Disfrutaba del pirateo consentido del último trabajo de Bob Dylan cuando soltó el genio que tanto calla en Rolling Stone Estados Unidos –esa que sirve de cuaderno de recortes para el resto de la franquicia occidental- que bien podrían los hijos de puta que en el 64 le llamaron Judas pudrirse en el infierno. Tan atareado estaba en los últimos cincuenta años publicando discos y respondiendo mal a la prensa que había olvidado mensaje alguno para esos que le estamparon el peor nombre de la historia por ponerle un cable a su guitarra.

Todo este lío de judas e hijos de puta viene por reproches empañados de plagio hacia el minesotano. Componiendo Tempest llevó a sus versos los versos de Henry Timrod, un tipo que murió hace tiempo y que no creo que vaya a mover ningún papel para reclamar un par de líneas porque allí no tienen SGAE. Dylan afirma que entre los acusicas plagiadores se esconden aquellos de los del grito de hace cincuenta años, los que queden o sus herederos, como cuando Franco veía masones hasta en misa. Y es que ni a los setenta puede uno hacer lo que guste que se le criticaría hasta el bigote que bien parece postizo de los que se caen en el primer sorbo o el acostumbrado sombrero cordobés sin borlas. Tal vez esos llamados hijos de puta, que bastante sabrán sus centenarias madres de Dylan, son los mismos -o sus primos- que esperan impacientes que Bowie vuela a los escenarios o que Richards la diñe de una vez.

De lo poco que no sabe Dylan, que buena vida ha llevado, es que en la sociedad del muerto no caben artistas de setenta años y que el precio de vivir es esquivar constantemente el balazo de la muerte en vida que a tantos hijosputa, como se dice por aquí, les gusta disparar. Que ahora él disfruta de nietos, teletienda y pan para los patos pero Hendrix quema aún guitarras en recuerdos y nadie rememora al Jim Morrison gordo y deprimente.

Lo que tampoco sabe Dylan es que aquí a los viejos siempre se les ha tratado mal. Desde el Japón en el que se les deja en el monte Fujimori con un trozo de pan y una botella de agua del grifo a la costumbre española de olvidar cualquier cosa en la gasolinera. Tal vez los tiempos cambien, pero los hijos de puta siguen detrás de Bob Dylan.

por J. Castellanos

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