En el que viví la tiranía de un sello independiente

Navegando a través de las cloacas de la industria musical.

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Rick Rubin con camiseta blanca en una exposición.
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Fue la última vez que me creí esto de la M-Ú-S-I-C-A. Había fracasado como artista de forma irremediable y ahora dedicaba mis esfuerzos a ir de sala en sala, de página en página, recorriendo cada Soundcloud y Bandcamp que encontraba. En aquel momento me dedicaba a descubrir bandas. De las de verdad, nada de esas que se promocionan y montan una campaña de crowdfunding para acabar sacando el álbum con una multinacional.

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Trabajé para un sello independiente con delirios de grandeza. Megalomanía musical que destrozó mis últimas ilusiones. Mi misión: conseguir que esas bandas que prometían firmaran su sentencia de muerte con un diablo en forma de panda de modernos trasnochados de sonrisa hierática. En aquella época me tragué bandas jodidamente malas. Bandas que quieren ser Nirvana, bandas que navegan río arriba intentando repetir la fórmula de Vetusta Morla y [inlinetweet prefix=”” tweeter=”” suffix=””]bandas que juegan a ser Guns N’Roses. Joder, ¿la gente aún piensa en Axl Rose?[/inlinetweet] También había bandas buenas, gente con ideas y humildad que salían al escenario sin más aura que la que otorga el tiro de turno. Y en una de esas salas volví a ilusionarme.

Era Malasaña, en la antigua Nasti. Tres bandas en poco más de una hora. La última en salir al escenario me dejó perplejo. Cinco chavales con camisetas roidas que hacían un rock guitarrero y elaborado. Nada de mariconadas. Eran tan cojonudos que tuve que ir al servicio a celebrarlo.

Esperé a que recogieran sus guitarras baratas y les abordé. Les dije que era de tal sello. No hizo falta mucho más para convencerles. Siempre pasaba. Mi empresa era una jodida basura con una plantilla de malos grupos que vivía de un nombre bonito. A la semana ya habían firmado con el sello y a los dos meses estaban lanzados a grabar su primer trabajo. Era un álbum brutal que serviría para redimir pecados frente a mis jefes. Demasiadas mañanas aletargadas a base de resacas. Lo que no sabía por entonces es que el que firmó su condena fui yo.

¿Que por qué acabé en la calle? La banda se largó con lo puesto. ¿Que por qué lo hicieron? El álbum no fue lo que se esperaba. Es fácil de explicar. Los chicos confiaban en su productor; un cincuentón hippie con aliento a litio que no dejaba de fumar maría y vivía en una caverna en pleno centro de Madrid. El sello “prefirió” que el productor fuera un tipo de éxito que no tenía ni puta idea de música. Un Rick Rubin cañí. No fue la única imposición: la portada, las canciones, la gira y hasta el papel higiénico que debían gastar estaba dictado por la disquera. Independiente, lo llaman. Cuando el álbum estaba listo con una portada que no era la suya, unas canciones que no eran las que deberían y un sonido que no tenía nada que ver, los jefes decidieron que el disco debía esperar seis meses antes de ser publicado.

La escena siguiente está rodeada de gritos, guitarrazos y la banda agarrando aquel álbum que no creían suyo y largándose por la puerta. El siguiente en pasar por allí fui yo. No me quedó otra que ir al servicio más cercano a celebrarlo.