Andrew Bird | Hands of Glory

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Andrew Bird | Hands of Glory

Una pequeña punzada de inconformismo taladrando el cerebro de Andrew Bird parece ser la semilla que ha hecho germinar el último disco del cantautor de Illinois. Sólo ocho meses después de Break It Yourself el violinista y silbador profesional ha firmado un trabajo bastante más conciso que el anterior, y también más preciso, y sobrio. En Hands of Glory las cuerdas se vuelven a agarrar al folk para fabricar las melodías donde Bird reside desde hace tiempo. Vuelve a insistir en la misma fórmula pero esta vez cierra el disco con bastante más clase que el anterior, en el que las canciones acaban siendo tan repetitivas que languidecen en el recuerdo hasta transformar un álbum notable en sólo un buen disco. Y como un loco en busca de la redención artística ha tenido que sacarse la espinita con estas ocho canciones.

El hombre que empezó tocando el violín para resucitar el sonido swing de los 30’ y 40’ se independizó de en 2005 aprendió a tocar la guitarra y a componer con este instrumento y en ese mismo año parió uno de sus mejores discos The Mysterious Production Of Eggs. Desde entonces ha estado buscando el sonido perfecto, la melodía preciosista que le encumbre a lo alto del folk-pop americano. Con su voz en ocasiones lastimera, en ocasiones cálidas y a veces incluso un pelín rota Andrew Bird lleva repitiendo los mismos ejercicios musicales una y otra vez y si no cansa es porque es realmente bueno en lo que hace. Es un músico obligado a cantar, que escribe letras -con las que por cierto está mejorando notablemente- porque el público al que quiere llegar no lo aceptaría sin ellas.

Detrás de las ocho canciones de Hands of Glory hay un relato donde la muerte, el pecado y la resurrección bailan en una sala completamente a oscuras al son de las cuerdas del violín. Todo comienza con Three White Horses donde la percusión es el telón que luego abre a un coro angelical que después se ve aplastado por el llanto acuoso del violín. Y todo termina con Beyod The Valley Of The Three White Horses cerrando el viaje que había comenzado siete cortes antes. Andrew Bird podría haber elegido una melodía épica pero en vez de eso dedica los nueve minutos que dura la canción a llevarnos de la mano por un bucólico paisaje donde su voz puede ser el viento, donde las cuerdas de guitarra le acompañan con un impostado buen rollo y donde el violín, el eterno protagonista, simboliza la niebla de infinita tristeza que siempre nos invade, aunque haya final feliz. Bird desaprovecha el virtuosismo que posee con su instrumento fetiche en pos de esa belleza que tanto busca. Y en vez de ser genial a lo Dustin Wong y hacer obras maestras como Dreams, Say, View, Create, Shadow Leads se conforma con ser sólo brillante y entierra, desgraciadamente, la improvisación.

Aunque sí que hay un momento en el disco donde si se trasluce el desmesurado talento con el violín de Andrew. La canción es Something Biblical y a base de pizzicatos Brid demuestra lo lejos que está de ser sólo bueno. O con el banjo en ese country maravilloso llamado Railroad Bill donde desentierra sus raíces americanas.

Pero su música sigue sin ser todo lo trascendente que debería y el problema es que Andrew no arriesga lo suficiente. Ha compuesto dos canciones a Orfeo, en el anterior disco y en este, pero todavía no es tan valiente como ese personaje de la mitología griega que bajó hasta los infiernos para recuperar la belleza perdida, en el caso de Orfeo su amada, en el caso de Andrew… bueno, en el caso de Andrew está por ver.

  • Y tú, ¿qué opinas del disco? Escúchalo al completo aquí.
Carlos Naval
Carlos Naval
Periodista. Formó parte de la redacción de HABLATUMÚSICA de 2010 a 2013. Actualmente continúa su carrera en diversas compañías del sector de la Comunicación.

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