Axl Rose y otras estrellas del anonimato

La curva de la oferta y la demanda puede aplicarse en la música a ese extraño fenómeno en el que la calidad de los últimos trabajos del artista son contrarios a los movimientos de sus escándalos. En mitad de 2007 unos The Horrors con un único trabajo publicado se dedicaban a destrozar salas de media Europa con la única pretensión de hacerse conocidos. Su ropa y actitud copaba portadas en las que de lo que menos se hablaba era de su música, un mal debut que supuso uno de los efectos contrarios más llamativos de los últimos años: sus dos siguientes trabajos se han convertido en verdaderas joyas de la música contemporánea. Casualidades de la industria, los de Faris Badwan son ahora jóvenes educados que sólo dedican su tiempo a hablar de su música. Parece que se trata de una banda completamente diferente a la que anduvo destrozando la sala Moby Dick aquel año. Prince, uno de los grandes nombres de los ochenta, pasó a convertirse en ‘el artista antes conocido como Prince’ cuando su carrera se aproximaba hacia el abismo del anonimato del que intenta salir desde hace años. Hace unas semanas se dejó ver por el show de Jimmy Fallon y no se le ocurrió otra que destrozar una Epiphone del 61 que pertenecía a uno de los miembros de la banda del programa.

Cuando has sido el más perseguido e idolatrado, la estrella a la que todos quieren ver, tal vez debe ser complicado bajar de las nubes a un mundo en el que el nivel de tus trabajos suele ser inversamente proporcional al de los escándalos que promueves. El último en sumarse a este club es un tal Axl Rose. Aunque viene de lejos. El pasado de rosca líder de Guns N’Roses fue demandado hace unos días por un fan cuando este lanzó el micrófono y le rompió los dientes, como ya se contó en esta misma página. Rock and roll actitud, pueden pensar muchos.

El problema es que este tipo de actuaciones de cometa estrellado suelen coincidir con lo de siempre: una vida actual llena de fracasos. Noticias que se despegan de la propia música y que no llevan más que a mostrarnos que esta gente sigue viva aunque su carrera esté muerta. En la última década no dejábamos de tener píldoras del regreso de Guns N’ Roses. La banda que marcó los ochenta y noventa, o lo que quedaba de ella –que era poco-, había dado que hablar con la continuación a su último álbum,  The Spaghetti Incident?, con el que la formación se disolvió. De aquellos caballeros californianos tan sólo quedaba un Axl Rose de perilla, rastas y look cowboy que se había rodeado de mercenarios con los que planeaba sustituir a Slash o McKagan. Rose dedicaba su tiempo y esfuerzo a decir que este disco sería lo mejor de la historia así como a descalificar a sus compañeros, tareas que le agotaron tanto que sus fuerzas para afrontar este nuevo trabajo se reducieron a nada.

El resultado del nuevo Axl pudo verse en la primera -¿y última?- edición de Costa de Fuego. En el festival celebrado en Benicàssim pudimos ver uno de los espectáculos más dantescos, eternos –en el mal sentido- y ególatras a los que uno pueda asistir. Tres horas de pantallas gigantes, solos de guitarra injustificados y un Axl Rose que desaparecía cada dos canciones para cambiar su atuendo. Todo ello culminado con las peores versiones de Dead Flowers, Baba O’ Riley y Another Brick in the Wall. De Guns N’Roses ni rastro.  Green Day y su intoxicado líder Billie Joe Armstrong también sufren de este mal. Justo cuando menos noticias tenía su mediocre trilogía, más eran los titulares que el californiano daba. Mala actitud en el escenario, clínicas para luchas contra el alcoholismo, todo ajustado a las fechas de lanzamiento de sus trabajos y al inicio de su gira mundial. Al público, en un mundo ya vacío de inocencia rockera, no le queda otra que contemplar el espectáculo circense al que autoimponen sus estrellas en declive para obtener beneficios de donde no quedan más que pozos vacíos de todo ingenio musical. Una lástima.

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