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Si es fácil asociar algunos nombres a la música de una década concreta, jamás lo fue tanto como en los primeros diez años de los 00′. Y es que The Strokes y Arctic Monkeys se han ganado a pulso su sitio en lo más alto del podio mundial, a golpe de buenos discos y conciertos para no olvidar. Ambos son grupos inconformistas, cambiantes y que han tenido sus más y sus menos. Ambos han compartido y compartirán algunos años en la cima, y esperemos que durante mucho tiempo. Estos dos nombres propios de una generación combaten a muerte en Hablatumúsica por el primer puesto en una carrera que todavía hoy continúa. ¿Cuál será el caballo ganador?

Tanto yo como los Arctic Monkeys hemos crecido con The Strokes. Cómo no hacerlo. El año 2000 comenzó con la buena noticia del Is This It, un disco que recuperó el garage rock y lo convirtió en uno de los mayores fetiches de la música indie a golpe de temazos. Sin embargo, si The Strokes fueron la mejor forma de recuperar la música de los años 70, de popularizar a la Velvet Underground, de dar peso al rock de nuevo siglo, Arctic Monkeys dieron a luz un nuevo sonido que se asociará durante mucho tiempo con esos años que parecieron hasta entonces un lento despertar del nuevo espíritu cultural en el que los jóvenes tenían mucho que decir. Es decir, que mientras The Strokes podría ser la mejor de las reinvenciones, unos Steve Jobbs talentosos que saben sacar el mejor partido a aquello que otros ya caminaron, el don de los Arctic Monkeys será genuino, el de los Einstein del género. Nunca al revés.

¿Cómo pueden unos chavalillos de solo 20 años sacar un disco en el que ponen a The Beatles a la pista de baile? Además con clase, sin trampas de cartón, ni tutores ni un nombre que los apoyase. Whatever People Say I’m it’s What I’m not pasará a la historia como la mayor sorpresa de la década, como la bofetada en la cara de aquellos que profetizaron erróneamente que las cuerdas de la guitarra morirían con el nuevo siglo. Solo hay que mirar el inmenso impacto en muchos grupos, que intentaron poco menos que plagiar esa sonoridad tan peculiar de la guitarra afilada de Alex Turner, que trasladó a la pérfida Albión al centro de los focos internacionales en cuanto a la música. Concierto tras concierto demostraron que no había trampa ni cartón, que no buscaban el glamour, la pose, que tan conocidos hizo a The Strokes y que puso de moda los pantalones pitillo y las guerreras británicas. El centro de la imaginería Arctic ha sido de principio a fin la música, y en su propio terreno no hay quien les gane.

Esos principios han condicionado toda su “dilatada” trayectoria, menos prolongada que sus admirados The Strokes, pero mucho más meteórica. Así, mientras unos han viajado paso a paso hacia la sonoridad más artificial, al contrario de lo que reivindicaban al principio, los monos han ido renunciando a todo aquello que atraía desesperadamente a las quinceañeras a las que no les dejaban entrar en los pubs para escuchar sus canciones. Está claro. No necesitaban de la celeridad electrizante de las guitarras descontroladas y juguetonas, y el ritmo hiperactivo de Matt Helders para el genial Suck it and See o la más blusera Humbug. Solo con ritmo de bombo y caja estos chavales podrían haber hundido el Palacio de los Deportes de Madrid como pocos grupos han hecho a lo largo de la historia. Y solo tienen 26 años. Dios nos asista.

La mejor forma de ver la gran diferencia que separa a ambos es la dualidad de Alex Turner frente a Julian Casablancas. Ambos son buenos cantantes, aunque uno de ellos es músico de los pies a la cabeza. Y es que, Turner ha cambiado mucho a lo largo de su carrera, pero siempre con unos principios muy claros. The Last Shadow Puppets y su banda sonora compuesta para Submarine lo certifican como una persona más que fiable, un seguro a todo riesgo, un segundo paracaídas en caso de que falle el primero. Sin embargo, Casablancas cada vez parece algo más perdido, un poco más ídolo de masas y menos el cantante melancólico que centraba todas las atenciones cuando el orden internacional de la música parecía estar en un impasse interminable. El salvador tras la llegada del aluvión de nuevos géneros y el colapso de la corriente mayoritaria. Sin embargo, esos tiempos se acabaron, y solo queda un combatiente en pié. Lleva tupé, gafas negras y una chupa de cuero regalada por un Josh Homme cada vez más sonriente.

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Imagínese la situación. Está con unos amigos y unas cañas les acompañan en la mano. La crisis y la amargura llenan sus conversaciones mientras intentar evitar lo inevitable. Hace unos segundos comenzó a sonar ‘Last Nite’ y el más descarado de sus amigos entró en trance. Usted, sin saber explicar racionalmente cómo ni por qué, le sigue el ritmo. Todo el bar les mira, sienten envidia, envidia de la mala. Son The Strokes los que suenan por esos altavoces y ellos quieren hacer lo mismo, pero no se atreven.

He de reconocer que la primera vez que escuché a los neoyorkinos, como le pasó a gran parte de sus seguidores, yo todavía era un adolescente, principiante en esto. No tenía ni la más remota idea de lo que aquello podía llegar a significar para el rock del siglo XXI. Julian, Albert, Nick, Nikolai y Fabrizio parece ser que sí lo sabían. ¿Nunca se han preguntado por qué, de cuando en cuando, un disco pasa tan rápidamente a la historia y entra en el inconsciente colectivo de millones de personas? Yo lo hago a menudo. La respuesta para el Is This It es fácil. Uno de los mejores largos de lo que llevamos de siglo, sin el que a bien seguro no existiría el garage rock revival a día de hoy. Bien es cierto que les persigue ese mito que dice que First Impressions Of Earth y, sobre todo, Angles, no están a la altura. Pero, piensen una cosa: Si les llega a sus manos First Impressions Of Earth sin ningún nombre en la placa, sin saber que eso lo han hecho Strokes y lo escuchan con total objetividad, ¿es o no es un grandísimo álbum?

Muchos son los grupos que han surgido a la estela de Casablancas y los suyos. Algunos de ellos grandes aprendices, fabulosos, pero ninguno a la altura del maestro. Arctic Monkeys son, sin duda alguna, los alumnos más aventajados. Si en algo puedo coincidir con Carlos, es en que Turner supera -como artista- al bueno de Julián. Pero por especial que pueda ser el de Sheffield, nunca logrará transmitir lo mismo que el tipo con gafas de sol y su voz desgarrada. Ni punto de comparación pueden tener, tampoco, las letras de unos y otros. Mientras Strokes tienen un buen puñado de himnos generacionales debajo del brazo que pasan a ser sus mejores avales, los de los Arctic son grandes, grandísimos temas en su mayoría, que no llegan a merecer tal adjetivo.

Para defender a unos no hace falta, en este caso, atacar a los otros. Los monos de Sheffield merecen toda mi adoración, devoción y respeto. He disfrutado y sigo disfrutando mucho con ellos. Carismáticos y regulares a más no poder, son sólo los alumnos más aventajados de The Strokes. Con los norteamericanos, al mirar atrás, no puedo hacer más que aplaudir y congratularme. Una ingente cantidad de temas para el recuerdo y el disfrute a cualquier hora, en cualquier momento. Destaquen en su música influencias de la Velvet o de quien les parezca oportuno pero lo de The Strokes es un sonido nuevo, carismático a más no poder.No dejen de disfrutar de Arctic Monkeys en ningún caso, ellos también son grandes pero, recogiendo palabras acertadas de Dani García en un artículo de hace unos meses en HTM: “La polaridad de sentimientos que generan The Strokes ya les está haciendo una de las mejores bandas de este siglo”. Piénsenlo: Unas cañas con sus amigos y suena ‘Reptilia’. ¿Buen plan, no?

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