La muerte del rock británico

El país con la mejor cantera de bandas lleva años con poco que decir.

0
1527
Tom Meighan de Kasabian en directo.
[TS-VCSC-Spacer height=”31″][td_block3 category_id=”23″ limit=”6″ offset=”1″ custom_title=”+ LVD” ajax_pagination=”load_more”]
¿Qué le sucede al rock en Gran Bretaña? Desde finales de la década pasada, las islas han visto cómo son las mismas bandas las que ocupan las portadas y encabezan los festivales, sin producirse cambios en un problema en el que medios de comunicación, festivales y las propias tendencias musicales han contribuido a una de las mayores etapas de deterioro del rock que se recuerdan.

[TS-VCSC-Divider divider_type=”ts-divider-two” divider_text_position=”center” divider_text_border=”#eeeeee” divider_image_position=”center” divider_image_border=”#eeeeee” divider_icon_position=”center” divider_icon_color=”#cccccc” divider_icon_border=”#eeeeee” divider_border_type=”solid” divider_border_thick=”1″ divider_border_color=”#eeeeee” margin_top=”17″ margin_bottom=”20″]

Por influencia, el estado de salud de la Música en Gran Bretaña afecta al resto de escenas del mundo. La mejor fábrica de bandas populares del planeta se enfrenta a un tiempo en el que no es capaz de ofrecer algo nuevo, vive enquistada en bandas como Franz Ferdinand o Kaiser Chiefs; formaciones a las que se les acaba el discurso y que, sin embargo, siguen siendo abanderadas del rock actual porque no hay sucesores.

Contaba Serge Pizzorno de Kasabian que se veía como una de las últimas bandas de rock n’roll de Gran Bretaña. La declaración -no sin su parte egocéntrica- tiene su punto de realidad. El efecto que en su día provocó la salida de aquella generación no ha vuelto ha producirse en los últimos años.

Lee también: La guitarra ha muerto

A principios del milenio llegaban The Strokes para convertirse en “los salvadores del rock”. Su fórmula era un reciclaje perfecto de viejos ritmos mezclados con grandes canciones. Aquel ‘Is This It’ (RCA, 2001) se alzó en primera instancia en las calles de Gran Bretaña, convirtiéndose en un álbum fundamental, un mito que apenas tenía un par de meses. ¿Qué ocurrió para que se produjera aquel fenómeno?

Las islas del Reino Unido estaban asistiendo a la decadencia del rock. El britpop daba sus últimos coletazos y tuvo que llegar una formación de Nueva York para revitalizar la música de guitarras. Los de Casablancas motivaron la salida de The Libertines y con ellos una ingente cantidad de bandas que culminaron con el debut de Arctic Monkeys, ‘Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not’ (Domino, 2006). Y después… después no ha pasado nada.

Porque el rock británico ha ido perdiendo su esencia hasta convertirse en poco más que una anécdota. Los de Alex Turner abrazaron las influencias norteamericanas -algo bastante común en la carrera de grandes formaciones de las islas- y el resto de formaciones han ido desapareciendo con más pena que gloria sin que llegue un relevo generacional que apueste por nuevos sonidos.

Contribuye a este deterioro una mezcla de malas apuestas –Palma Violets, Peace y otros tantos- de los los medios de comunicación y la obsesión de promotores y festivales de seguir tirando de bandas que llevan arrastrando malos álbumes durante años y apostar por el regreso de otras compuestas por músicos cuarentones que vienen a revivir otros tiempos, no a cambiar estos.

Y no es que falten bandas. La mercadotecnia ha impulsado a formaciones de sonidos sencillos para que ocupen ese trono mientras que en un underground británico lleno de brillantes propuestas –King Krule o Fat White Family– sobrevive en las sombras.