Estábamos tardando en recibir los primeros mashups de un año cargado de éxitos comerciales rotundos; música no busquéis demasiada, porque aquí no la encontraréis. Salvo honrosas excepciones, los éxitos comerciales son lo que son: excrementos forrados de oro. Estos recopilatorios y listas de éxitos deberían nombrar a los publicistas y promotores que han conseguido remontar artistas mediocres que (lo siento, chicos) no serán nadie de aquí a muy poco tiempo. ¿O acaso alguien recordará a Robin Thicke cuando sus modelos se pongan la ropa? No, no será nadie.

Y de ellos se nutren estas amalgamas de sintetizador machacón y sobre-comprimido, melodías manidas y peinados llamativos de maquillaje tramposo. Suenan y no lo niego, si a la gente les gusta algo tendrán, por poco o mentira que sea. Pero, si por separado logran ser insufribles en algunos casos, en conjunto merecen un puesto en la sala de torturas de Guantánamo; gracias a las canciones y, este año, a un mashup muy mal articulado.

Otros años logra ser incluso un pequeño placer por el que te sientes culpable, te llama la atención y te ves mostrándoselo a la gente para vergüenza de ellos, que se tapan la cara y menean la cabeza decepcionados. Este año no hay lugar para tal desengaño. La ingente cantidad de canciones exitosas pide a gritos su hueco en un mejunje sonoro ácido y empalagoso, con bruscos cortes entre los distintos temas y, a pesar de la simplicísima composición similar entre ellos, resultan inconexos en un constante salto de estribillo en estribillo.

Si tienes una boda o una comunión ahora, mételo en la fiesta que no fallarás; si buscas un entretenimiento medianamente bien construído no sé qué haces escuchando estas cosas, pero al menos busca una mejor hecha. Lo digo por tu bien.

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