The Clash vs Joy Division

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The Clash vs Joy Division

El punk. Ese género que nació en las islas británicas y se extendió como una infección por el mundo, que ya estaba cansado de que los intelectuales se apropiasen de la música, que ansiaban algo que entender, un grito de rabia que diera sentido a la música como algo popular. Algo de eso nació en los años 70, aunque fue una rebelión que se expresó de forma muy diferente en Londres que en Manchester. The ClashJoy Division son dos grandes ejemplos de cómo el punk no fue una línea unidireccional. Los subimos en el ring para medir su incidencia y lo que supusieron para la música. El mundo cambió. ¿Qué quedó para el mundo?

A continuación vamos a esnifar un poquito de nostalgia. Es el año 1976, una de las bandas más influyentes e importantes del punk es engendrada en Ladbroke Grove, Londres, se llaman The Clash. En Salford, lejos de allí pero en el mismo, nebuloso y sucio Reino Unido, Joy Division comienza a andar gracias a la misteriosa y perturbada figura de Ian Curtis. A finales de los 70’s los músicos podían ser arrestados, se podían cagar en la aristocracia y podían matar gorriones con rifles de aire comprimido. El conflicto alimentaba la proyección de sus sombras, Joe Strummer se comprometía con su público y se dejaba la vida por él. Eran The Clash. En Manchester, Ian Curtis también se dejaba la vida, pero literalmente. Su depresión crónica y su epilepsia eran sus dos fuentes de inspiración.

No seré yo quien niegue que Curtis fue un poeta maldito o un genio que no tuvo tiempo de demostrar toda su grandeza (murió con 23), yo también he disfrutado con sus extravagantes y desquiciados movimientos. Pero The Clash es historia musical, son el símbolo del libertinaje sonoro, la fusión del punk con el reggae, el jazz o el rockabilly. Sin ellos no se entiende el género. Joy Division solo es Ian Curtis y su drama, ¿Qué hay de talento musical y qué de tragedia folletinesca? ¿Serían Joy Division tan exageradamente valorados si su líder no se hubiera colgado en la cocina de su departamento ese 18 de mayo de 1980? Tengo mis dudas.

Los mejores The Clash son Strummer, Mick Jones, Paul Simonon (uno de los mejores bajos que ha dado Gran Bretaña) y Topper Headonthe Human Drum Machine, le llamaban-. Son  simplicidad musical, son multitud de géneros, son letras inflamables y sobre todo son la banda que firmó una de las mayores obras maestras del rock de todos los tiempos: London Calling. Si me refiero a la canción o al álbum doble es irrelevante. Lleno de canciones eternas como la propia London Calling, Hateful, Lost In The Supermarket, Death Or Glory, I’m not Down el maravilloso reggae de Revolution Rock y el pop vestido con harmónica que se destila en Train In Vain este álbum de portada mítica  –Simonon aparece golpeando su bajo durante un concierto en Nueva York- ha sido quemado por millones de jóvenes de varias generaciones. Fue un disco doble pero ellos lo quisieron vender por el precio de uno. El gesto se volvió a repetir con Sandinista!, llamado así por el  Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua. Un disco triple por el precio de uno. Los componentes de la banda pagaron ellos mismos la diferencia. No hay hipocresía en su gesto. Sólo cuidan a su público, al mismo que intentan educar con el White Riot de su primer álbum empujándoles a ser tan activos políticamente como la raza negra.

Sus letras son incendiarias,  piden el cambio en la política enferma y complaciente que se practicaba y se practica y, por desgracia, se practicará. Odian la monarquía y la nobleza anclada, pero no son anarquistas a diferencia de muchos otros grupos punk de la primera ola. Apoyaban los distintos movimientos de liberación que se levantaron en lo largo y ancho del planeta. Pero no eran un grupo protesta que escupían bazofia partidista al micro, estos tipos hacían música idealista, con composiciones incómodas y complejas. También son complejas las composiciones de Ian Curtis, y bastante más evocadoras que las de The Clash, su post-punk hizo mella y grupos como The Cure serían peores sin esa influencia. Pero su energía es oscura e introvertida, recomendada si eres de los que se exploran el alma o se abren las heridas. Si eres de los que se miran al espejo y lo golpean. Si eres de los que mueren solos, en una habitación o en una barra.

Yo también tengo momentos en los que Love Will Tear Us Apart me hace temblar y de vez en cuando, si me apetece viajar, doy al play para escuchar Heart And Soul. Pero prefiero salir a la calle y quemar las suelas del zapato con Janie Jones, o gritar Police on My Back. Prefiero disfrutar del jazz vertiginoso de esa genialidad titulada Look Here o del góspel cabreado de The Sound of Sinners.

Y por qué elegir entre los dos discos de Joy Division si puedo elegir entre los seis de The Clash. Porqué elegir entre el grupo de un genio y tres tipos grises (New Order siempre interesó menos) si puedo quedarme con cuatro macarras icónicos de talento inabarcable. Ambas bandas han sido influyentes y realmente importantes para el rock y el punk contemporáneo. Pero una banda siempre debe comprometerse con la sociedad en la que le toca vivir. Por eso The Clash es the only band that matters.

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Hay una losa que carga sobre las espaldas de Joy Division, más pesada que sus asfixiantes líneas melódicas, que no tiene nada que ver con la música. Y es que algunos aventurados atribuyen gran parte de su éxito al suicidio del cantante, Ian Curtis. Lo explicó perfectamente uno de los mayores expertos de la música punk de la historia, Jon Savage, en su obituario dedicado al atormentado poeta: “Ahora nadie recordará cómo era su trabajo con Joy Division cuando estaba vivo. Será percibido más como algo trágico que como valiente”. Valiente. ¿A alguien le suena extraño? Pues eso es que no conocen realmente a Joy Division.

Viajemos por un instante a esos años 70, en los albores de la música punk. Sex Pistols se alzaba con una nueva fórmula que salvaría al rock de su falta de creatividad. Un género que hasta poco antes parecía flotar por el aire como si fuera una partícula perdida del lsd de algún virtuoso de la música progresiva. Ellos monopolizaron la admiración de la mayor parte de los amantes de la música de entonces, como de Joy Division o incluso de los grandiosos The Clash. No obstante, las interpretaciones fueron muy diferentes. Por su parte, los de Manchester trascendieron el ruido, las cadenas, las crestas y la actitud indolente sobre el escenario. Así, un impactado Bernard Sumner, guitarrista de Joy Division, tras ver a Sex Pistols en directo reconoció que lo que le atrajo de ellos es que habían roto el concepto tradicional de estrella del pop, “que era como una especie de dios que había que adorar”. Mientras tanto, Mick Jones, el guitarrista de The Clash, hizo un llamamiento para crear un grupo que compitiera con Sex Pistols. Algo así como cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo, aunque se trate de uno de los grupos más influyentes de la historia de la música.

Pero las cosas están así y, como no podía ser de otra manera, sus inicios también fueron muy diferentes. La revisión de Sex Pistols fue fraguándose en las calles de Londres con las probatinas para el disco del siglo, mientras Joy Division con calma fundaron los cimientos del Unknown Pleasures. Este disco sintetiza perfectamente el valor diferencial que caracterizó a los de Manchester respecto al de cualquier otro grupo contemporáneo. Crearon un nuevo género, no visto antes, con unas raíces que bebían de la música más sencilla del planeta… pero que no era en absoluto fácil de comprender. Riffs opresivos, atmósferas deprimentes, ritmos acelerados post-punk a pocos años de su nacimiento. Ver un concierto de ellos sólo podría ser comparable a estar entre el público que acudió al estreno de La Naranja Mecánica del gran Stanley Kubrick.

También en 1979 The Clash publicaron London Calling, posiblemente el mejor disco de punk que haya habido, un punk un poco menos estereotipado que su portada, fruto de una excelente fotografía de Pennie Smith Paul Simonon a punto de romper su bajo contra el escenario, que contrasta claramente con el dibujo de Peter Saville para Unknown Pleasures. Tres álbumes bastaron a The Clash para consolidarse como la mejor banda punk del momento, lo que allanó el camino para olvidar Give ‘Em Enough Rope y recordar los singles del Combat Rock, con influencias más claras del reggae o el ska, como Should Stay Or Should I Go Rock The Casbah, aunque para entonces Ian Curtis ya estaba criando malvas. Pero estamos hablando de música, no de punk, y allí Joy Division son los que siguen teniendo la capacidad de sorpresa, aún hoy.

Compararía sin dudarlo Transmission, She’s Lost Control, Wilderness, I Remember Nothin, o el disco al completo de Closer, más conocido como la lección a la historia de cómo sacar un genial disco póstumo (Heart and Soul, Isolation, Passover, Atrocity Exhibition, Decades…) y el single Love Will Tear Us Apart Again con la discografía de The Clash. Pero la historia de los de Salford no acaba allí. New Order se encargaría después de dejar claro que Joy Division no eran solo las letras de Curtis, no solo los riffs de Bernard Sumner, y tras sacar el single Ceremony del difunto cantante, no tardaron en reinterpretar los ecos de la embrionaria escena electrónica. Primero al ritmo de Everything’s Gone GreenTemptation, y más tarde con la inolvidable Blue Monday.

Es doloroso tener que elegir para un amante de la música entre dos grandes grupos como estos, que no son excluyentes entre sí, pero que supusieron hitos muy diferentes para la historia de la música. Y si de música hablamos, Joy Division y su herencia son la respuesta que marco en la casilla.