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Todavía oigo el rumor del mar, el viento de norte y las gotas de lluvia acariciar el cristal de la ventana. La oscuridad de mi habitación funde las horas de la madrugada hasta que el aullido de los lobos da paso al cacareo del alba. Soy feliz en esa franja estival donde las Rías me reciben cada día y, como toda persona feliz, me vuelvo estúpido.

Cada verano me veo seducido por cosas que el resto del año me resultan insulsas y sin sentido. Agosto es el mes en el que las cosas inútiles y sin valor llaman mi atención. Entro en un supermercado y el canto de sirenas decrépitas guía mis pasos. Un mechero con forma de tocadiscos, una tirachinas que sustituya a aquel que nunca me llamó la atención cuando era un niño, una serie televisiva de la que luego me olvidaré o una extensa visita a la sección musical del establecimiento. Siempre está bien comprar música, pero yo me detengo en una estantería concreta: la de los CD’s.

Puede ser su confinamiento de plástico duro y cutre o quizás me impresionen las colmadas pirámides de cajas apiladas (porque ya nadie los compra y se acumulan), pero los veo y necesito comprarme uno. Y no tiene nada que ver con la sensación de cualquier día natural del año; es un tipo de abstinencia distinta. Normalmente es profunda y coherente, pero la veraniega es absurda y disparatada.

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Ese pobre CD acabará plantado en la guantera del coche, esperando ser escuchado. Va en contra de todos mis principios, un consumo aleatorio de discos a los que no se les presta atención. Todos somos humanos, pero esto me duele. Regreso a la capital y ese álbum ha perdido toda su relevancia. Ni siquiera busco grupos interesantes; tienen que cumplir su función durante muy poco tiempo.

Yo me comporto así durante un lapso de tiempo anual, pero el compact disc está viviendo cada día esa decadencia exponencial de la que jamás saldrá y que él mismo propició a formatos anteriores. Morir con la cara en el barro. ¿Es ese el futuro que le espera al CD? ¿Ser un souvenir? ¿Le aguarda, de hecho, algún futuro? Una pequeña reflexión de bienvenida para calentar motores; creo que me he guillotinado a mí mismo.

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