Enanos, coca y LSD

Las estrellas de rock nacían jóvenes y alcanzaban la fama rápido, una combinación peligrosa. La mecha ardía a toda velocidad, acelerada por los hábitos y el estilo de vida propio de los dioses dorados del rock and roll. Y, como en toda religión, alrededor de estos dioses se crearon leyendas, mitos, historias fantásticas que, en vez de dirigir al hombre hacia la rectitud moral, demostraban la sencillez con la que afloran las perversiones y lo divertido que podía ser dejarse llevar por ellas. Lo obsceno e incorrecto era ahora lo moral.

Sin embargo, como seres humanos curiosos, buscamos la verdad a pesar de maravillarnos ante el misterio de la epopeya incierta. Tantas son las leyendas, que podría llenarse una enciclopedia de 29 tomos -en caso de no existir ya-, pero aprovechemos el tiempo que tenemos y adentrémonos en la mitología del Olimpo del rock and roll.

The Who

El cartel de felicitación del Holsay Inn
El cartel de felicitación del Holsay Inn

Keith Moon estaba loco, lo sabía y presumía de ello. El mayor animal que la humanidad haya visto detrás de una batería tiene su propia leyenda. El 20 cumpleaños del baterista de The Who pasaría a la historia como una de las fiestas más salvajes de la historia del rock n’ roll y la banda se ganaría la categoría de persona non grata en todos los hoteles de la cadena Holiday Inn estadounidense.

Ácido y alcohol como atrezzo, un cartel de “Feliz cumpleaños, Keith” a la entrada del hotel e invitados con los que pasar la noche, eso es todo lo necesario. Había una tarta, pero Moon prefería tirársela a los asistentes antes dejar a nadie probar un bocado. Los rollos de papel higiénico volando a través de la ventana sirvieron de llamada para el gerente del establecimiento. Cuando reiteró su visita a la habitación, el batería le introdujo sin permiso en la pelea de tartas, lo cual no debió sentarle muy bien.

Pero a Moon le daba igual y vio esto como una oportunidad para subir el listón. Un extintor en una mano y un pasillo libre por el que trotar.

El resto de huéspedes abandonaban aterrados sus habitaciones ante el aviso de la alarma de incendios y, entre la niebla que Keith sembró, la historia comienza a divergir entre los asistentes. Para unos la piscina estaba vacía, para otros el coche era un Lincoln, para otros un Chrysler y, para otros, el enajenado batería saltó de cabeza a la piscina, quizás con agua o quizás sin ella. Lo cierto es que, en algún momento, el coche de Keith Moon terminó en la piscina del hotel, puede que con o sin él dentro.

El alboroto fue tal que, al final de la fiesta, la policía llegaría al lugar, Moon huiría con un diente roto y el mito se forjaría gracias a la excentricidad de algunos y las lagunas de otros.

Hawkwind

Antes de Motörhead, Lemmy Kilmister formaba parte de la banda Hawkwind, la cual le despediría de forma unánime debido a sus excesos, pero fueron esos mismos excesos los que convertirían los conciertos de la banda en hitos de la psicodelia.

A mediados de 1972, la banda comenzaría a conocer la fama con su single ‘Silver Machine’. Con ello llegaría la inclusión de Stacia, una bailarina que un día se subió al escenario y no volvió a bajar, acompañando las etéreas composiciones del grupo con la delicada y demente sutileza de sus bailes. A medio camino entre groupie e integrante, el reclamo de la bailarina desnuda en el escenario hizo crecer aún más la base de fans de Hawkwind; seguidores que terminarían por adentrarse en la espiral alucinógena que definía a la banda.

Los bailes etéreos acompañaban las extensas improvisaciones del conjunto, bañadas de colores danzantes en espirales y caleidoscopios. Pero para Lemmy esto no era suficiente. El viaje, bueno o malo, del grupo debía compartirse y con quién mejor que con su público. De ahí que se le ocurriera la brillante idea de, en mitad de los conciertos, sacar un tubo que proyectara LSD hacia el público; un viaje común.

Poco tiempo después, debido a la escisión entre el hippiesmo ácido de los integrantes del grupo y la crudeza speedica de Kilmister, el resto de miembros terminaría por despedir al bajista que, entonces, formaría su propia banda, la “peor banda del mundo”, la más ruidosa: Motörhead.

Led Zeppelin

Si alguien popularizó el exceso como modo de vida para la estrella del rock and roll, fueron Led Zeppelin. Ninguna banda ha hecho volar tantas televisiones a través de ventanas de hotel y ellos encarnan el mayor ejemplo del misterio, del misticismo del músico de aquella época.

Las groupies son una de esas invenciones románticas y, al tiempo, un tanto humillantes de las décadas de los 60’ y 70’. No había meta u objetivo que no conquistaran si era lo que sus iconos demandaban, trágicas historias de amor unidireccionales en las que vivían en una ensoñación inducida. La historia más macabra en el fenómeno groupie se vio encarnada por una pelirroja llamada Jackie, John Bonham, el mánager de Led Zeppelin, Richard Cole y un pargo rojo.

El pez de la historia comenzaría siendo un pequeño tiburón, la chica habría sido atada a la fuerza y los miembros de Led Zep la habrían violado con el escualo, incluso introduciendo trozos de pescado en su vagina y su ano. Pues bien, la historia es truculenta pero no hasta tales extremos.

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El Hotel Edgewater de Seattle

La realidad es que, mientras la banda se alojaba en el hotel Edgewater -en el cual se podía pescar desde las habitaciones-, Bonham y Cole disfrutaban del inofensivo placer de caña y sedal; hasta que se aburrieron y buscaron otro divertimento. Entonces apareció la joven Jackie de 17 años, el pelo rojizo y la adrenalina de una inocencia en fase terminal. Tal y como relata el mánager de la banda, después de beber unas cuantas copas, él mismo terminó atando a la chica a la cama y comenzó a masturbarla con uno de los trofeos pescados (un pargo vivo, no un tiburón), bajo la mirada del gran batería en una tarde cualquiera del mes de julio de 1969. Según sus declaraciones, la chica estuvo conforme y disfrutó de aquella bizarra experiencia.

Quién sabe lo que ocurrió realmente. Es complicado fiarse de los vagos recuerdos de una época adulterada, más aún cuando él mismo no está seguro de lo sucedido y sus declaraciones en ocasiones se contradigan. De cualquier modo, eso no impidió que Frank Zappa les dedicara una pequeña canción, titulada ‘The Mud Shark’, que alimentaría otra de tantas historias sobre el misticismo y la leyenda de Led Zeppelin.

Queen

En ocasiones, Queen arrastran dos concepciones muy erróneas sobre la banda: 1) que se trata de una banda mediática cuyo único mérito fue saber tocar lo que se ponía de moda y 2) que Queen es Freddie Mercury y Freddie Mercury es Queen, nadie más. Craso e ignorante error. Decir que fue una de las mayores bandas del rock es, incluso, quedarse corto. Si alguien gobernaba en ese Olimpo, no podía ser otro que el cuarteto británico y si el exceso era salvaje en los dioses menores, imaginemos cómo fue en el panteón superior.

Las fiestas de cumpleaños, conciertos y distintos eventos de la banda han pasado a la historia como los más opulentos y excesivos, tanto para los que oímos sobre ellos como para los que los vivieron. Pero una permanece por encima de todas las demás: la celebración del lanzamiento de su álbum ‘Jazz’ (Parlophone, 1978).

El festejo se aleja del misticismo hacia la exuberancia y el hedonismo que tanto apreciaba Mercury; los grandes genios son, al fin y al cabo, excéntricos. La banda trasladó a todo el elenco recurrente de sus fiestas desde Londres hasta la ciudad del jazz, porque qué mejor sitio. 500 personas hasta el hotel Fairmont, un edificio que estaba a punto de convertirse en una Sodoma moderna.

The Sun, 7 de noviembre 1978
The Sun, 7 de noviembre 1978

A la entrada, un grupo de enanos recibían a los invitados con bandejas de cocaína en la cabeza. Una vez probado el primer bocado de la fiesta, brujos, contorsionistas, strippers transexuales y bailarines servían de entretenimiento, acompañando las oleadas de alcohol y drogas. En su camino hacia las demás estancias del hotel, una extraña masa de carne crepitaba y se sacudía como si hubiera cobrado vida; ¿el secreto? Otro enano que se movía debajo de los kilos de filetes para hacer creer que la carne había cobrado vida.

Camareros desnudos deambulaban por la orgía sirviendo caviar, langostas y alcohol a los atendientes, quienes podían encontrar en los lavabos los servicios orales de diversos profesionales. De todos modos, a más de uno podría habérsele quitado el apetito tras presenciar al hombre que arrancaba cabezas de gallina a mordiscos o la mujer que se ofrecía a decapitarse a sí misma a cambio de dinero.

Aquel “Sábado Noche en Sodoma” costó más que la producción del álbum que celebraba y grabó a fuego el nombre de Queen como la banda más salvaje y excesiva de la historia del rock n’ roll.

Freddie Mercury en "Sábado Noche en Sodoma"
Freddie Mercury en “Sábado Noche en Sodoma”

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