¿Son Royal Blood los nuevos Arctic Monkeys?

El dúo de Brighton ha alcanzado el número uno en las listas británicas con su debut.

1
1717
Royal Blood vestidos de negro frente a una central eléctrica.
Te largas de vacaciones, vuelves y… ¡PAM! Ese sonido siempre ha estado ahí. Suena tremendamente familiar; suena a lo de siempre. A lo que siempre te ha gustado. ¿A quién no le gusta una guitarra contundente y a la vez chillona? Pues no es una maldita guitarra. Es un bajo. Un bajo Gretsch que suena a guitarra.

Royal Blood han ascendido al Olimpo con una batería y cuatro cuerdas. Lo han hecho en menos de una semana. ‘Royal Blood’ (Black Mammoth, 2014) salió el 25 de agosto. Siete días después se encuentra en el número uno en la lista de ventas británicas por culpa de 66.000 copias despachadas. Hay que remontarse hasta el desembarco de Arctic Monkeys para recordar algo parecido.

Michael Kerr y Ben Thatcher son producto de la cantera Brighton. Un lugar tan rico musicalmente como pervertido. Allí el rock vive de espaldas a la playa, destinada a ritmos latinos para perrear y remixes de David Guetta en un intento británico por tener su propio Benidorm. O Magaluf. Entre jubilados de impecables modales, mods anclados en los tiempos en los que esos ancianos eran jóvenes y gente que disimula estar bajo un sol que no existe, el dúo ha crecido entre diversas formaciones de la zona. En 2013, cuando el resto intentamos dejar de fumar, de beber en exceso o prometimos apuntarnos al gimnasio, ellos decidieron formar una banda. Solo alguien ha conseguido hacer realidad su promesa.

El ascenso ha sido efervescente. Royal Blood grabaron sus primeros temas ese mismo año y para noviembre ya eran toda una promesa. ‘Out of the Black’ era su carta de presentación. Los primeros segundos apuntan a los primeros Muse… hasta que llega el estribillo. Ahí aparece Jack White mutado en un tema contundente, el típico caballo ganador que toda banda querría tener en su repertorio.

Con él inician un debut de 10 temas, gran parte de ellos regrabados para la ocasión en los estudios Rockfield, un lugar que ya han pisado leyendas del rock como Black Sabbath, Motörhead, Iggy Pop, The Pogues o Flamin’ Groovies. El resultado es media hora de contundencia R&R lista para ser despachada tanto en la última pequeña y maloliente sala de tu ciudad como en un pabellón para 20.000 personas. No es casualidad que Arctic Monkeys les eligieran como invitados para abrir sus directos en Fishbury Park. Las conexiones entre ambas bandas son suficientes.

Royal Blood aparecen en un momento en el que el rock se tambalea. Pocas son las voces que tienen algo que decir, más en Gran Bretaña, donde Kasabian se convirtieron en la banda que encabezó el Glastonbury en su peor momento –’48:13′ (Sony, 2014)-. Con la muerte de Oasis y cientos de bandas promesa que se evaporan antes de debutar, los Monkeys son los únicos que aún consiguen levantar revuelo. El dúo aún está lejos de alcanzar la fiebre que consiguió ‘Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not’ (Domino, 2005). El tiempo es el que decidirá si logran la gesta.

El primer paso está cerca. En apenas 15 días, Kerr y Thatcher desembarcarán en el festival madrileño DCode; un escenario que siempre ha traído suerte a debutantes como Foster the People o The Vaccines. Será la primera toma de contacto. Dos meses después volverán a España con gira propia. Para entonces podremos comprobar si el dúo de Brighton es algo más que la anécdota de 2014 y si sus aspiraciones pueden convertirse en algo aún más grande de lo que ya han conseguido.