En el que fui humillado por la industria del cine

Navegando a través de las cloacas de la industria musical.

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Todavía no olía a pescaíto frito. El sol picaba y yo no estaba de humor para ir andando con mi abrigo de paño bajo el brazo. Siete euros después ya estaba en el Hotel AC, donde se supone que se alojan todas las estrellas del Festival de Málaga. Me habían invitado como compositor de una banda sonora de una película que era regular. Luego descubrí que no estaba muy por debajo de la media de los títulos que llenaban la sección oficial.

Lo primero y lo más obvio que me ocurrió fue no estar en la lista de invitados del festival ¿Por qué iba a estar un músico invitado en un festival de cine? Pero lo solucioné rápido, un par de llamadas y arreglado. Richi Amador, compositor de la última película de la última gran promesa del cine español ya podía dormir y comer gratis.

No soporto la industria cinematográfica, me gusta el cine pero no lo que lo rodea. Me produce náuseas ese afán de protagonismo de sus actores, sus directores, sus representantes, sus distribuidores, sus periodistas. Todos son adictos a los cumplidos, son mezquinos y se drogan en la más absoluta intimidad… Los peores, claro, son los periodistas.

La rueda de prensa en la que nadie me hizo caso

fui-humillado-industria-cine-casasFui a hablar de mi banda sonora. Pero no le interesó a nadie. Era un conjunto de melodías que encerraban la atmósfera de Arcade Fire y también las notas más reconocibles de Enio Morricone. Una mierda demasiado conceptual para que lo aprecien tipos que tienen las neuronas dormidas con tanta producción precaria, con tanto guión flojo y tanto autor imberbe.  Lo peor es que todos los que triunfan en este festival y comienzan a ser buenos no regresan nunca.

En la presentación de la película nadie mencionó mi banda sonora excepto yo mismo cuando hablé de ella en la rueda de prensa. Odié las caras de falso asentimiento de todos los periodistas que realmente estaban mascando la pregunta que le harían al guapazo del protagonista. A Mario Casas, ¿o era Álex González? ¿Maxi Iglesias? Qué más da, el caso es que todos los que estaban en esa sala ignoraron totalmente lo poco que yo tenía que decir.

La fiesta en la que toqué gratis

Estaba bastante ebrio cuando me encontraba en la cola de la fiesta de mi película. La patrocinaba un canal de televisión. Un evento casi obsceno comparado con las fiestas que se ven en la industria musical. El lugar estaba cerca de la playa. Había mucha comida, mucha bebida y un DJ castigado a poner “de todo”. Los actores alternaban con actores, las actrices ojeaban directores y los periodistas estaban anclados a la barra. Como mi nombre no estaba en la lista  tuve que decir otro y dije el de uno de los actores secundarios. No creo que le importara. No nos conocíamos.

Una vez dentro seguí bebiendo y metiéndome mis cosas en el baño. Estaba este actor joven y morenito que viene de la televisión y que parecía que iba a triunfar, que llegó incluso a rodar con Iñárritu pero que al final nada. Se le notaba tan resentido como a mí. Se estaba fumando su canuto y gritando con sus amigos. Quería llamar la atención de un director o productor pero estaba haciendo un ridículo mayúsculo. Pobre.

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Yo me iba chocando con todos. Periodistas locas, locas que no sabía si eran periodistas y heterosexuales deprimidos. De repente vi a uno de los pocos que me caen bien en este negocio, Julián Villagrán, que además tiene un grupo llamado Nikaenen. Fue como ver a un vecino en el extranjero. Pero antes de que pudiera llegar a él, la jefa de la distribución de la película me hizo un placaje. Yo estaba tan colocado que me dejé hacer. Ella me puso en una silla y me dio una guitarra. Tenía que tocar flamenco para que el director y los actores de la peli se divirtieran mientras los familiares bailaban sevillanas.

“No me apetece, lo siento” le dije. “Hombre toca un poco, es parte de la promoción”, me dijo. “¡Dinero!”, pensé. Y toqué decenas de canciones que me iban pidiendo. Incluso improvisé mientras los familiares de los protagonistas bailaban y el resto de la gente hacía un corrillo para ver el espectáculo. Los periodistas observaban con rostro inescrutable y media sonrisa. Me sentí en un zoológico. Tocando para idiotas y observado por idiotas. El colmo de la frivolidad y el espectáculo gratuito. Todo para que bulla una opinión magnánima sobre el filme.

Por supuesto no me pagaron. Hay mucha diferencia entre “es parte de la promoción” o “es aparte de la promoción”. Y así fue como me sentí humillado por la industria cinematográfica.