George Harrison: Living in the Material World | Martin Scorsese

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Unas amapolas. George Harrison con pintas de los primeros noventa tras ellas. El mundo material. El mundo en el que vivió siempre, siempre pensando en el mundo espiritual. George Harrison. El beatle entre Paul Mccartney y John Lennon. El gran bigote, las largas barbas. El del binomio restante. El buen guitarrista. El subestimado compositor. Uno de los mejores guitarristas. El de los mantras, sitares y Ravi Shankar. El amigo de Eric Clapton. El venado de Eric Clapton. El primero en decir basta. George Harrison. Su figura emerge como la de un tipo que llevara muerto demasiado tiempo. El 29 de noviembre de 2001 dejó el mundo material y 10 años después Martin Scorsese, el tipo que entre película y película se encarga de dar merecido homenaje a todo aquel músico que de verdad lo merece, lo ha traído de vuelta en forma de largo documental de dos capítulos.

George Harrison

Los que no vivimos los buenos años, los nietos tardíos de todo aquello, recordamos a Harrison como uno más de los Beatles, aquella gran banda convertida en mito excepcional de lo que significaba ser una banda en la época. De inventarlo todo y sorprender en cada paso al frente. Cuando pudo, se dejó llevar y creó. Inventó las grandes Here Comes the Sun, Somethig o Taxman. Pero Harrison no fue eso. Fue mucho más. The Beatles desaparecieron para nunca volver en 1970. A partir de ese momento Harrison se tenía que enfrentar solo al público si no quería dedicarse a producir discos que no le importaran demasiado o a hacerse fotos con la farándula y vivir de haber sido un cuento. No le tembló el pulso. Ese mismo año respondió con All Things Must Pass, un triple LP –el primero de la historia- producido por Phil Spector -y su muro- que situó al de Liverpool como verdadero genio y gurú de la música popular. The Concert for Bangladesh llegaría al año y dos después esa declaración de resignación que fue Living in the Material World con canciones de tal calidad como Give Me Love (Give Me Peace on Earth), Sue Me, Sue Your Blues o la propia Living in the Material World. Desde el triple álbum –seis veces álbum de platino-  hasta el homónimo George Harrison de 1979, encaró una década de recogida de discos de oro.

Pero Harrison siempre fue un hombre de banda. Diez años de éxitos en solitario, de rodearse de los mejores de la época no cubrieron el vacío de compartir la soledad del éxito junto a Paul, John o Ringo exiliados en cualquier cuartucho de escobas de un hotel de cinco estrellas. A lo largo de su vida, el protagonista de Scorsese siempre quiso ser acompañado. Nació con ello. Creció con ello. Desde los 17 lo estuvo. En Hamburgo, Liverpool o Central Park. Por eso se pegó a quien puso. Por eso se buscó hasta fuera de la música –Monty Python- por eso encontró junto a Jeff Lynne, Bob Dylan, Jim Keltner, Tom Petty y Roy Orbison a The Traveling Wilburys. Siempre en el mundo haciendo música, arte que supera lo material, como él siempre quiso.

Martin Scorsese

Un niño llamado Martin juró amor eterno al séptimo arte mientras contemplaba todas aquellas películas que surgieron en la edad de oro de Hollywood. Su relación con el cine siempre ha sido muy académica, estable y de tú a tú. Sin embargo, este italo-americano ha tenido importantes escarceos: el rock and roll, el blues, el soul, el Rhythm and Blues…

Cine y música. Dos pasiones que Scorsese ha sabido combinar a la perfección dejando momentos brillantes para la historia del cine. No fue hasta la despedida de The Band cuando puso todo su genio tras la cámara y parió esa obra maestra imperecedera llamada The Last Waltz. Quizá el concierto mejor rodado de la historia. Luego llegaron los documentales. Y con No direction home- un sublime ejercicio audiovisual sobre ese extraño genio de la música llamado Bob Dylan- volvió a hacer historia. Lo último, y lo que nos ocupa, se llama George Harrison: Living in the Material World.

Scorsese reconstruye la vida del músico inglés desde su infancia hasta su muerte. El titánico trabajo de documentación compuesto por entrevistas, fotos, videos y audios, fluye con maestría en las tres horas y media de metraje, divididas a su vez en dos capítulos. El primero de ellos dedicado a la infancia de Harrison y a su paso por The Beatles.

El director de Taxi Driver huye de los tópicos con fotografías poco comunes. Utiliza a The Beatles como hilo musical pero obviando con finura los números uno. Scorsese vuelve a demostrar su magistral dominio del ritmo y nos deleita con esos silencios que se mantienen brevemente entre la música y la voz de los entrevistados, una exquisitez.  Paul McCartney, Ringo Starr, George Martin o Eric Clapton pasan por delante del objetivo regalando divertidas y profundas declaraciones.

Sin embargo, el hallazgo de Scorsese es contar con el testimonio de Astrid Kirchherr, una fotógrafa que el grupo conoció en Hamburgo. Los retratos que Kirchherr hizo de Lennon y de Harrison están impregnados de sentimientos. La cámara de Scorsese se mueve entre las fotos y a veces se acerca tanto a la mirada del compositor de Something que podemos ver su alma.

Ruedas de prensa, conciertos, chicas gritando y decenas de anécdotas  se suceden hasta que la maravillosa While My Guitar Gently Weeps  nos transporta suavemente hasta el siguiente capítulo.

Scorsese deja en un segundo plano la tímida personalidad del músico para que el espectador se centre en su fuerza, en su genio, en su espiritualidad y en su especial sentido del humor. Lo consigue con más declaraciones de él mismo, con las discusiones que él y McCartney tuvieron en la grabación de Let It Be o con las diferentes versiones sobre como Eric Clapton y Pattie Boyd (la mujer de Harrison) se enamoraron. Cuando el documental entra en el misticismo de George Harrison y su vinculación con la India el metraje se vuelve más pesado. Sí resaltaría, sin embargo, la secuencia formada por las fotografías de ojo de pez que Harrison se tomó en uno de sus viajes por el país asiático, acompañadas por el sonido del sitar no tienen desperdicio.

El director tampoco se olvida de que gracias a Harrison los mortales podemos disfrutar de esa obra maestra llamada Life of Brian. Eric Idle y Terry Gilliam lo corroboran. Otro gran momento son las imágenes de grabación con Bob Dylan, Roy Orbison, Tom Petty y Jeff Lyne en The Traveling Wilburys. Después, Scorsese pasa muy de puntillas por el cáncer que mató a Harrison pero se para en el intento de robo que le dejó una puñalada. El relato de Olivia Harrison y las lágrimas de Ringo Starr consiguen un clímax a la altura. Con un montaje vibrante Scorsese ha facturado un retrato íntimo pero grandilocuente de un ser que era más genial de lo que muchos creían.

J.Castellanos / Pedro Moral