En el que Jay Z me obligó a meterle mano a Josh Homme

Navegando a través de las cloacas de la industria musical.

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Jay Z con un puro y la mano en alto

Hubo una oscura época en la que fui segurata. Había pasado bastante tiempo desde que cogía un instrumento y sentía rabia. Odiaba a todos. Quería coger sus guitarras y estrellárselas en la cabeza. Me forcé a un exilio autoimpuesto porque en mi casa no le importaba a nadie. Pasé por Alemania, por Francia, incluso me embarqué en una alucinógena epopeya a través del sudeste asiático.

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En algún pueblucho dejado de la mano de Dios, Él apareció. En ese momento recuperé la fe. Me dijo que tenía que viajar hasta la otra punta del mundo. “¡No pierdas el tiempo! Eres mi hijo y debes propagar mi palabra”, dijo tras un halo celestial de luz. Ahí me di cuenta del colocón. Alguien había metido algo en mi caldo, o el caldo era directamente lo que meter. “No lo sé, pero, por si acaso, voy a hacer caso a mis visiones chamánicas”.

Aterricé en Philadelphia sin nada más que una mochila y algo de dinero que todavía no me había gastado en drogas. Decidí entonces enfocar mi ira, ponerla al servicio de quien más pagara y, si de camino me llevaba a algún listillo, mejor. Me metí en una empresa de seguridad que nos movía de un evento a otro y pagaba decentemente. Desde ahí fui estableciendo ciertos contactos.

Tirando suavemente de ellos y con paciencia, acabé trabajando como parte del equipo de seguridad de cierto rapero que, en su momento, no conocía. Oh, pero a su mujer sí; de mis viajes solitarios al lavabo: Beyoncé. El primer encargo que tuve como parte de aquel cuerpo de elite del hip-hop fue en el Made in America Festival, dirigido por el mismísimo Jay Z, mi jefe.

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Algo que me extrañó -y que nunca me había pasado en mis años como músico- es que tuviéramos que cachear a las bandas. Las caras de sorpresa eran comunes, pero se dejaban sobar. Todos menos Josh Homme, cantante de Queens of the Stone Age. El tío mide aproximadamente 17 metros más que yo y es un armario. Pero el trabajo es el trabajo y me dispuse a cachearle bajo su mirada inquisitiva.

Lo primero que oí cuando acercaba las manos fue: “Si me abres la bolsa, olvídate de que toque aquí. Es tu decisión”. Me cogió desprevenido y, a medida que yo acercaba las manos, el levantaba la bolsa hasta que yo ya no llegaba. Me estaba vacilando, mi rabia se encendía cada vez más y él era el único objetivo. Aunque tenía razón. ¿Quién cojones se cree el Jay Z este para ir cacheando grupos? Todavía creen que son Tupac y les van a disparar en plena entrevista.

Obviamente, nadie de su grupo fue cacheado. Beyoncé estaba por ahí y me dijo que fuera a buscar una botella de champán Armand de Brignac, el de su emprendedor marido. ¿En qué no estará metido este tío? Era listo y, en cuanto le di la botella, fue a llevársela a Homme a modo de ofrenda de paz. Como buen bebedor, la cogió, aunque solo hasta que, inmediatamente, el rapero le pidió hacerse una foto los dos con la botella. “Esto no es un regalo, es una herramienta de marketing”. El terror trepó por mi espalda.

Su gesto fue tal que me devolvió la esperanza en el rock and roll. Giró la cabeza, miró a Jay Z y soltó la botella, que se hizo añicos en su impacto contra el suelo. El tío se pasó las normas por donde no da el sol, se enfrentó al organizador, lo humilló y luego dio el mejor concierto de la noche. Pero eso sí, si hubiera sido un tío más pequeño, le habría dado una buena somanta. A mí me van a vacilar.