Por favor, Gracias, Lo Siento

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                                            EL ELEFANTE ESTÁ  BORRACHO | por Dani García


¿Os acordáis cuando Dumbo se la pilló doblada? “Picos” de surrealismo semanales

El mundo está al borde del abismo, intentan tenerte en sus manos, te enseñan a odiar, ¿te enseñan a querer? Te enseñan a crear armaduras, capas y capas de autoprotección que no hacen más que enterrar tu ser natural, aprendes y creas tu propia realidad inconsciente ausente de tu YO natural, tu propio mundo en el que no eres vulnerable. Un castillo de naipes de miedo cementado, acorazado, analgésico y amnésico para destruir esas capas.

Eres la criatura más bella e imperfecta creada en La Tierra, aquella cuya pureza solo permanece en ti en el momento del nacimiento y que entregas a Moloch con el paso de los años, cultivado en la cultura de los límites, en el materialismo más acérrimo, en el concepto de felicidad como estado. Despojado de tu propia naturaleza, el ser humano ya no es humano, eres una criatura alterada, adiestrada, imperfecta, desprecia, comete crueldades.

¿Es feliz este mundo que hemos creado? ¿Eres feliz? Tus actos reflejan tu infelicidad interior. Alma de alimento de rata, basura, más bien alma desnutrida, alma con hambruna etíope escuálida hasta la muerte. ¡Está hambrienta! ¿Qué come?

Mira a los seres de tu alrededor, la calle, el metro, un ascensor, y no solo los anónimos, haz un ejercicio de introspección en lo más profundo de tus seres más cercanos, ¿qué percibes? En realidad, solo necesitas poner en una probeta los actos de un individuo para tener los resultados de su felicidad o infelicidad interior. ¿Qué es lo que da la felicidad? Palos de ciego, la palabra no es “dónde está” sino “cómo caminar en ella”. No es un estado es un camino. La única felicidad plena y eterna es la que hay que escarbar como un arqueólogo, la que te ilumina de dentro a fuera, te irradia, la mejor droga jamás inventada y la menos chutada, esa felicidad como tal no es la que te ha vendido El Corte Inglés.

No voy a darte el discurso de “El Dinero No Da La Felicidad”, solo te voy a contar una paja mental, ¿quieres hacerte tú una? Te cuento la de otro con la que comparto la visión espiritual de la vida. La diferencia, él es un maestro, yo soy, en 140 caracteres, Dumbo.

Vagabundeo estos días entre críticas superficiales y mesiánicas sobre ‘El Árbol de la Vida’ de Terrence Malick. La cita más precisa que he leído sobre esta película la menciona mi compañero Pedro Moral en la crítica del film: es una obra para sentir no para entender. ¿No es acaso el cine un arte? ¿No es precisamente la belleza del arte la interpretación subjetiva? Tan abstracta pero realmente es más simple, Malick no tiene modestia al reflexionar, la mejor oda a la vida, sin coherencia narrativa, es poesía. El origen de la vida desde las primeras células, pasando por los dinosaurios, el esbozo de la vida de un ser humano representada en el propio sueño del autor (y de paso cambiando el cuento de la cigüeña), el desarrollo del humano, el asesinato de lo natural, el establecimiento de los límites, de lo que debes hacer, el dilema de la intersección de caminos, el de lo natural y lo divino, ante el que te presentan ciego y sometiéndote a agradarte a ti mismo, conseguir que otros te agraden, salirte con la tuya, encontrar razones para ser infeliz cuando todo lo que te rodea resplandece. Finalmente, la muerte, también esbozada bajo la quimera de Malick.

Todo ello ejecutado de forma espléndida, mezclando géneros cinematográficos, desde el documental de naturaleza bajo una suntuosa realización de los millones de años anteriores a nuestra existencia, hasta el drama del desarrollo familiar y la épica en la representación de la muerte como parte de la vida, pasando por el vuelco sensorial (sonrisa, ternura…) de los crescendos musicales con los que sintoniza el crecimiento de un niño explorando, aprendiendo, conociendo…De nuevo recurre al documental en esta parte del filme, pero esta vez un documental humano (recomiendo uno reciente llamado Bebés para establecer la comparación) en el que muestra una imponente paciencia para reflejar las reacciones naturales de un niño utilizando la cámara como los ojos de unos padres. Es una obra de una delicadeza puntillista, acaricia cada detalle, cada gota en cada hoja, cada rayo que se cuela, no en vano lleva incubándose en la cabeza del cineasta norteamericano los últimos cuarenta años; personal no, personalísima, de ahí que se le pueda achacar que es una paja mental suya (¿obra maestra o gran farsa?, dicen en el diario El Mundo) pero realmente ha sido el único que se ha atrevido a fotografiar, pintar, dibujar la esencia de la vida sobre una película (con imágenes, sonidos y la imperfección humana). Una ópera filosófica y religiosa.

¿Quiénes somos para ti?, ¡contéstame!, ¿por qué pasa esto?, ¡te suplicamos!, ¿me estás vigilando?, quiero saber lo que eres, quiero ver lo que tú ves, ¿dónde estás?, ¿dónde estabas?, dejaste morir a un niño, ¿se portaba mal?, dejas que ocurra cualquier cosa, ¿por qué debo ser yo bueno si tú no lo eres? Con una sinceridad desarmante, Malick plantea las preguntas normales que te hiciste cuando eras niño y que ahora estás demasiado polucionado como para repetirlas. Malick mira al cielo, es un dialogo, es un monólogo hacia Dios. De hecho, le mira directamente a los ojos apuntando directamente la cámara al cielo. Él mismo se ahoga brillantemente en su propio delirio en la figura del niño durante hora y pico en su anhelo de plasmar la frustración del chaval guiado por el camino que le marca el resignado padre quien es perfectamente consciente de la elección que hizo. Pero, como el giro dramático que florece en el personaje del padre (es una película, con su drama, pero también aparece la faceta educacional y didáctica del director para que, una vez mas, interpretes con libertad) tu camino no es infinito (“mirad la gloria que nos rodea, árboles y pájaros, vivía en el pecado, todo lo mancillé y no me fijé en la gloria, soy un hombre estúpido”, reflexiona), no debes decir no puedo, puedes aceptar que te olviden, desairen, hieran, ser débil y vulnerable, puedes aceptar lo divino.

Buscas la felicidad como la cocaína un yonqui a doble esnifada, no es un estado permanente que tiene que mamar de la teta de los acontecimientos que ocurren (las circunstancias no nos determinan), es un camino, una concepción de naturaleza Budista pero que realmente no se aleja de los estándares primarios del cristianismo, no el cristianismo de hoy desvirtuado a sí mismo al que acuden las masas borreguiles para reclutarse en el ejército de lo que creen que es Dios pero es otra estatua de oro. Son cerca de 140 minutos de diálogo con Dios, que diga, monólogo hacia Dios, una obra religiosa.

Y precisamente por esa concepción panteísta de Malick, las críticas de la prensa de derechas de este país y, por lo tanto, la más cercana a la práctica religiosa (en nuestro caso el catolicismo) deberían comulgar más con estas acepciones. Sin embargo, estamos hablando de la Iglesia Católica de hoy, del catolicismo de estramonio deformado con los siglos en una cruzada contra el ser natural, ese mismo que su dios nos creó con pureza pero que su propia religión se encarga de decapitar, olvidada de los conceptos más primarios del cristianismo en una campaña propagandística de dos milenios portando la novela más vendida de la historia, la Biblia.

Ellos son antinaturales, el resto somos conservadores. Estamos hablando de la rama más intelectual, la que en teoría tiene que “entender” mejor, de la crítica periodística de esta película y aun así escupen sobre ella. La derecha ofuscada. En la otra acera, cuando la izquierda en teoría (mala teoría) tiene que saber pestañear al arte, me ausento a diseccionar textos como los del diario Público (“la película roza el ridículo en ciertos momentos, mientras en otros como la microhistoria emocional de una familia, es conmovedora”), periodismo (sí se le puede llamar así) de masas, contenido para las masas, ni rozan la superficie; para aquellos, para ti, para mi que exteriorizo poca divinidad al despreciar a aquellos cuyo análisis de la obra se basa en la necedad de la racionalidad y no en la belleza sensorial, las respuestas están en el propio film. No es una cuestión de inteligencia (hay un abismo infernal en la diferencia de opinión de los expertos en cine, los que nos movemos en el mundo artístico, etc, y el hombre-masa, pura potencia del mayor mal, pero también pura potencia del mayor bien como citó Ortega y Gasset), es una cuestión de vivir: ayudaos el uno al otro, ama a todo el mundo, cada hoja, cada rayo de luz, perdona, aprecia las cosas más insignificantes, saborea cada instante.

Hay tres palabras en la vida que repites muy poco y son muy sanas: por favor, gracias y lo siento. Se salva el que quiere, no te dejes arrastrar a ese camino, despójate de todo lo tóxico de tu vida, la vida continua, las personas pasan, nada permanece igual, el árbol de la vida es eterno como la película parece, a la que nunca le ves el fin, no quieres verle el fin. Busca tu felicidad, alimenta tu alma. A medida que pasan los años es arduo alterar tu naturaleza, dar la vuelta y buscar el otro camino, las raíces del árbol crecen y son demasiado gruesas, es tu árbol el que has hecho crecer. Decía Ortega que “algunas personas enfocan su vida de modo que viven con entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen”. Por eso rubrico con el epílogo de la obra maestra de Terrence Malick : “el único modo de ser feliz es amando, si no sabes amar tu vida pasará como un destello, se bueno con los demás, asómbrate, ten esperanza”.

(Unless you love, life will flash by)

  • javiR

    Interesante reflexion, pero no creo q esta peli pase a la historia, Malick ha hecho cosas muuuucho mejores