Huir de Irán, morir en Brooklyn

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Williamsburg, Brooklyn, Nueva York. La meca de los modernos, el reino de los hipsters. Un barrio revitalizado por una comunidad joven en la que impera el arte y la multiculturalidad. La madrugada del lunes 11 de noviembre se oyeron varios disparos en el 328 de Maujer Street. Un sonido extraño pero no ajeno en una ciudad y un país que tiene marcadas las balas en alguna parte del ADN. Un rifle del calibre 308 había acabado con la vida de cuatro personas. Entre ellas estaba Ali Akbar Mohammadi Rafie, conocido como Rafi: un joven iraní que antaño tocaba el bajo en The Free Keys, una banda persa que había abandonado el país presidido por Mahmud Ahmadineyad junto a The Yellow Dogs, banda a la que pertenecían dos de las víctimas. Huyó de Irán y murió en Brooklyn: un viaje en el que pasó de músico a asesino.

El rock también murió una vez en Irán. Fue en 1979, con la llegada de la revolución islámica. Aquellas guitarras y mensajes apuntaban directamente al mal: se le consideró ofensivo para el Islam. El underground cobra todo su significado. Fue el principal motivo por el que The Yellow Dogs, The Free Keys con Rafi y otras muchas bandas abandonaran el país en busca de su sueño: poder tocar libremente. Aquello se cumplió en 2010, el año en el que decidieron dejar atrás las habitaciones cubiertas de poliestireno para evitar ser escuchados por las autoridades. EE.UU. les admitió como refugiados políticos y aterrizaron en la isla neoyorkina.

The Yellow Dogs ya habían triunfado. No ya por haber participado en el importante festival de Austin SXSW o haber teloneado a Black Lips, para la banda iraní poder hacer un concierto libre, alejado de la clandestinidad, era el mayor de los éxitos. Vivir en plena modernidad. Celebraban ser jóvenes jodiendo, fumando, bebiendo, escuchando música. Sus canciones estaban influenciadas por Joy Division y The Kinks. Tenían esa urgencia por sonar directos, fuertes, con cierta desesperación por incitar al baile.

Rafi cambió su bajo por el 308, se apuntó a sí mismo y disparó. Aquel rifle que había servido como llave a la muerte había aniquilado minutos antes a tres amigos. Lo había trasportado en una funda negra de guitarra que se encontraba junto al cuerpo en la azotea que fue el inicio de la matanza y también la meta. Se dice que le habían pillado robando material de The Yellow Dogs, que incluso se hizo con algo de dinero que no le pertenecía, que la relación de había distanciado demasiado desde que el sueño de Nueva York se convirtió en realidad. Como si existieran excusas para matar.

Bajó hasta la terraza del tercer piso. Desde la ventana podía ver a Ali Eskandarian. Era la voz de la experiencia. También iraní, llevaba desde 2003 en Nueva York. Dejó mucho antes la antigua Persia. Tras la muerte del ayatolá Jomeini, el exilio le llevó a Alemania, después a Texas. Ali desarrolló su faceta artística en EE.UU. pero sin abandonar sus raíces. Un Jeff Buckley de Oriente Próximo que tuvo un final igual de trágico. Él recibió la primera de las balas que Rafi había preparado. El plomo atravesó el cristal y fue a parar a la cabeza del músico de 35 años.

Ali-eskandarian
Ali Eskandarian fue el primero en morir.

La segunda estaba destinada para Arash Farazmand. También en la cabeza. La ventana rota permitió a Rafi introducirse en el salón. De ahí a la habitación donde se encontraba el batería de la banda. La matanza debía continuar. Soroush, hermano de Arash, estaba encerrado en su habitación en el segundo piso. No oyó nada. Tirado en su cama junto al ordenador portátil, posiblemente con el volumen elevado, no escuchó los disparos que Rafi había hecho contra su hermano y Ali. Rafi bajó hasta allí, abrió la puerta y le clavó un disparo mortal en el pecho. Era el guitarrista.

Antes de subir a la azotea para terminar esta carrera sincronizada de muerte tuvo tiempo de herir en el brazo a otro de los habitantes. Volvió a donde había dejado la funda. Allí le encontraron, el último de una matanza musical que tiñó la esperanza de rojo. No cumplió su cometido: acabar con The Yellow Dogs. Siempre queda la música. Su música. Aún viven Siavash Karampour y Koory Mirz , vocalista y bajista. Su deber es el de hacer sonar un homenaje eterno, una reivindicación por la libertad, intentar sonar con mayor fuerza para que la pesadilla que una vez fue sueño borre todo rastro negro.