Control X, Control C, Control v (Parte II)


Obligatorio empezar con la
primera parte, que ahí la dejé olvidada hace un año, para contextualizar la continuación de la columna…

Situándonos en la visión más escéptica, la pulcritud y ética del músico son elementos de naturaleza incierta, especialmente en la música comercial donde como ya dijo en los años cuarenta el filósofo de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, la música popular emplea un extenso plagio. Una de las muestras más famosas y que deja una historia posterior oculta es el Sweet Little Sixteen (1958) de Chuck Berry y el Surfin’ USA (1963) de The Beach Boys. El padre del rock’n’roll reclamó similitudes entre ambas canciones y el manager (y padre de algunos miembros de la banda californiana), Murry Wilson, dio el copyright del himno surfero a Berry sin decírselo a al grupo que se enteró de tales hechos veinticinco años después. De acuerdo con el libro de Joana Demers, Steal The Music: How Intellectual Property Law Affects Music Creativity, los ‘Boys’ claramente plagiaron, aunque también apunta que “todo el mundo roba ese distintivo comienzo de Chuck Berry”.

La lista de casos de plagio musical en este siglo y pico de música contemporánea es interminable, hasta el punto que la Universidad de UCLA y la de Columbia elaboraron un archivo detallado de litigios, muchos de ellos relacionados con superventas como Madonna, de la quien se demostró en 2005 que su hit Frozen (1998) era una copia de Ma Vie Fout L’Camp, una pieza de principios de los ’80 del compositor belga Salvatore Acquaviva. Radiohead reconoció que su tema más conocido, Creep (1992), era igual que The Air That I Breathe (1974) de The Hollies. Y, entre los supuestos plagios, Coldplay recibe acusaciones de “copiotas” día si día también, algo que ya despaché bien a gusto en su día entre el fuego de perdigones de los ultras.

Ahora nos vamos al sampling donde las mentes más cavernícolas lo consideran plagio, tal como sufrió en sus carnes el productor Lars Sandberg por utilizar una parte de piano de una pieza de los ‘80. Sin embargo, samplear es una práctica común entre artistas proclives a mezclar temas, la escena electrónica y los djs, coger trozos o partes de canciones, reciclarlos, montarlos en una nueva pieza y hacerlos tuyos como una idea diferente. Joder, si ya el genial escritor americano William S. Burroughs hacía sampling en los ‘40, y los propios Beatles en algunas canciones como Yellow Submarine o I Am the Walrus. Pero si yo te visto no me acuerdo, los de Liverpool no se acordaron de eso cuando en 1996 (los tres que vivían) denunciaron a Chemical Brothers por la canción Setting Sun. El tema en cuestión, nº 1 de las listas británicas en la primera semana de lanzamiento, samplea partes de la pieza Tomorrow Never Knows con Noel Gallagher en las vocales. McCartney, Starr y Harrison no ganaron el caso y los tabloides ingleses les mandaron a paseo titulando el veredicto: “Shut Up and Dance” (callad y bailad).

Entre las demandas con éxito más famosas por sampling está la que interpusieron los Rolling Stones, quienes tienen uno de los catálogos musicales legalmente mejor protegidos del mundo, a sus compatriotas The Verve. Bittersweet Symphony, de la banda de Richard Ashcroft, tiene uno de los comienzos más conocidos de los últimos veinte años, y fue extraído de una versión orquestal de The Last Time de sus ‘Satánicas Majestades’. La sentencia ordenó a The Verve a pagar el 100% de los royalties a los ‘Stones’.

La práctica común en el sampling para evitar el plagio es pedir permiso al músico afectado y en algunos casos (todos los relacionados con las grandes discográficas) pagar unas tasas por esos segmentos de canción, las royalties. Pero esas tarifas machacan a las bandas independientes que quieren crear un nuevo ser suyo a raíz del reciclaje, sobre todo en la época actual que vivimos donde el remix está a la orden del día, y es que los adoquinados cerebros anti-evolutivos no entienden que “si tienes una manzana y la intercambias por otra seguirás teniendo una manzana, pero si tienes una idea y la intercambias por otra tendrás dos ideas”, como bien dijo el escritor irlandés George Bernard Shaw. El productor Danger Mouse levantó el puño ante esto marcando un antes y un después en la cultura del mashup con The Grey Album (2004), una extraordinaria fusión de White Album (1968) de los Beatles y Black Album (2003) de Jay-Z que, sin embargo, no se abstuvo de controversia.

Volviendo a los plagios puros y duros, los hay perdonables por el talento reconocido del músico, o bien tenía la tonada en la cabeza y lo hizo sin darse cuenta (George Harrison) o bien tuvo una crisis de creatividad y dijo “a esto le pego un tijeretazo que nadie se da cuenta”. Y luego los hay que parecen totalmente lógicos porque el artista (de radiofórmula) es un producto de marketing de capacidad artística limitada. Pero, en todos los casos, no se salvan canciones mitológicas musicales de la historia de la música que las percibimos como las vírgenes del paraíso (como pasa con Creep). Juzgad vosotros a merced de esta lista:

  • El famoso productor, cantante y rapero Timbaland perdió un caso de plagio en 2007 tras demostrarse que tomó varios elementos, motivos y samples, de la canción Do It (2006) de la artista canadiense Nelly Furtado.
  • La banda Killing Joke demandó a Nirvana en 1993 por el riff de Come As You Are alegando que provenía de su tema Eighties. La demanda fue retirada tras la muerte de Kurt Cobain.
  • No se salvan ni himnos como el de Cazafantasmas. El autor de la canción, Ray Parker Jr., segunda opción para hacer el soundtrack del taquillazo de los ochenta protagonizado por Bill Murray, robó la canción.
  • Avril Lavigne fue acusada de robar melodías, ritmos y lírica de otros artistas en su álbum The Best Damm Thing (2007). En particular, la canción Girlfriend es parecida a I Wanna Be Your Boyfriend (1979) de The Rubinoos, tanto en las letras como en los acordes.
  • Uno de los casos con más repercusión mediática en Europa, y poco tratado en Estados Unidos, fueron las acusaciones del cantante popular italiano Albano a Michael Jackson por Will Be There, parecido a I Cigni di Bakala del cantautor y Romina Power. Pero no os preocupéis que saldrá algún ultra con la foto de perfil de Facebook de ‘MJ’ a encontrar su titular por algún lado para descartarlo.
  • Kelly Clarkson libró una batalla para que su discográfica (RCA) no lanzara como sencillo Already Gone, un tema suyo con similitudes al hit Halo de Beyonce. El parecido se debe a que el productor, Ryan Tedder (One Republic), trabajó antes con la mujer de Jay-Z que con Clarkson.
  • Brian Wilson de los Beach Boys no ha debido escuchar nunca Dejad que las chicas se acerquen a mí de los Hombres G. Mónica Naranjo o Marta Sánchez no dudaron en calcar melódicamente temas dance de los ’80 de Army of Lovers o Rozalla. Y Amaral plasmó el That Was My Veil de PJ Harvey y John Parish en su Te Necesito de forma descarada.
  • Y, mi plagio favorito, el que me ha hecho desenterrar la continuación de la columna de hace un año, la reciente canción de los niñatos One Direction Live While We’re Young que es directamente un insulto a los amantes de la música por copiar descaradamente el guitarreo del Should I Stay or Should I go de The Clash.

La ley estadounidense del copyright dice que para que haya plagio la canción debe compartir componentes musicales únicos con la otra. Deben tener ambas una similitud, pero ¿cómo de similar tiene que ser la similitud? La ley no lo dice, y ni he querido revisar lo que aportaban SOPA y PIPA al respecto porque el ictus de Edad Media que me iba a entrar iba a ser muy grave. Se ha llegado a banalizar tanto la materia que en la Universidad de Londres crearon un software basado en casos de plagio musical probados en los tribunales. La música es arte, no puede medirse por la ciencia que es eminentemente objetiva. Parece que la gente se preocupa más de buscar los algoritmos secretos del plagio que de escuchar música.

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