El suicidio de Lana Del Rey

La artista compra el suicidio con un acto más de la caricaturización que representan sus valores.

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Lana Del Rey con una hoja de papel y una máquina de escribir
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“El dinero es la razón por la que existimos”, canta Lana Del Rey en ‘National Anthem’. Declaración de intenciones de un personaje que planea tanto en su forma de vivir como en sus canciones en construir una declaración de amor al Capitalismo. La neoyorkina se presentó hace un par de años con un halo de norteamericanismo adulador de las maldades que provoca el amor, casi una caricatura esbozada a base de clichés, como una novela de detectives barata.

La artista declaró hace unas semanas a un redactor de The Guardian que “desearía estar muerta ya”. Al publicarse la entrevista con ese contundente titular, la artista pasó a declarar que se sentía defraudada por el diario, considerando -tras levantarse la polémica- que sus palabras estaban tergiversadas. Lástima que exista la tecnología.

Desde ese momento, la creadora de ‘Ultraviolence’ (Polydor, 2014) ha disputado un partido de tenis en el que nunca consigue rematar el punto. Siempre vuelve la maldita pelota. De declarar que le atrae el fatal desenlace de Kurt Cobain o Amy Winehouse ha terminado por asegurar que lo que le gusta es su carrera, no su entrada en el club de los 27. Si en algo podemos estar de acuerdo con Lana del Rey es que ni el público ni ella misma conocemos si lo que declara es lo que realmente piensa.

El problema puede surgir en tanto en cuanto la artista ha elaborado un personaje que le cuesta controlar, una figura tan medida que se aleja de la naturalidad y eso acaba provocando una confusión entre calculada y naif. Del Rey asume un discurso simplista cargado de ideales vacíos, como si la tendencia de seguir los pasos fatales de Cobain o Winehouse fueran un acto más de consumo, una compra más.

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La autenticidad que desprendían tanto el líder de Nirvana como la fatal cantante poco tenía que ver con sus adicciones. Mucho menos con su final. Cobain luchó durante toda su carrera por no ser una marca, un producto controlado en manos del mercado. Suponemos que, cuando decidió poner fin a su vida, no imaginaba que la propia muerte sería lo que acabaría definiéndole como persona. Sin más legado que ese movimiento nefasto.

Eso es lo que ha comprado y ha idealizado una Lana Del Rey que tan metida está en ese papel de diva fatalista que no es capaz de discernir la realidad.