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Estar en la cúspide de la música no debe ser fácil. Allí están instalados casi desde que nacieron los Arctic Monkeys. Coger el testimonio de unos The Strokes que comenzaban a tambalearse y hacerlo con un debut que revolucionó a toda una generación: ‘Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not’ (Domino, 2006).

Se les acusó de ser el nuevo producto de NME, de ser una banda más sin nada que aportar, carente de poso, vacía de recursos, efímera moda que tenía los días contados. El tiempo ha sido un buen aliado, también los cinco álbumes publicados hasta ahora -sin contar aciertos como ‘Submarine’ (Domino, 2011) y ‘The Age of Understatement’ (Domino, 2008)- que han demostrado que Alex Turner y su banda no tenían una corta fecha de caducidad.

Desde hace unos días se ha destapado una nueva crítica hacia Arctic Monkeys. Como ya se contó en HABLATUMÚSICAThe Orwells les comparaban con Backstreet Boys. No era su música, a la que también acusaban de estar cogida con calzador; más bien las formas. Según la joven banda, los directos de los británicos son siempre iguales. La improvisación no existe, todo está ensayado. Obviando que la salida de su nuevo álbum les ha podido llevar a buscar el titular, lo que han descubierto los de Chicago es un mal común al que el tiempo ha hecho acostumbrarnos. ¿Es una actitud rock n’ roll la de Arctic Monkeys? 

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La tradición del rock en Estados Unidos implica elevar toda la actitud demostrada en las grabaciones, multiplicarlo sobre el escenario y hacer que valga la pena pagar entrada para vivir una experiencia mayor a la que puede quedar impresa en el álbum. Luego está esa tendencia británica -a partir de los noventa- a dejar poco lugar a la improvisación. La repetición del setlist en una gira -nos vale con echar un vistazo a los directos de Oasis, claro ejemplo- es una mala y común práctica entre muchas bandas. Puedes ver cuarenta fechas de una banda que, si has visto un concierto, los has visto todos.

La práctica de repetir el show implica restar credibilidad a una banda, elimina ese valor de estar viendo algo único. [inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]Un espectáculo envasado y conservado para su consumo que desprecia la frescura que se le debería imponer al rock.[/inlinetweet] No hay conciertos malos como tampoco los hay buenos. Son el mismo. Es por eso que animales del escenario como Bruce Springsteen son tan grandes. Más allá del logro que supone la edad, sus conciertos son una experiencia diferente, única, trabajada de forma individual. El Jefe consigue que el asistente se sienta parte de ese espectáculo que no va a volver a repetirse. Lo que no debería ser un comportamiento revolucionaro -el directo del rock ha estado regido por la improvisación por naturaleza-, se ha convertido en rara avis en los últimos tiempos.

En la actitud de los músicos no hay apatía, tampoco éxtasis. Es todo siempre igual y por tanto deja de ser personal. Son tiempos en los que la sorpresa está infravalorada. Las bandas no deberían caer en esta actitud apática, mucho menos una generacional como se le supone a Arctic Monkeys.

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