La imposición musical en Latinoamérica: el modelo ilegítimo

El Senado chileno ha aprobado una ley por la que las radios musicales deberán contar con un 20% de programación nacional.

0
809
Músicos en el Congreso chileno por la Ley de Música
[TS-VCSC-Spacer height=”30″][td_block3 category_id=”2772″ limit=”6″ offset=”1″ custom_title=”+ Guillotina” ajax_pagination=”load_more”]

No voy a entrar negando la globalización cultural. La acepto, la disecciono y escojo lo que me parece provechoso, lo demás se va a la basura. Es una realidad que no debemos negar, sino aprovecharnos de ella. No por esto vamos a dejar de lado la música que tenemos a la vuelta de la esquina, la nuestra. Valoro tanto a Tom’s Cabin por hacer un folk anglosajón como a Fuel Fandango por recoger sus raíces patrias. Pero, a veces, esa globalización viene impuesta.

[TS-VCSC-Divider divider_type=”ts-divider-two” divider_text_position=”center” divider_text_border=”#eeeeee” divider_image_position=”center” divider_image_border=”#eeeeee” divider_icon_position=”center” divider_icon_color=”#cccccc” divider_icon_border=”#eeeeee” divider_border_type=”solid” divider_border_thick=”1″ divider_border_color=”#eeeeee” margin_top=”20″ margin_bottom=”25″]

El Senado chileno aprobó el martes que las emisoras de radio deban fijar un 20% de programación nacional en sus parrillas. Chile ha sido el último en una extensa lista de países en aplicar un porcentaje obligatorio de radiodifusión musical de su propio país. Este tipo de legislación lleva un largo recorrido en Latinoamérica, sustentada por países como Venezuela, Ecuador o Brasil.

En estos tres países, la cuota de música nacional obligatoria asciende al 50%. Está claro que afecta la potente identidad patria de sus gobiernos y su tradición, pero la diferencia entre ellos reside en Brasil: a día de hoy, sus emisoras retransmiten un 80% de producciones musicales nacionales. No se han contentado con lo estipulado por ley, sino que han ido más allá. ¿Son más nacionalistas que Venezuela o Ecuador? Obviamente, no. La tradición y escena musical de Brasil favorece, apoya y permite que se alcancen cifras tan altas; nombres como Gilberto Gil o Caetano Veloso avalan su poderío cultural.

Para no abandonar las claras aguas caribeñas, vayamos a Cuba. El gobierno castrista prohibió en 2012 el reggaeton en medios de comunicación y lugares públicos. Mi cerebro de reptil aplaude la decisión y se plantea ir buscando piso en La Habana; mi parte racional se pregunta si es correcto que un gobierno censure creaciones culturales (por pestilentes que sean).

Lo cierto es que no es un fenómeno sudamericano; en Europa tenemos ejemplos muy cercanos. Aunque en España ni siquiera tengamos leyes regulatorias de ámbito nacional para la música -los músicos se amparan bajo un convenio de artistas y toreros, así que poco podemos esperar-, Francia, por ejemplo, aprobó una cuota del 50% para sus emisoras, donde la producción nacional aumentó de un 40 a un 53% durante la década de los ‘90. ¿Eso es bueno, no? Sí, pero depende de para quién.

La SCD (Sociedad Chilena del Derecho de Autor) ha sido una de las principales impulsoras de esta legislación. No es difícil comprender su motivación, teniendo en cuenta que sus orígenes y objetivos son muy similares a la SGAE española. Aunque realmente se tratara de una asociación de santos en vida, hagamos un ejercicio de especulación por el bien de la deducción. La sociedad privada es gestora de los derechos intelectuales de los creadores chilenos y recibe ingresos por asociación, por permisos de reproducción, licencias y cuotas de ejecución de cada tema registrado. Ahora, ¿a quién le beneficia más la reproducción masiva de artistas chilenos?

No dudo de que a estos artistas les pueda beneficiar, pero, a no ser que Chile sea una paraíso músico-fiscal, la mayor parte del porcentaje de los derechos de ejecución y reproducción van a parar a manos de sellos y entidades de gestión como la SCD. Ahora, si se puede demostrar lo contrario, me detractaré y volveré a fijar La Guillotina en mi amada SGAE.

[quote_box_right]Otros países, como Colombia, optan por el fomento y la educación a niños y jóvenes en lugar de una ley de cuotas, según el ‘Estudio comparado de leyes de fomento de música nacional’ realizado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes chileno.[/quote_box_right]

La Asociación de Radiodifusores de Chile ha lanzado una campaña bajo el lema “la música chilena debe fomentarse y difundirse, no imponerse”. Seguramente teman bajadas de audiencia o no sepan como negarse al lobbismo de las corporaciones internacionales, quizás incluso sea un mensaje auténticamente liberal. El caso es que aquí, como en todas partes, no hay buenos ni malos; hay interesados.

Uno de los factores de los que puede presumir la sociedad gestora chilena es su apoyo popular; o al menos eso afirman sus números. La sociedad llevó a cabo una encuesta que destapó que el 90’5 % de los encuestados quería escuchar más música chilena en la radio, casi el mismo porcentaje de música anglosajona que se emite en las más de 1.200 emisoras chilenas. ¿Realidad o campaña sesgada? De ser así, alguna emisora habría virado en esa dirección. Porque sí, creeme, de lo que hablan los medios lo decide la audiencia.

Quiero darle un voto de confianza y desearle toda la suerte que tuvo Francia, pero no deja de darme miedo que el gobierno exija líneas editoriales a los medios de comunicación. ¿No sería más lógico demandar cotas de calidad, no de nacionalidad? Las señas de identidad patria se presentan por delante del valor musical de la obra, de la sagrada línea editorial para un medio sin tener en cuenta su orientación, como denuncia en El Mostrador Sergio Cancino, director de la radio UNO, que emite música chilena 24 horas al día: “No solo vulnera la libertad editorial de las emisoras, sino que homogeneiza la música chilena, que es muy diversa y requiere incentivos específicos”.

La política está acostumbrada a mandar y exigir como medida de cambio, cuando el fomento, el estímulo y la educación son, aunque a mayor plazo, el único medio de desarrollo cultural auténtico.