La semana pasada la sala Wurlitzer -cuna de embriones inconformes en la escena madrileña- celebró un doble concierto  a las tantas de la noche. Eran tantas por las horas y por las cervezas que el público agotaba en la entrada esperando la señal. Allí se unieron sobre el escenario dos de las formaciones que están devolviendo a la ciudad el esplendor musical de un subsuelo perdido tiempo atrás.

Los primeros fueron Juventud Juché, trío del que ya hablamos gracias a un ‘Quemadero‘ (Gramaciones Grabofónicas / Sonido Muchacho, 2013) que hace creer en la calidad y en una ola cabreada dirigida con inteligencia. Somos La Herencia fue la otra banda. Bruta intensidad sobre el escenario amparada por disconformidad y carisma. El cuarteto capitalino tiene un buen puñado de canciones con las que hacer valer su descaro sobre las tablas.

Somos La Herencia inició su andadura en 2011 pero cambió su cara por completo en octubre de 2012, momento en el que su asalto a la escena ha venido seguido de la participación en el recopilatorio ‘Nuevos Bríos‘ (La Fonoteca, 2013) donde compartieron espacio con lo más nutrido de una serie de bandas que se han decidido a contar lo que pasa en este país tras años de música que prefería mirarse el ombligo.

La música de  la formación capitalina es de un postpunk que coquetea con los estilos más oscuros de la new wave. Canciones que se mueven entre paisajes destrozados, la desolación y cierto punto macabro. A mediados de este 2014 tendrán preparado su nuevo EP, cinco canciones que se antojan como un nuevo paso para asaltar el sueño de una ciudad que aún sigue demasiado dormida.

Foto a cargo de Mario Orellana.

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