemos desaparecido por culpa de algún meteorito que extinguió la raza y el carácter.

La efectividad y el amor de Cut Copy para cerrar el festival en su última noche fue el acierto de la organización. Los australianos son la apuesta segura que todo evento de estas características necesita. Un par de horas antes la nota reivindicativa la había puesto Nacho Vegas sobre ese mismo escenario con un directo preciso y que giró en torno a \’Resituación\’ (Marxophone, 2014). Cabe mencionar también los conciertos que S.C.R. y Juventud Juché dieron ese mismo día y que confirmaron que, aunque este festival no tenga barco, ni el mejor de los carteles, tiene ese algo complicado de conseguir que puede darle larga vida si sabe mantenerlo otro par de décadas más.