La princesa Letizia, esa periodista con el reportaje de inmersión más largo de la historia, estuvo la semana pasada en el DCode o al menos eso cuentan los Lüger, banda madrileña que gusta más de kaisers por aquello del kraut. Que más que ir al festival fue a ver a The Killers y se acabó. Que ni vio a los Lüger ni a Django Django y su concierto a la hora de la merienda cena porque una cosa es escuchar a los nuevos U2 y otra muy distinta gustarse de pulsera y de indie.

Tal vez los progres, cuando pedían la modernización de la monarquía, no se referían exactamente a esto pero Ortiz estaba de cumpleaños, puede pedir lo que le venga en gana y al menos no se decantó por unos cuantos elefantes de la Sabana de esos que te ponen en bandeja con postre o café. Tal vez Letizia le devuelva el favor a su marido y le regale una entrada para Bon Iver, que se le ve más romántico y así tengamos una familia real de festival y no de feria. En todo este cartel nos faltaría Marichalar, aquel al que el museo de cera quitó de la foto, que tiene más pinta del regusto Prodigy por los pantalones.

La real pareja pasó de regalarse viejos libros de Larra a entradas a festivales, que de precio no deben andar muy lejanos teniendo en cuenta los 100 dolorosos en los que se ponía el precio de la entrada. Por un poco más tenía el pase a Benicássim con camping y playa, de eso que le falta a Madrid y que ni dimitiendo Aguirre conseguirá. Por aquí los sueños quedan aún lejanos. Con esa afluencia de guiris y sus guirigays tal vez coincidiese con Kate y su destape, propio de un concierto de Oasis. Habría que preguntarle entonces si es más de Noel, de Beady Eye o si siempre le tiró más Blur. Yo siempre fui de Oasis y de ese Liam que sale del Bernabeu por el cuarto de la basura. Como los verdaderos reyes.

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