Andrew Bird | Break It Yourself

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MOM+POP

[2012][6]

Un concepto de álbum interesante y original pero al que pesan algunos defectos que emborronan la imagen general de este trabajo, sobre todo en la excesiva repetición de ideas y la duración desproporcionada de lo que ofrecen sus temas. El séptimo álbum de estudio de Andrew Bird ilusiona en un primer momento, manejando estilos muy distintos bajo una misma propiedad, pero el globo termina deshinchándose a mitad de disco, dejando un mal sabor de boca que no refleja enteramente lo que ofrece este Break It Yourself (2012).

El folk como raíz indiscutible de su sonido, aderezado con tintes de surf, pop, incluso algún que otro retazo de psicodelia que entretejen un trabajo variopinto en estilo y exuberante en su tratamiento. La perspectiva que nos ofrece del folk es incomparable a cualquiera de sus numerosos nostálgicos contemporáneos, con pasajes hipnóticos que se alejan de la simpleza propia del estilo y un alejamiento del purismo hacia su propia personalidad. El problema que achaca el disco es que con nueve canciones bastaba, pero el resultado final son quince cortes que reutilizan los mismos recursos y refuerzan una sensación de sopor que, aunque presente en todo el disco, al final termina haciéndose inevitablemente agotadora.

Dada su cualidad de multiinstrumentista, los temas están sembrados de arreglos y armonías entre los distintos instrumentos que cohesionan y completan el esqueleto de las canciones. En ocasiones son simples, en ocasiones se trata de enrevesadas líneas de violín que atraviesan los temas como un sistema nervioso musical, que guía su evolución y desarrollo, además de cobrar el máximo protagonismo en varias de las secciones íntegramente instrumentales. Cada canción tiene una temática tanto lírica como musical, repasando los estilos antes mencionados entre otros, con la música caribeña en Danse Carribe o el pop en Eyeoneye, tema que huele demasiado a single y desentona con el ambiente general del disco. No son obras maestras ninguno de los temas y su puesta en práctica no es excelente salvo en ciertas melodías de violín, pero por su originalidad conforman un conjunto más fuerte que por separado.

Como ya he dicho, sobran temas al disco. Ideas singulares pero que dada su reiteración suenan comunes. Y no es que las últimas canciones sean peores que las primeras, si no que un álbum de esta naturaleza la simpleza es un plus, y aquí llega un momento en el que se anda demasiado por las ramas. Los mismos detalles que en Polynation habías disfrutado, en Fatal Shore te desquician, sin ser uno peor que otro, de hecho el problema radica en que son iguales. Y la producción queda en un mero trámite, correcta pero sin puntos álgidos, si acaso refuerza la sensación de pesada densidad en contados temas. La estructuración de los mismos por separado es casi una plantilla, que por lo general funciona, pero esa sedación saca a relucir problemas que anteriormente no lo eran; de un relajante a un somnífero en cuestión de dos canciones.

Lo inusitado de este disco, con sus innovadoras ideas y su particular visión de varios géneros trillados innumerables veces de manera poco menos que vulgar, termina eclipsada por una recta final que se hace demasiado larga, y es injusto. Evidentemente, no es su mejor álbum, pero se merecería un mayor mérito que él solo le ha arrebatado a base de repetir una fórmula que, aunque no lo crea, no es ilimitada.

por José Roa

José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.

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