Youtube: El parasito

1

La industria musical está de enhorabuena. Sus datos de ventas mundiales han aumentado un 0,3% respecto de 2012 contra todo pronóstico, en medio de la crisis económica más dura y prolongada de toda la historia, lo que supone el mejor dato para el sector desde 1998, puesto que desde entonces la tendencia siempre fue a la baja. La facturación total en 2012 ha sido de unos 12.600 millones de euros, según el informe anual de la Federación Internacional de la Industria Discográfica, una cifra mareante que se ha obtenido gracias en gran parte a los ingresos de la música digital. Por su parte, España sigue a su ritmo y experimenta un descenso del 5% respecto de 2011, y ya van 11 años consecutivos de caídas.

Seguro que el extendido uso de la piratería tiene mucho que ver con estos datos tan singulares para el caso español. La cultura del “todo gratis” llegó como un huracán a nuestras costas y no afecta sólo a la música; en un sencillo pen drive caben miles de libros, cientos de películas, temporadas y temporadas de nuestras series favoritas, y uno no es de piedra. También tiene que ver la mala situación económica que vive mucha gente, que no quiere renunciar a sus canciones favoritas sólo porque estén sufriendo una crisis que no crearon. Pero hay un tercer factor que seguro que resulta determinante -en España y en el mundo- y es la multiplicación de los intermediarios culturales en internet, que cada vez son más y ganan más dinero.

Así a bote pronto me vienen a la cabeza varias plataformas que ofrecen música gratis: Grooveshark, Spotify, Deezer, Pandora, Rdio, Goear… y sólo Spotify ya tiene 5 millones de usuarios de pago. Todas ellas prestan un servicio muy útil a la sociedad, acercándola a la música, como en otro tiempo hicieron las empresas de transporte o las tiendas de música en formato físico, pero es innegable que también ingresan un dinero que de otra forma habría parado directamente a las discográficas. Y eso obviando que algunas de estas empresas dan parte de sus beneficios a los sellos y artistas.

Pero esta vida económica parasitaria, tal como la define Robert Levine en su libro Parásitos, tiene a su máximo representante en YouTube. En palabras de Levine: “internet ha fortalecido a un nuevo grupo de intermediarios como YouTube que se benefician de la distribución sin necesidad de invertir en los artistas”. Si hacemos un pequeño rastreo a través de buscadores que no sean Google, veremos que los principales 25 anunciantes de la página web gastaron 3.000 millones en publicitarse en este medio. Sí. Una cuarta parte de todos los ingresos de la industria musical del mundo. Y eso es sólo la punta del iceberg.

¿Por qué invertir tiempo en hacer un videoclip si alguien lo hace gratis por ti? El enriquecimiento a costa del sector musical en decadencia me trae a la mente inevitablemente a ese profesional que trabaja gratis por su futuro. Sin embargo, el porvenir cada vez es más negro y seguirá beneficiando a otros. ¿Quién merece legítimamente esos beneficios sino el autor de la obra? Las leyes nunca han dicho lo contrario, pero uno tampoco uno puede dejar de subir sus vídeos a YouTube desinteresadamente y sus canciones a todas las plataformas streaming que pueda. Como si uno mismo cavase su propia tumba y no pudiera detenerse.