En el que sufrí una sobredosis en el estudio

Navegando a través de las cloacas de la industria musical.

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Mesa de mezclas en estudio y una chica en el suelo

Me levanto temprano. Tomo un zumo de naranja. Esnifo un par de rayas. Me pongo el pantalón más ajustado que tengo. No llevo calzoncillos, eso me da suerte. El productor me viene a recoger a la puerta de mi casa. Salgo a la calle. Me fumo un cigarro mientras espero. Espero. Me meto otro poquito de coca. Tarareo esa melodía que fue el germen de todo esto. Otro cigarro. Una vecina me saluda. “Hola”, le digo. Cuando no mira relleno mi uña meñique con un poquito de polvos y para dentro. Estoy nervioso. Para no estarlo. Hoy empiezan las grabaciones de mi primer disco.

Tarda, pero llega. Un productor nunca te deja tirado. Hasta que te deja tirado. Somos una banda humilde. Cinco tipos que buscan revitalizar el pop nacional que lleva estancado casi una década. [inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]Cinco tipos que pretenden abrir la ventana de una industria que huele a cerrado.[/inlinetweet] La furgoneta nos lleva al estudio. Está en la montaña. Es una casa grande en una paraje asombroso que no disfrutaré porque o estaré tocando o discutiendo o grabando o metiéndome. Hemos traído drogas como para cubrir las necesidades económicas de todo Juárez.

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Empezamos las sesiones de grabación. Y todo va bien, hasta que deja de ir bien. Hasta que se nos va de las manos. Afinamos las guitarras. La banda está compenetrada. Todas las ideas sobre las melodías aportan. Cuanto más drogados, más creativos. Cuanto más drogados, menos funcionales.

Nos creemos geniales porque vamos ebrios. El productor también. También va ebrio y también se cree genial. Está idiotizado con el éxito y sus aportaciones son baratas. Por eso en el siguiente álbum nos autoprodujimos. Sí, queridos periodistas, esa es la respuesta real a “¿por qué decidisteis autoproduciros?”. Lo de ir con el dinero justo es falso chicos. El dinero del productor nos lo gastamos en sustancias prohibidas. Pero volvamos a la historia que nos ocupa, la del primer álbum.

En nuestro debut el productor era un tío que arreglaba las canciones que después teníamos que arreglar nosotros. Nos hacía la comida y nos conseguía el alcohol, la coca, el ácido, el cristal… se nos fue de las manos. Cada día nos metíamos más y grabábamos menos. Yo parecía Tony Montana hundido en una montaña de estupefacientes. Veía, oía y sentía cosas que me hacían sudar. Las gotas de sudor caían en una mesa de mezcla que a mis ojos parecía HAL 9000. En tres días habíamos grabado una puta canción.

[quote_right]Enanos, coca y LSD[/quote_right]

La droga se acabó y nos empezamos a poner nerviosos. Las tensiones aumentaban y el ritmo de grabaciones se ralentizaba de manera preocupante. Cuando uno estaba dispuesto a grabar, el otro se echaba una siesta comaetílica. Cuando el otro componía, el uno se encerraba en el baño a sudar en la intimidad.

[inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]Nos enteramos que había un músico calvo, de patillas mitológicas y boina grabando en un pueblo de al lado.[/inlinetweet] Nuestro productor conocía al suyo. Le llamó. Tenían material para compartir y revender. Vino a visitarnos, receloso de abrirnos las puertas de su estudio. Y nos metimos la mayor fiesta que puede aguantar un ser humano. Hubo hostias, vasos rotos, condones  rebosantes tirados por el suelo  y cuerdas que no aguantaron más. Como la mía. Acabé en el hospital. Mi corazón estuvo muerto unos segundos.

Tardamos meses en grabar el álbum. Esa fue mi primera experiencia en un estudio. Fue mi ‘Apocalipsis Now’ personal. Casi pierdo la vida grabando mi primer trabajo y ni siquiera era un buen disco. Joder.