M. Ward | A Wasteland Companion

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MERGE-BELLA UNION

 

[2012][7,8]

Miramos y amamos el pasado, tanto el que vivimos como el que no. Es imposible no hacerlo, el aura de lo irrecuperable siempre atrae más que lo potencial, lo que podemos alcanzar, que siempre estará al alcance de nuestras manos en algún momento. Otra forma de amar el pasado es mirar al presente. El sucio y masoca presente. Para no odiarlo. Cada vez que la nueva familia Moncloa sale en la tele, con más ajustes de cuenta que Tony Soprano, más añoramos ese pasado en el que creímos que todo lo bueno estaba por venir.

La música, la que desprecia modas y se mantiene fiel a un sentimiento por las raíces -que uno no puede olvidar por más que lo intente-, también tiene esa parte de facultad para amar el pasado. No me refiero a ese refrito en forma de ciclos que viene una y otra vez, como los ochenta, sino aquella auténtica que siempre estuvo ahí, esa que tiene en Estados Unidos una vertiente de grandes autores que a lo largo de los años ha cobrado la importancia y el reconocimiento del tozudo que cree en lo que hace. Esa música que parece recuperada de las catacumbas de grabaciones de los inicios del rock y que une a artistas que van desde Dr. Dog a Howe Gelb, pasando por Calexico, Jonathan Richman o Matthew Ward, por el que aquí estamos citados. Pueden situar a esta genial corriente en el folk, el rock o lo que bien les parezca, pero estamos ante el verdadero brazo dorado de la industria americana musical. Orígenes siempre latentes en canciones atemporales que no necesitan de evoluciones si es de calidad. La música es música y no las especies de Darwin.

El artista con una M delante –esa gente que oculta a sabiendas de todo el mundo su nombre- vuelve a su patria original, que siempre fue la soledad, tras su última publicación Hold Time, publicado en 2009. Ward no se ha dado a la vida disoluta en estos años, al contrario. El proyecto She & Him, a dúo con esa belleza de ojos irreales que ni mil filtros de PhotoShop podrían conseguir llamada Zooey Deschanel editó en 2010 y 2011 dos álbumes a la altura de su debut Volume One. También toca destacar Monsters of Folk –Jim James, Conor Oberts y Mike Mogis- con su LP homónimo de 2009 que consiguió un excelente resultado.

A Wasteland Companion ha sido grabado en ocho lugares distintos que van desde la Portland del cantante a Nueva York o Los Ángeles pero sigue sonando a un mismo lugar: la mente de Ward. La elaboración del sonido se presenta similar gracias a el ex Rodriguez tiene muy claro a qué quiere sonar. Ese viaje por la geografía entre canciones es el que proyectan las propias composiciones, no un sonido irregular. Inaugura el séptimo disco una guitarra limpia que llega como quien llega a un concierto ya empezado y pone el oido, como si el disco llevara sonando un tiempo que ya no escucharemos, perdido para siempre. La voz de Ward en Clean Slate suena tan cálida como siempre, suave en sus adentros, como si fuera una canción de despedida en lugar de botella que se rompe contra el casco del barco. Justo acaban esos susurros y entra un teclado que pelea a la guitarra del primer corte. Notas golpeadas con reticencia y velocidad en Primitive Girl y la capacidad de conseguir, con poco, grandes canciones. Simpleza elaborada que sirvió como carta de presentación. Ward mantiene la forma pese a todo el ajetreo de los últimos años.

La fijación que el de Portland tiene por Daniel Johnston vuelve a quedar patente en este álbum. Si en Post-war regalaba To Go Home, aquí aparece una bella Sweetheart que compite como mejor canción del largo. Piano endiablado, ritmo sesentero rodeado de palmas coros y la aparición de la reconocible Zooey Deschanel –presente con menos fuerza en casi todas las canciones del disco- con una preciosa letra propia del mundo Johnston: amor sencillo y brillante que cubre un mundo oscuro. Ward vuelve a tirar de Deschanel como musa a la que uno intenta retener con este matrimonio profesional, que son los que más duran. I Get Ideas vuelve a la carga con otra versión del tango versionado a su vez por Louis Armstrong, Adiós Muchachos con recuerdos al primer Roy Orbison. Dos versiones, dos aciertos.

El disco cambia de perspectiva cuando entra The First Time I Ran Away, donde, aunque continúa la atmósfera característica de Ward, los tiempos se vuelven más pausados y aumenta la complejidad, tornando a unas composiciones más americanas, reposadas e íntimas. A Wasteland Companion tiene en esa descripción su modo de actuación cuando la guitarra va dejando paso al sonido del desierto, fuerte viento que parece arrastrar granos de tierra que trasladan a la época ya hablada y que dan paso a Watch the Snow, con un ritmo continuo con gran fuerza, otra de las apuestas fuertes del álbum. La guitarra acústica cobra más importancia si cabe en esta segunda parte del disco, donde este apasionado por el instrumento hornea cuerda a cuerda sonidos eternos que redondean cada tema de un LP digno de un hombre que tiene el don de no saber hacer malas canciones.

por J. Castellanos

J. Castellanos
Periodista. Formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014, llegando a ser redactor jefe.

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