A muchos críticos culturales se les llena la boca cuando hablan de la movida madrileña, “la edad de oro del arte en nuestro país”, dicen. Son muy pesados. La nostalgia es el peor veneno que existe. Sus efectos son la ceguera y la sordera hacia los movimientos culturales que no sean aquellos que ocurrieron en la década de juventud. Y desafortunadamente todas aquellas personas que hoy son líderes de opinión, todos esos nombres que llenan las tertulias y que la gente asume como los rostros de la razón están borrachos de nostalgia.

El problema no es que no haya sustitutos, personas de nuestro tiempo que puedan ocupar esos puestos. Hay gente de generaciones posteriores a los 70’ o los 80’ que tienen mucho que aportar, mucho que decir y mucho que cambiar. El problema es que los tipos que despertaron al posmodernismo tras 40 años en las sombra cultural, los que se zambulleron en una década de libertinaje y pensamiento nihilista donde todo valía, aquellos que representan la salida de un país oscuro y la entrada a uno lleno de talento y con unas terribles ganas de provocar, de follar, de experimentar, de beberse, comerse y meterse todo no abandonan sus puestos de líderes morales. Ellos creen que nos trajeron la libertad y la democracia y que nosotros la vamos a estropear. Están agarrados a su sistema de bienestar y no comprenden (y si lo comprenden tienen un despiadado sentido del humor) que ese letargo le está costando al país una terrible recesión en su industria cultural.

Los mismos que dicen que la década de oro de la cultura fueron los ochenta son los culpables de que hoy España sufra una enfermedad difícil de curar. Entiendo a Marcela San Martín, la responsable de la sala El Sol, cuando dice en este artículo de El País que en los ochenta “era un lugar en el que se podía presentar un libro de Umbral, un disco de Nacha Pop o acoger una fiesta de Almodóvar” pero que hoy vive perseguida por el Ayuntamiento. La industria musical está gravemente herida, y las salas cada vez más vacías y asediadas por la amenaza de cierre son los síntomas de esa herida incurable. Pero eso no significa, y aquí es donde todo este discurso cobra sentido, que la calidad de los grupos españoles contemporáneos a esta crisis sea menor. De hecho, es más alta que la de aquellos grupos que alimentaban la movida.

La edad de oro de la música española es hoy

Que sí, que Nacha Pop (grupo de una sola canción) compuso ‘La chica de ayer’ , nominada por los críticos de este país como la mejor canción española de todos los tiempos. Una locura. Radio Futura, Siniestro Total, Burning, Loquillo, El último de la Fila, grandes grupos. Nada más. Mucho pop, mucho pseudo punk pero cero experimentación musical, cero identidad porque al final todos bebían demasiado de la new age. Al final, los mejores grupos de aquella época fueron Leño, Barricada, Barón Rojo o Topo, bandas que fueron silenciadas por los grandes medios en favor de alzar esperpentos como Locomía o Mecano, el grupo que vendió 1.00.000 de copias en España con su debut y que compuso versos como “a la luz del flexo nos damos un bexo”.

Y hoy, todavía hoy, treinta años después, la gente corea la vuelta de Mecano, Alaska está hasta en la sopa y cuando Madrid hace un concierto en su desastrosa fiesta a favor de la candidatura olímpica Madrid 2020 llaman a Los Secretos, La Orquesta Mondragón y La Unión. ¿En serio? Es muy triste pensar que no hay más grupos que aquellos que pegaron en los ochenta. Pero sí los hay, y a patadas. Y aquí viene la buena noticia.

Hoy la música de este país está más viva que nunca, más viva que en la movida. Vetusta Morla y su rock alternativo con letras tan o más redondas que aquellas escritas por cadavéricos compositores puestos hasta arriba llena todos los escenarios que pisa, triunfan dentro y fuera, han llegado hasta Austin, Texas, para avivar el macro festival SXSW. Lori Meyers, apoderándose de ese pop repleto de aristas ha llegado hasta Hollywood, donde le han acogido en la B.S.O. de la segunda entrega de ‘Los Juegos Del Hambre’. Y Delorean, que cada disco que lanzan es un acontecimiento sonoro. Revolucionan su sonido en cada canción, se apegan a la contemporaneidad y definen su propio género abusando dulcemente de una electrónica revitalizante. Y si no, escuchad su ultimísimo trabajo, Apar (Mushroom Pillow, 2013). ¿No podía haber ido, por ejemplo, Delorean al concierto de Madrid 2020?. No, su sitio fue ocupado por La Unión.

Y la música contemporánea de nuestro país se sabe mover por género experimentales como Lüger, una banda madrileña de krautrock que crea una maravillosas atmósferas con sus miles de recursos sonoros. Jupiter Lion o Svper alimentan también ese rock espacial psicodélico indescriptible y único.

Y el garage de Mujeres y el rock primario de Corizonas y el thrash metal de Angelus Apatrida y el folk de Nacho Vegas y el electro pop de La Casa Azul y así podríamos estar un rato demostrando que la edad de oro de la música española es hoy.

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