Disparar a matar, tocar hasta morir

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El fuego de Kiev ya se ha apagado, el que quema, el que huele, el que asusta… pero todavía hay suficiente combustible para incendiar la ciudad ucraniana dos veces. Los activistas no se mueven de la plaza, no se fían de ese giro proeuropeo del gobierno. La posible división del país no deja dormir a gusto a los gobernantes europeos. Mientras, 100 antidisturbios piden perdón de rodillas y anuncian que siempre estarán al lado del pueblo (aunque hayan matado a varias decenas de seres humanos). Y Víctor Yanukóvich, el destituido presidente, está en paradero desconocido.

La fotografía retrata un instante de ese fuego que alentó cabreos y ahuyentó a incrédulos. Un hombre en primer plano, un luchador, un civil previsor que lleva casco a pesar de ser eso, un civil. Gafas de sol para lidiar con el resplandor de unas llamas que no cesan. Y un saxo.

Pudiera ser que fuera de noche, que la hora de mayor riesgo de ser asesinado por los antidisturbios hubiera pasado. Pudiera ser que este hombre fuera músico, que tocara a menudo en una sala de jazz en la plaza tomada de Kiev con un cuarteto de cuerda que ha huido. Los vientos siempre han sido más temerarios que las cuerdas. Las cuerdas se adaptan mejor a todos los géneros.  Pudiera ser que este tipo tocara constantemente como protesta, sin parar, hasta morir o hasta que le disparen a matar.

O no, o pudiera ser que por la mañana tirase un cóctel molotov tras otro, con el peligro de quemarse porque no sabe hacerlo bien. Grita toda la jornada, corre y huye de las hostias. Y ya por la noche coge su saxo para relajarse y  toca canciones proeuropeas. O quizá sólo toca ‘You Don’t Know What Love Is’ de Sonny Rollins una y otra vez. Quién sabe…