Cuando en 1994 David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright seguían estirando la marca Pink Floyd hasta sus últimas consecuencias con ‘The Division Bell’ (EMI, 1994), Roger Waters, entre el rencor y el conocimiento, decidió tildarlo como “pura basura”. También añadió que era “una tontería de principio a fin”. Y ese fue el final. Hasta ahora.

Sin Waters en el frente y Wright fallecido en 2008, Gilmour y Mason planean el regreso de la banda. Se trata de ‘The Endless River’ (EMI, 2014), el que será vigésimo quinto álbum de la formación y que está basado en sesiones grabadas durante la preparación del que hasta ahora era su último trabajo. ¿Por qué debemos volver a ver lo que apunta a un nuevo fracaso?

The Division Bell’ fue un éxito comercial. Tristemente solo eso. La realidad es que la formación había desaparecido mucho antes. Su calidad también. En 1985 Pink Floyd pasó de ser una banda de rock a una comparsa. Cambió los escenarios de medio planeta por los juzgados británicos y dejó que su espíritu muriera de éxito, que es una de las formas de muerte más sanguinarias que existen. La formación había vivido una década de éxito masivo bajo el timón de Roger Waters.

A la salida de ‘The Dark Side of the Moon’ (EMI, 1973) le siguieron ‘Wish You Were Here’ (EMI, 1975), ‘Animals’ (EMI, 1978) y ‘The Wall’ (EMI, 1979) en una de las carreras más impecables de la Música. Pero todo terminó ahí. Para Waters, Pink Floyd se convirtió en una obsesión vital, una máquina que requería un esfuerzo en el que dejarse la piel. No para el resto de la formación. Con cuatro álbumes con los que gobernaron la década de los ‘70, el teclista Richard Wright y el batería Nick Mason preferían gastar su tiempo en otros temas.

Como Mason relataría en su libro ‘Inside Out: A Personal History of Pink Floyd’, él estaba más preocupado en comprarse coches que en la banda. Wright simplemente prefería irse de vacaciones en pleno agosto antes que embarcarse en la creación de un álbum como ‘The Wall’. Ahí comenzaron los problemas que acabarían con el teclista fuera de la banda y con Waters componiendo el álbum en solitario. Ese fue el final de Pink Floyd.

‘The Final Cut’ (EMI, 1982) fue un álbum de Roger Waters, que terminó por dar por concluido el final de Pink Floyd sin contar con Gilmour ni Mason. Ambos reaccionarían más tarde con ‘A Momentary Lapse of Reason’ (EMI, 1987) y ‘The Divison Bell ‘(EMI, 1994). Ninguno de los tres álbumes merece la pena. A ambos -con el regreso de Wright– los ‘80 les pillaron por sorpresa. Como a casi todas las grandes bandas.

Con solo dos miembros oficiales en la formación, Gilmour y sus allegados han puesto su mirada en aquellas sesiones del ’94 en lo que parece una justificación para publicar este ‘The Endless River’. Con el nombre de Wright sobre la mesa, parece que el nuevo trabajo cobra cierto sentido, como una forma de cerrar el círculo vital de la banda. Nada más lejos de la realidad.

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Pink Floyd tuvo el final que mereció. Las rencillas y disputas desaparecieron por un momento en 2005, cuando el cuarteto volvió a subirse a un escenario. Aquello ocurrió en el Live 8 de Londres. Aquel fue el final perfecto para una de las historias del rock más apasionantes que se han contado y este nuevo intento por resucitar al monstruo se queda a medio camino entre engrosar las cuentas bancarias y sentir de nuevo esa brisa que trae al recuerdo aquellos tiempos en los que aún eran aquellos jóvenes que cambiaban la historia de la Música con cada álbum.

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