Cass McCombs | Humor Risk

 

DOMINO

[2011]

[7]

“Yo soy bipolar”, dice. ¿No lo han oído alguna vez? Seguro que sí. Pues no lo es, seguro que no. A mí al menos no me engañan. Es irónico porque seguro que una persona bipolar de verdad no lo diría. Puede que incluso sean ustedes portadores de la dichosa manía de emplear las características de una enfermedad para justificar acciones. No lo hagan, suena a #RancioFacts. Si, pongámonos en situación, alguien se acerca hasta uno de ustedes y dice “soy bipolar” y es Cass McCombs, pueden creerle, aunque rompa los esquemas de todo lo que acabo de exponer.

El tipo publicó en abril Wit’s End, un disco melancólico y genial. Triste, muy triste, depresivo hasta llegar al Prozac. Encajaba con su cara, la de aquel que uno se encuentra subiendo la boca del metro o sentando frente a cualquier banco y que prefiere evitar. Esa mirada perdida que tanto molesta adornada con el pelo de Tim Robbins en Cadena perpetua se sacó un LP barroco que ahondaba en los ritmos oscuros. Un canto al suicidio con arreglos que traían una atmósfera ochentera de las que se pueden disfrutar.

No pasando ni un año –sorprende cuando una banda saca un disco sin dejar dos años de diferencia- regresa con Humor Risk. Un humor un tanto extraño sí puede que tenga el de California. Mariah, la última de las canciones de este álbum, es la única que puede recordar al McCombs de hace meses. Todo lo demás es un disco compuesto por matices alegres, cuanto menos enérgicos, desconcertantes. Pasar de la mayor de las tristezas, tocarla en directo en cada sala y, en ese trayecto, componer, crear y publicar un álbum de ocho cortes completamente contrarios.

Aquí se escuchan los noventa. El sonido de la distorsión que se hace patente en temas como Love Thine Enemy, que abre el disco, recuerda a la utilizada por Blur años atrás. Para ser concreto, suena incluso a aquellas canciones cantadas con desgana por las gafas de Graham Coxon. Tras la balada con aires a Elvis Costello cuando quiere hacer cosas buenas, The Living World, suena The Same Thing –estupendos teclados, que vuelve con una batería que se oye sobre todos los demás y emplea la distorsión sobre la guitarra acústica que consigue un efecto maravilloso también muy parecido a los discos en solitario de Coxon. Robin Egg Blue recuerda a otro de esos cantautores que Estados Unidos no para de sacar, casi tantos como locos republicanos empeñados en recuperar los valores de la Edad Media que nunca tuvieron: Ferraby Lionheart. En otros puntos, como Mystery Mail da sensaciones de aquel gustoso descuido –no tan caótico- de Daniel Jonhston.

Sacar un disco que sorprenda es complicado, decimos que ya lo hemos escuchado todo. Publicar dos en un mismo año es hacer el más difícil todavía. Que ambos tengan calidad es algo imposible sólo al alcance de unos pocos –Bryan Adams cuando se vistió de genio absoluto- y el norteamericano lo ha conseguido. Un buen álbum que mejora con las escuchas pero que no supera al McCombs deprimido. Hay a gente a la que le sienta mejor el traje gris, la lluvia y componer en la cama a lo Brian Wilson.

J. Castellanos

J. Castellanos
Periodista. Formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014, llegando a ser redactor jefe.