Isis Madonna

EL ELEFANTE ESTÁ BORRACHO | por Dani García

¿Os acordáis cuando Dumbo se la pilló doblada? “Picos” de surrealismo semanales

Se podía haber quedado todo en el descanso y Santas Pascuas. Con Madonna chupando de la teta de la pilas, la maquinaria capitalista montando la parafernalia de la super-producción del show y los Patriots ganando 10-9 ya tenía suficiente para acostarme más feliz que Lana Del Rey con un churro. Pero no, New England tenía que perder con los putos Giants y yo tenía que hacer un resumen de prensa al día siguiente para auto-flagelarme como si paseara mi culo por el Hotel Óscar de Madrid el Día del Orgullo Gay, tanto de las rimbombantes crónicas del halftime show como de la dolorosa derrota de mis Patriots. Porque esa es otra historia, pertenezco a un género raro que adora los deportes americanos, especialmente el fútbol americano, hasta el punto de fundar un medio basado en esos contenidos. Vanaglorias atrás, Madonna es la personificación moderna de la diosa Isis, y yo bailé los trece minutos de su actuación como una loca. Sería el buen humor de la victoria reinante en el marcador, sería que tenía uno de esos días donde me gusta disfrutar de la mamarrachez, porque me gusta lo mundano, porque, un día más, hay que ser natural.

Reconozcamos los hechos, Madonna es la única artista capaz de salir imperial al escenario y no quedar en ridículo con esa pose de Cleopatra mezclada con elementos romanos y vikingos, vamos, que la productora de la NFL no tenía intención de dar lecciones de historia a 114 millones de espectadores que vieron como la ‘Diosa del Pop’ se dio un baño de su propia imagen. ¿Hay otra artista (que no sean los Rolling Stones) que ejecute tan abierta y peligrosamente hacerse un tributo a sí misma de sus años dorados del pasado? O la amas o la odias. Posturas jeroglíficas, imágenes grotescas, movimientos de piernas dantescos donde solo le faltó apoyarse sobre su nariz, vestimenta kitsch, elementos coreográficos ridículos como subir a los hombros de LMFAO y objetos diversos que aparecían de repente en medio para voltear. Estelar, ella es estelar, el producto es estelar, el show es estelar. Una mamarrachada estelar. Elijo a esta señora de 53 años en plena forma la hija de perra (de hecho, la pregunta que corría por el pub donde estaba viendo el partido era: “¿tú te tirarías a Madonna?”) que a una banda que hace rock como los Playmobil, digamos Arctic Monkeys, por ejemplo.

¿Cómo se puede hablar de Madonna en un medio indie? ¡Sacrilegio! ¿Qué calibre de periodista eres? No tienes ni puta idea, deberían quitarte toda la financiación con la que estás escribiendo esta columna en tu Mac bañado en oro y que todas las discográficas te den latigazos para que escribas lo que ellas digan”. Un saludo para nuestra lector/a en Corea del Norte, me hace feliz que haya llegado Internet allí.

La deformación del concepto de extravagancia saliéndose de los límites naturales (si es que “extravagancia” es natural) y el “horterismo” más acérrimo disfrazados en el producto de una estrella del pop que abrió a la sexualidad exponiendo a muchos tópicos a una Generación X de mujeres (y ayudó a sacar del armario a algunos hombres). Porque los productos cambian sociedades. No estoy hablando de música sino de productos musicales, igual que todos esos Big Macs que nos tragamos bajo la etiqueta de “bajo en calorías” en el envoltorio (llamado indie). Que no somos más listos que los de arriba, los señores de las discográficas que se están riendo ahora tras catorce números uno en otros tantos países en la cara de todos esos redactores que se han puesto las manos a la cabeza por el producto pre-fa-bri-ca-do Lana Del Rey. Unos amasando dinero, ya lo tenían todo preconcebido, los otros: ¡Alarma social! ¡Alarma social! ¡Que nos intentan colar a esta como indie! Todo está pensado, todo tiene una idea, estrategia, prefabricación, fabricación, prensado, envoltorio y directo al consumidor. Lo que somos. No es una visión pesimista, es la visión de varios años en la industria de la música. Somos un target, somos audiencia, negaremos más veces que Pedro y vocearemos nuestra independencia para plantar el postureo.

Por eso, recogiendo el testigo de la semana pasada, prefiero la naturalidad, sin necesidad de tener que poner “una pose para” por estar ante determinado público. Que si indiepollas en vinagre ni leches. Cualquiera que ha nacido en los ochenta se entona Like A Prayer como el himno que es para culminar un espectáculo digno de los yanquis, incluido un “World Peace” como extra en el embalaje, un espectáculo para embobar, más pensado que el reciclaje de la mierda de vaca. Si eres tonto, pues te lo comes, y si eres inteligente y te lo comes para hacerte el tonto no pasa nada. Hasta el descarado playback y el gesto obsceno a la cámara de M.I.A. estaban planeados de forma mordaz para darle una esencia diferente a la mamarrachada. ¿He dicho gesto obsceno? Será que me está empezando a influir la nueva oleada de conservadurismo que va a azotar Estados Unidos porque una cantante con continuo afán de protagonismo e hipócrita (vive en una espiral de llamar la atención, defiende a los pobres, se caga en toda autoridad posible, pone pose de revolucionaria, pero está casada con un multi-millonario vil) haya enseñado el dedo corazón a 114 millones de espectadores y haya dicho que “no le importa una mierda”. Los yanquis escandalizados, mientras tanto en sus colegios reparten hostias como panes a pequeños y futuros gorditos de Megaupload.

Pero esa es otra historia. Hoy no rubrico tan erudito como la semana pasada: según algunos “periodistas”, y permitidme ponerlo entre comillas, ¡el show de Madonna fue la gran celebración de los Iluminati!. La cuestión es hacerse pajas, ya sea con sandeces como esta como con indiepollas. Tan fácil como disfrutar de un delicioso esperpéntico show en el que sucumbir a los encantos de la gran maga por excelencia, esa que los egipcios llamaban Isis.

Contenidos similares: