Daniel Rossen | Silent Hour / Golden Mile

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El 5 de agosto de 1982 nace en Los Ángeles un niño llamado Daniel. Saber las circunstancias que rodearon ese momento se me antoja de vital importancia. Me gustaría saber si el pequeño Rossen nació en un hospital, en una tienda de guitarras, dentro un taxi o en un pesebre. Sea como fuere alguien tendría que haber retratado cada segundo en la vida de este ser excepcional.

La música de Daniel Rossen conecta con el alma de manera irrevocable. El sonido de sus cuerdas es tan envolvente como un onírico paisaje de roca y arena donde el sol es un astro inexacto. A veces semejante a esas escenas de cámara rápida donde un día es un segundo, a veces  cercano a esa imagen congelada donde la luna es eterna. Su primer EP en solitario, Silent Hour / Golden Mile, sólo tiene cinco canciones y cada una de ellas está dotada con un brillo concebido únicamente para contemplar en solitario. Entre cuatro paredes. Un placer que se degusta a través de un individualismo casi obsceno.

Cambiar el sol californiano por la espesa negrura de Nueva York era inevitable. Para deconstruir el folk hay que conocer todas sus formas, Rossen nació sabiéndolas. En Departament of Eagles experimentaba con el género americano como si él lo hubiera inventado. Los ecos de esas mutaciones musicales perduraron en los Grizzly Bear. La humilde banda de Brooklyn de la que Rossen sólo es una cuarta parte acudió a la llamada de Radiohead. Y cuando Greenwood les prometió amor eterno ya no hubo más dudas, su rock experimental salpicado por una inocente psicodelia ya había tocado techo.

El abrumador éxito de Veckatimest se convirtió en una extenuante tormenta de la que Daniel Rossen tuvo que resguardarse. De ahí nacieron cinco canciones que rozan la perfección. Pensar que son cortes extirpados del último álbum de Grizzly Bear es de necios.

En Silent Hour / Golden Mile Rossen reclama la necesidad intrínseca de la soledad. Todo comienza con la embriagada sensación de onanismo musical que transmite Up on High. La percusión respira con fuerza y marca el sonido de unos acordes enmarañados con premeditación. Violines, guitarras y banjos que vibran para un único ser que escucha, el propio Rossen.

La sencillez de la elegancia es imperturbable en canciones como Saint Nothing. Monótonos golpes de piano se perpetuán en el infinito dentro de la canción más mística del disco. Las trompetas y los coros que irrumpen en mitad del corte son pura belleza, la sensibilidad de Rossen trasciende lo musical a pesar de sus inservibles súplicas a la nada.

El reclamo de ese rock suave e incisivo que yacía bajo los Beatles ha recaído sobre el músico americano. Dos fantasmas, Lennon y Harrison, supieron entender la trascendencia de ese sonido. Daniel ha heredado las genuinas ocurrencias del primero y la espiritualidad del segundo. En la canción más redonda del disco, Silent Song, se dibujan estas influencias, pero Rossen ha conseguido la exclusividad con una melodía abrumadora donde juega con desasosegantes acordes, poderosísimos coros y versos tan perturbadores como este: “I’ll dig until i bleed, drink until i rot” (prefiero cavar hasta sangrar que beber hasta pudrirme). En Return to Form Rossen eleva el sonido del banjo hasta niveles musicales impensables para después cortarlo de raíz por unos violines que preceden al punto ascendente de una canción soberbia, en ocasiones recuerda a la mágica While You Wait for the Others.

El milagro concluye con otra melodía de composición solitaria y degustación individual, Golden Mile. Llena de matices y con un puente en forma de seductoras guitarras que ensalzan un final donde la intensa voz de Rossen repite sus últimos versos: Say the words great disappear, before you shout out loud.

 

Pedro Moral
Periodista especializado en Cine, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014. Actualmente, prosigue su carrera en diversos medios.

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