Un Palacio para la ignorancia

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No es la primera vez que siento ante este improvisado tribunal al Ayuntamiento de Madrid y, viendo por donde discurre su política cultural, desgraciadamente es probable que no sea la última. Asistimos continuamente, de una manera impúdica, a un desprecio absoluto por la cultura y su trascendencia por parte de una administración ciega ante lo básico de su insulto moral hacia una ciudadanía a la que desestiman, además de la burla y desprecio a la historia cultural de nuestra ciudad. Pan y circo se dice, pero el pan cada vez es más caro y el circo nos lo están cerrando. ¿Qué nos queda entonces?

Hablo por supuesto de la inminente puesta comercial que va a tomar el clásico Palacio de la Música de la Gran Vía madrileña, en su origen auditorio, luego cine, pero siempre cultural. Hasta ahora.

Retrocedamos al año 2008. El Palacio de la Música es uno de los pocos cines aun en funcionamiento en el “Broadway madrileño” que tratan de vender al público. Sus dueños, la familia del promotor inmobiliario, ex-presidente del Valencia C.F. y miembro de más de 40 empresas (suena a España, ¿verdad?) Juan Bautista Soler, deciden clausurar su afamada sala de cine y venderla a la Fundación Caja Madrid, quienes, dada su naturaleza de obra social, prometieron reconvertirla en un auditorio musical, una necesaria vuelta a sus raíces que el Ayuntamiento de Gallardón apoyó con un Plan Especial de Protección que dotaba al edificio del nivel 1 de protección integral (historico-cultural de su arquitectura física), además del blindaje de su uso cultural y de ocio.

Pero donde dije digo, digo Diego. El rescate a Bankia no ha llegado a su fundación y esta, dirigida por José Guirao actualmente, no encuentra en su cartera el dinero suficiente para continuar con las obras tras 4 millones de euros destinados a la misma. El dinero destinado por Fundación a su obra social se ha visto reducida de 252 millones en 2007 a unos escuetísimos 56 millones en el pasado 2012. Desde la nacionalización e intervención de Bankia, sumado al compromiso moral de conservación del mayor patrimonio que poseemos, el cultural, tenemos derecho a reclamar parte de lo que es nuestro, y decidir. Por pequeña que sea esa propiedad, como mero ciudadano o tú como cliente de Bankia si tienes esa mala suerte, has aportado a esa millonaria obra y tienes derecho a mantener la necesaria condición cultural de este emblema musical. No es un tema de dinero, es algo más, es nuestro por derecho.

La filtración en diciembre de la negociación exclusiva de la Fundación con la empresa textil Mango, a pesar de la negativa a su confirmación por ambas partes, dejaba claro que los 54 millones que estaban dispuestos a ofrecer pesan más que el interés común. Pero tampoco es su culpa, son una organización privada, con una responsabilidad social, claro, pero que se ven obligados a recortar dada la nefasta situación a la que se ven sometidos. Sus entidades centrales no les aportan el flujo necesario para continuar con su inversión, aunque luego ellos vivan en mansiones de lujo con despidos multimillonarios; pero eso es un tema aparte cuya guillotina ya reconocemos sobradamente merecida.

El problema último y principal radica en las facilidades otorgadas por el Ayuntamiento de Ana Botella, enemiga de la cultura dado su corto y poblado historial de restricciones y ceses, quien se encumbra con una frase tal que así: “Es importante que vaya una marca comercial al Palacio de la Música para que genere empleo y actividad económica. El empleo es nuestra prioridad”. Los servicios de distribución ya existen, la ropa se sigue fabricando, ¿de qué empleo hablamos entonces? Quizás de los menos de 20 empleados que tiene una tienda de esas características, contando vendedores, seguridad, limpieza y cualquier otra labor que se nos ocurra. Así que no, no nos engañan tan fácilmente, el motivo no es promover el empleo. Es el dinero, como siempre. Es una errónea percepción de modernidad y desarrollo en la aglomeración comercial y no en la cultural. Es mantener contento a la minoría de siempre a costa de la gran mayoría que calla y traga.

Pero es que no está sola. Es paradójico, absurdo e insultante que el Delegado Municipal de Las Artes (aunque no merezca el trato de mayúsculas), Fernando Villalonga, sea quien reconozca que no habrá trabas para un cambio hacia el uso comercial del inmueble; acuda a la demagogia más podrida, falsa y aprovechada propia de la clase política al acusar a la oposición de estar “más preocupados por el Palacio que por los 4000 despidos de Bankia”; renuncie a su defensa del pasado, el presente y el futuro de Las Artes, sus plataformas y sus derechos. Con ello no solo amparan y justifican la pérdida de este incentivo cultural para la capital, si no que lo persiguen y luchan por ello. Conocemos sus colores, pero, ingenuos, siempre esperamos una mayor bondad en unos políticos que no cejan en su empeño de demostrar nuestra equivocación.

Cuando el estamento político hace caso omiso, es el momento de la iniciativa popular. No hablo de apedrear escaparates, si no de la petición de firmas de Change.org para catalogar al Palacio de la Música como Bien de Interés Cultural (BIC), frente al antagonismo del anteproyecto de Ley de Patrimonio Histórico que pretende recortar trabas para fines comerciales que quieran instalarse en edificios de valor históricos. Anteponer el dinero y el bien económico como valor motor de la sociedad a un valor de apreciación histórica y cultural, en definitivas cuentas. Es un error y una burla, olvidan y dan de lado nuestra cultura histórica en pos de una mercantilización absoluta, la cual es un maquillaje volátil que no se puede sostener sin un fondo de peso, profundo y auténtico, como es el que conlleva la cultura y la memoria histórica. Sin cimientos no hay tejado, por muy caro que haya sido su precio.

No me opongo a su venta porque es obvia la inviabilidad a la que se enfrentan sus propietarios; pero las promesas se cumplen, no defecas en ellas con un puro en la mano y una sonrisa en la cara. Que lo vendan a cualquier empresa interesada, seguro que existen las que quieran destinarlo a su fin original, pero sea como sea, el trabajo de nuestra administración es el de defender y salvaguardar su uso cultural, imponiendo su respeto y su obligatoriedad. Es su responsabilidad y, cuando la ignoran, es la nuestra recordársela y no ceder hasta que esta se vea cumplida, nunca antes.

Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna ‘La Guillotina’, editada en 2013 y 2014.