Langhorne Slim | The Way We Move

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  • RAMSEUR
  • 9

La aguja besa el vinilo y un tipo de intensas ojeras, de melena negra asomándose bajo las alas de un sombrero también negro, enfundado en unas enormes botas -también negras- con chaleco y pañuelo al cuello comienza a caminar por una carretera mal construida del sur de los Estados Unidos. El tipo se llama Sean Scolnick y recorre esos inhóspitos lugares donde hace años se rodaban westerns, observando y mezclándose con las gentes de esos pueblos llenos de porches con la bandera americana proporcionando sombra a esas copias de Clint Eastwood que descansan con un rifle en la mano.

Scolnick es ese tipo misterioso y cordial que absorbe todas esas experiencias, las adversidades del camino y la camaradería de los caminantes, para escupirlas después a través de su voz quebrada y sus melodías salvajes, aisladas de un rock and roll condescendiente pero destiladas mediante el soul y el country de los 60’ y 70’.

Sean Scolnick es el tipo que camina. El que sube al escenario se llama Langhorne Slim. Sus cuerdas vocales vibran con una intensidad febril mientras un cristal parece estar cortándolas. Autodidacta con la guitarra, nació en Pennsylvania, pasó por Brooklyn y se quedó en la costa oeste. Cada disco que ha sacado contiene una pureza inalcanzable, son joyas llenas de eso llamado alma, repletas de banjos y cuerdas que sugieren atardeceres, que acumulan esos ritmos que se solían acompañar con whisky. Con My Future la primera canción de esa escueta maravilla titulada Electric Love Letter, Langhorne marcaba el camino embarrado en el que iba a dejar sus huellas como proscrito de su tiempo. El Outlaw Country le acogía con los brazos abiertos, tipos como Waylon Jennings o Willy Nelson estarían orgullosos de abanderar a este larguirucho del norte. Y sí, Bob Dylan tampoco ha dejado de estar presente en sus diferentes trabajos.

A When the Sun´s Gone Down y Langhorne Slim le siguió Be Set Free, un disco casi redondo repleto de pequeñas obras de arte como Back to the Wild o Cinderella, pero quedaba un agujero por tapar. Langhorne en directo es un animal, un virtuoso lleno de energía que proporciona a los afortunados que acuden a verle un espectáculo abrumador e irrepetible. ¿Cómo capturar esa energía? Con The Way We Move, la maravilla de 14 pistas que nos ocupa, han estado más cerca que nunca. Langhorne se grabó cantando junto a la banda –Malachi DeLorenzo (batería), Jeff Ratner (bajo) y David Moore (teclado y banjo)- y así consiguieron evocar las actuaciones en directo.

La canción que da nombre al disco, The Way We Move, es puro nerviosismo festivo, un piano tocado al estilo más rock and roll, viento y cuerdas sirviendo a la desgañitada voz del genio. La partida hacia el mundo exterior de ese alma salvaje queda recogida en el segundo corte, Bad Luck todavía mantiene un banjo sin explotar, un ligero ejercicio de folk tímido. Y llega Fire, cuatro minutos de absoluta genialidad. Un piano que habla de soñar con primeros besos, una voz rasgada que grita para revivir el fuego que hace tiempo que no arde en sus labios, trompetas y trombones que replican mientras los dedos de Moore no dejan de golpear las teclas. Y que así sea, eternamente. Uno querría vivir dentro canciones como ésta.

El banjo adquiere protagonismo en Salvation e inunda Someday, un minuto y medio de country festivo que repara los daños sufridos en la voz de Langhorne tras la abrasiva balada On The Attack. De repente las lágrimas se convierten en barro por culpa del polvo acumulado en los bordes de la carretera. Song For Sid es el golpe bajo del disco, un sonido triste que llega desde lo más hondo. La canción está dedicada al abuelo fallecido de Scolnick.

De ese estado de letargo envenenado nos saca el silbido ilusionante de Wild Soul. Un nuevo amanecer. Nuevas oportunidades. Libertad. Una canción a la que agarrarse eternamente. Unas trompetas a las que seguir hasta el fin del mundo. Pero Langhorne también sabe contar historias íntimas, ahí está Coffe Cups.

Y  todo termina con Past Lives y ese piano que llora melancolía. Langhorne nos habla de vidas pasadas que interactúan con el presente. Parece mirarnos desde el final del camino con las botas llenas de tierra. Nadie ha sabido retratar Monument Valley como lo hacía John Ford. Nadie ha llenado un vinilo con tantos rostros y tantas viejas historias de manera tan pura como lo hace este tipo llamado Sean Scolnick.

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Pedro Moral
Pedro Moral
Periodista especializado en Cine, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014. Actualmente, prosigue su carrera en diversos medios.

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