Me encuentro leyendo hace dos escasos días pasados por agua una noticia que supone el culmen de la desfachatez y la podredumbre moral que padecen con gusto los altos escalafones de nuestro poder político. La sala Caracol cierra, viendo su actividad precintada por el Departamento de Disciplina Urbanística. Y es que se veía venir. Cuando hace un par de meses, en el concierto de Havalina, encontrabas más policía en la puerta de esta sala que frente a una comisaría, el porvenir estaba escrito y no era prometedor. Nos encontramos bajo un gobierno local que no solo no promueve la cultura, si no que ejecuta la labor de verdugo hacia una cultura libre (libertad de emprendimiento y actuación, no en la falsa acepción de gratuidad), con un fin al que aún no puedo encontrar el sentido. Si se creen con derecho a ejecutar su guillotina, primero deberán pasar por la nuestra.

Desde la fatídica desgracia de Halloween en el Madrid Arena, la nefasta mutiladora cultural Ana María Botella Serrano, a la cabeza del ayuntamiento de la capital, ha encontrado la excusa idónea para deshacerse de una libertad creativa que nos sirve a todos infinitamente más que sus funestas actuaciones y deliberaciones. Su política cultural es una burla al ciudadano que anhela disfrutar de ella, con festivales y eventos promocionados que no sirven para nada más que como una endeble fachada que oculte su auténtico desdén hacia la cultura. Si no quieren ayudar que no lo hagan, pero que no la defenestren porque es nuestra.

Hemos sufrido el cierre de varias de nuestras salas. Empezamos con Excalibur, a la que recientemente la siguió otra gran veterana, Ritmo & Compás. Y ahora se atreven con, personalmente, la mejor sala de conciertos que nos quedaba como bastión, sin tan siquiera esgrimir motivo alguno. ¿Qué pretenden hacer con la música? La música en vivo en esencial, no solo porque sea casi el único ingreso que ahora reporta a los artistas, si no porque la vida cultural necesita del dinamismo que este otorga. Que hemos perdido ese estilo de vida estaba claro; el público entiende un concierto como una fecha especial y no una actividad frecuente. Pocas salas pueden permitirse hacer un pago digno al músico y solo las grandes establecidas pueden acarrear con esa olvidada obligación.

La clase política está obviamente en un período de hipocresía moral y putrefacción que jamás habíamos conocido. Y el mejor método de expresión es el arte, arte que poco a poco destruyen dinamitando su infraestructura. “Claro que sí, si podéis hacer todo el arte que queráis” (cita textual imaginaria de Ana Botella entre el partido de pádel con Josemari y las clases de equitación), pero si se cercenan las plataformas de difusión el arte se coarta, se exilia a la apreciación unilateral del artista sin modo de llegar a su público. Con un organismo tan inquisitivo como este hediondo D.D.U. no nos quedamos tan lejos de aquella reprobadora santa y maldita institución.

No tienen ningún derecho, no son dueños de la cultura y su paupérrima regulación se debe tildar de reprobable y negligente. Sus motivos oscurantistas se escapan de mi entendimiento, y si ellos quieren una sociedad sin cultura, nosotros queremos un ayuntamiento sin su repulsiva insolencia.

“Actualizacion: la ddu confirma los motivos de la clausura de caracol. De acuerdo a sus declaraciones, por razones de seguridad en las instalaciones, problemas de ruido y de licencia han cerrado la sala. Recuerda nuestra crónica del Primavera Club 2012 y el desastre que propició el ayuntamiento de Madrid.

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