Robert Johnson | Recording Sessions

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Robert Johnson

REVISITAMOS  | por JOSÉ ROA

Robert Johnson | Recording Sessions | 1936 – 1937

Una sombra se vislumbra entre la oscuridad, pausada y decidida recorre la carretera hacia el cruce de caminos. Tan solo el asfalto, un ajado árbol centenario junto al cielo de medianoche como juez y testigo, contemplan la mundana imagen que esconde en su inocencia más de una cara; una cara oculta en su generosa maldad eterna. En la claridad de la noche, la luna ilumina su figura. Guitarra en mano, el itinerante soñador llega a la encrucijada bajo la inquisitiva mirada vespertina, con un encontrado sentimiento de anhelo y desasosiego que irremediablemente brota en su corazón, rodeado de aquel silencio mortecino.
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Aquel joven Robert Johnson esperó sentado junto a su inseparable instrumento, minutos que parecían horas y horas que él sentía eternas. El sudor recorría su frente, curtida al sol en días de un anquilosado trabajo que le empujó a este lugar, este momento, pero su piel aún brillaba en su esperanzada lozanía, contraída sobre unos ojos inquietos que tanteaban la oscuridad en busca de alguien, algo, redención o un porvenir. A su espalda, una esbelta figura surgía entre la penumbra, su esbelta silueta recortaba el horizonte, callada y pérfida. Su negra cara era absoluta oscuridad, como si nada hubiera en aquel intuido rostro, tan solo unos enormes ojos blancos abiertos de par en par, clavándose ansiosos en su próximo cliente, su próxima víctima.

Con el corazón en un puño y sin tan siquiera atreverse a mirar a aquel hombre, Robert entregó temerosamente su guitarra, resbalando poco a poco de entre sus pequeñas manos y sus finos y largos dedos. Lentamente dejó de sentir la fría madera de su cuerpo y escuchó cómo la afinaba, cuerda a cuerda. Cada clavija chirriaba hasta llegar parsimoniosamente a su nota. Tras un breve silencio, aquella misteriosa figura le devolvió la guitarra y, desde entonces, nada era imposible junto a ella. El trato se había completado y, sólo entonces, podía emprender la senda del triunfo; pero su gloria se vería siempre perseguida por el trágico destino que él mismo habría firmado.

Robert Johnson | Recording Sessions

A la orilla del Mississippi, las almas endeudadas, pasadas y futuras, vociferaban un lamento embrujado nacido del dolor, la falta de fé y la soledad, el Delta blues. Con su espíritu entregado, Robert reanudó su viaje sin destino, parando en cada pueblo de aquel sur oprimido, desde Robinsonville como enclave de cientos de músicos y su lugar de nacimiento, Helena y sus festivos juke joints, hasta su última parada en Greenwood, donde su pacto debía ser fatalmente saldado.

En este camino de precariedades extremas y pequeñas glorias, la maestría de Robert se hacía eco por cada esquina en la que mendigaba entregando su endiablada música, con una sombra siempre pendida de su hombro que le observaba y le acechaba. Robert se encarcelaba en su soledad, quizás para no contagiar de su maldición o como elección propia, recorría las desérticas carreteras acompañado de otros tantos músicos como Johnny Shines, compartía las noches de blues y whiskey con Son House o Willie Brown, absortos en el talento que su joven compañero transmitía a lo largo de sus extenuados trastes. En cada calle, al final de cada barra, susurrando su inapelable final, escuchando el rugido del sabueso, la sombra no desistía en su persecución, siempre distante pero siempre presente.

En aquella época, la música estaba viva. Cada intérprete era una gramola andante, haciendo de su versatilidad una necesidad, las calurosas noches sureñas se festejaban agolpadas alrededor de un hombre y una guitarra, como Robert, desde donde oteaba para encontrar una mujer a la que embrujar durante un tiempo para luego seguir en su trayecto, o su fuga. Vagabundo o músico, cada parada no hacía más que engrandecer su leyenda, entonces viva, lo que llamó la atención de una recién nacida industria discográfica que intentaba retratar y expandir el llanto del blues. Un 23 de noviembre, que podría haberse escabullido de la historia como otro húmedo día más, pero que esculpió en sus surcos la propia maldición de aquel que la firmó.

Robert llegó a San Antonio empujado por la inercia de sus viajes y el ansia por alcanzar aquello por lo que empeñó su alma con tal trágico destino. Se paró frente al inmenso edificio, serio en su presencia y decidido en su motivación. El Gunter Hotel se alzaba frente a él, una construcción moderna, cuadriculada y colosal, repleta de minúsculas ventanas de las que unas dejaban entrever el techo de las suites que la discográfica Brunswick Records había reservado, en un improvisado estudio pulcro y mínimo. Entró en la habitación 414, pero no entró solo, la sombra agarraba su hombro, la que no le había dejado mirar hacia delante, obligándole a vigilar siempre sus huellas pasadas. Se sentó frente al micrófono mientras sus dos acompañantes entraban a la pequeña sala de control inventada.

Aun así no estaba solo; en una esquina envuelta en sombras, oculta en la penumbra, se hallaban aquellos inmensos ojos blancos que jamás cesaban en su escrutinio, insuflando el terror en su condenada alma y otorgándole aquel misterioso poder. Se giró, dando la espalda a aquellos desconocidos y miró de frente al rostro diabólico, recogiendo su energía y trasladándola a las metálicas seis cuerdas. Los difusos rasgos de aquel espectro infernal observaban a Johnson arañar las notas de Kind Hearted Woman Blues, Terraplane Blues o Cross Road Blues, relatos a jirones de su propia vida; ritmo, melodía y bajo en un solo instrumento, recorriendo los fríos trastes como si fueran teclas de un piano. El sonido alcanzaba la esquina donde moraba el monstruo y la devolvía amplificada, replicando las notas de una manera sobrenatural. Tras tres días, Robert Johnson abandonó el hotel junto a su oscuro pasajero y dejó sus temas en manos de Vocalion, rumbo a su regular andanza musical.

Su Terraplane Blues fue un éxito, su figura cada vez acaparaba mayor atención, pero él no pudo disfrutarla, sintiendo cada vez más cerca las fauces del destino. Sus caminos eran más constantes, las distancias más largas, sus estancias más breves, viajaba con Shines hasta Chicago, Nueva York y desaparecía con mayor frecuencia, cantando en las autopistas por limosna y vigilando siempre sus pasos. Tal fue su éxito, que la industria le requeriría de nuevo, esta vez en Dallas un año más tarde. El calor estival del sur es pegajoso, la humedad de sus lagos envuelve el ambiente de lo contrario seco y abrasador.

En el 508 de Park Avenue, Vocalion aguardaba de nuevo, preparados para una nueva sesión que los dejara boquiabiertos. Ya en el estudio se percibía la claustrofóbica atmósfera y Johnson lo sabía más que nadie. Allí, en aquel ambiente infernal de ventanas cerradas y aire viciado, el espíritu acreedor campaba a sus anchas, soberbio, altivo y amenazador. Un solo foco de luz apuntaba al músico en su asiento, dejando el resto de la habitación en penumbras. Ningún lamento ha sido tan desgarrador como el de este día, poderosamente melancólico en Hell Hound On My Trail o Me and the Devil Blues, resignado a un final cercano, una aceptación irremediable que escapaba de sus manos a las de la sombra.

Daba vueltas velozmente alrededor de la luz, emitiendo un bramido profundo, como un rugido gutural que emanaba a través de su perversa sonrisa, cada vez más ancha; su furiosa presencia atrevida e impaciente, como ansiosa ante la proximidad de su recolección sintiendo cerca el momento de cobrar lo prometido, se reflejaba en la música. Las notas cesaron y el monstruo dejó de moverse, respiraba profundamente, sacudiendo sus hombros de arriba abajo. Abandonaron la habitación y ya aquellos hombros no volverían a saber de él.

Aunque siguiera viajando inquietamente, su destino estaba escrito y era ineludible, no tenía más remedio que aceptarlo, redimir sus pecados y encomendarse a Dios, aunque en este juego él hubiera perdido su ficha tiempo atrás. Por suerte o por fama, fue contratado para un último concierto en Three Forks, un pequeño local a las afueras de Greenwood, donde compartiría su última noche junto a David “Honeyboy” Edwards. En un concierto final, bañado en whiskey mortal, su cuerpo, sus ser, su alma notaba la cercanía del fin, volviendo en brazos de su compañero del delta a su habitación, donde le dejó descansar en un dolor enfermizo que lo consumía.

En mitad de la noche, la oscuridad invadía su habitación y Robert, empapado en sudor, con un terror que aceleraba el latido de su corazón buscaba entre las sombras, tratando de encontrar a su verdugo. Su estómago se encogió y todos sus músculos se tensaron al vislumbrarlo, allí, en un esquina, la vieja esquina de la barata habitación del motel, con sus aterradores ojos blancos que enloquecerían al más valiente, haciéndolo llorar como un recién nacido. Su sonrisa emitía aquel bufido más fuerte que nunca, pudiendo ver como su incorpóreo pecho se ensanchaba y reducía a cada bocanada, haciendo que las sombras danzaran a su alrededor. Tras la puerta solo se podían escuchar sus clamorosos quejidos, como el aullido de un perro, proviniera de quien fuese. Los ojos se acercaban lentamente hacia Robert, tendido en el suelo, ocupando de sombras cada palmo de la habitación a medida que sus incisivos ojos se aproximaban, hasta que, finalmente, en un estruendo abismal, la habitación quedó envuelta en la oscuridad y el silencio reinó en la noche.

En un último intento de salvación, logró escribir: “Jesús de Nazareth, Rey de Jerusalén, sé que mi redentor vive y que me llamará desde la tumba”… aunque, quizás, su alma ya no perteneciera ni al cielo ni a la tierra.

Escuchar esta música inspira, por ello me he permitido esta licencia narrativa, porque no es una historia de estricta técnica musical, es una historia es mitos, de situaciones, un relato aún ampliamente desconocido del mayor músico de blues que nos haya dado la historia. Sus 29 temas grabados son las piezas más influyentes y representativas de la música del pasado siglo y, en consecuencia, de este. Artistas de altísimo renombre como Keith Richards o Eric Clapton lo veneran como el dios de la guitarra que fue, con un manejo sobrehumano, un conocimiento visionario y una emotividad única.

Destacando de entre sus compañeros del Delta Blues, como Howlin’ Wolf o Son House, todos comentan su insuperable oído musical, su facilidad para sacar canciones (Johnny Shines comenta que jamás le vio ensayar) y alimentan la leyenda de un músico especial. Porque el blues no era suficiente, su escaso repertorio toca palos como el pop de la época, entremezcla el género con el swing de They’re Red Hot (tema que versionarían los propios Red Hot Chili Peppers), incluso antecedió al rock n’ roll en Sweet Home Chicago o From Four Until Late, lo que le valió su introducción en el Rock N’ Roll Hall of Fame en 1986 en su primera celebración como “Influencia temprana”.

Su genio no reside tan solo en su guitarra, la complejidad de algunos de sus temas vocales recorren su versatilidad, confrontado con lo primitivo del Delta blues, con temas más sofisticados y composiciones más pulidas, su uso de distintas voces, “falsetes” y registro transmiten su fuerte emotividad a través de líneas innovadoras que demuestran una voz limpia, seductora y un talento natural.

Su influencia es inabarcable y, aun así, fue el último gran artista que viviera una vida empobrecida y fuera, tras su muerte, considerado un indudable genio. Su guitarra es cautivadora y desconcertante, su voz cristalina expande su música a territorios aun por descubrir. Es poca su información y breve su repertorio, pero su obra le erige como el auténtico padre y predecesor de la música actual, la cual no existiría como la conocemos de no ser por estas simples 29 canciones. Mito o no, demonio o perdición terrenal, la leyenda reside en un talento sin precedentes; cada uno creerá lo que le convenga, pero la única verdad absoluta reside en su música.

  • Fue grabado por:

Robert Johnson (voz, guitarra acústica)

  • Lanzados por:

Vocalion

  • Grabación:

23 de noviembre de 1936 en San Antonio, Texas / 19 de junio de 1937 en Dallas, Texas