Pasarela de festivales

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El verano es una época efervescente de actividad musical. Lo iniciamos con el Día de la Música, muchos grupos esperan a las olas de calor para lanzar sus últimos trabajos y los festivales inundan las agendas culturales de todo el mundo. Cantidades descomunales de bandas en una ingente pasarela a la que no todo el mundo presta la atención necesaria, devaluando la importancia que hemos de encontrar en que tantos nombres internacionales quieran hacer una parada, siempre necesaria, en el mortecino panorama musical que nos ha tocado sufrir y por el que no hacemos lo suficiente por revivir.

Podemos presumir de festivales. Tenemos la suerte de poseer un abanico extenso y variopinto, desde los más humildes festivales de barrio, festivales en salas, grande histórico, hasta enormes indispensables de fama internacional en la actualidad. FIB, BBK Live, Primavera Sound, Azkena Rock Festival, Monegros, por nombrar algunos de los más reconocidos y sabiendo que me es imposible repasar la totalidad de ellos. En una época de crisis como esta los precios se han visto sensiblemente reducidos, optando también por una gran oferta de festivales gratuitos. Somos dueños de una escena con potencial, pero aun así la damos por sentada y olvidamos cuidarla.

Veía hace poco en un programa de televisión que, en clave de humor, un reportero paseaba por el Primavera Sound preguntando a los asistentes si conocían a las bandas que él acababa de inventarse, tratando de probar si es cierto que el fenómeno “hipster” se ve reflejado en su fama. Para poca sorpresa, el resultado es que sí. Esto prueba que no existe un interés real en la música y la experiencia del festival, más que el que pueda aportarles el vanagloriado sentido de moda que tanto aprecian. Será una anécdota, aunque me temo que no serían pocos los que caerían en esta astuta trampa.

Pero este síntoma comienza por la organización. Un festival es un producto manejado por una empresa. Por lo tanto, con el fin de sobresalir entre su competencia, algunos optan por un mejor cartel, mientras muchos otros prefieren expandir la experiencia festivalera, añadiendo actividades que en los demás no se puedan encontrar. Un complemento, perfecto. ¿Necesario? Desde luego que no. Parece que hemos olvidado qué importa y qué no a la hora de asistir a una celebración de la música como son estas. Y es precisamente eso, la música. Descubrir nuevos artistas, disfrutar de aquellos que te apasionan y, quizás, sorprenderte con aquellos que no te habían enganchado la primera vez. Ir a un festival para emborracharse, colocarse y tratar de acostarse con alguien, haciendo caso omiso a la música, es algo que debería avergonzar al que lo haga. Haz todo eso y más, disfruta de la magia que representan, pero no olvides que las actuaciones son el atractivo principal, no una banda sonora lejana para las lagunas mentales que tengas durante la resaca.

Cuando este comportamiento se torna arquetípico, es hora de preocuparse. Cada uno es libre de hacer lo que le venga en gana, pero, ¿es realmente un motivo lógico ir a un festival para ver “cuál es el rollo”, sin darle más importancia a la música que la de un añadido o una excusa? Rotundamente, no. Un festival es mucho más, es lo que vives allí, con quien lo vives, pero por lo que todos adoramos el concepto es por su origen, por su motivación: ofrecernos música.

Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.
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