Marissa Nadler juega en su sexto disco, ‘July’ (Bella Union, 2014), con la fantasía que se percibe en los sueños y las pesadillas. Juega con la confusión de su título y con el folk pacífico del que se ha adueñado. La dulzura y la fragilidad con la que está hecho su último trabajo le aportan esa imagen quebradiza de la que da miedo adueñarse. ‘July’ cuenta con una excelente producción que permiten que un conjunto de canciones lineales se conviertan en un producto audible en su integridad, aportándole una mayor esencia a la voz y guitarra acústica de Marissa Nadler.
El disco remite directamente a una ciudad sumida en la rutina de sus habitantes, por la que Marissa pasea tranquila y cabizbaja profundizando en sus recuerdos. Reminiscencias que te balancean en sus ecos y te miran de reojo. Es en el momento en que te encuentras con ‘Desire’ y te percatas de que has pasado alrededor de media hora dando vueltas en círculos por una ciudad que no te lleva a ninguna parte, que no tiene tiempo para tus fantasías. Las canciones de Marissa empiezan a hacerse repetitivas y el peso de su guitarra comienza a notarse.
La sensibilidad con la que dota a ‘July’ lo termina por convertir en ese niño tímido que prefiere aguardar callado en un segundo plano, sacando todo su carácter en determinados momentos, como la necesaria ‘1923’ o ‘I’ve Got Your Name’, donde abandona la guitarra para sorprendernos con un piano. ‘July’ nos despide dulcemente, con movimientos ligeros, haciéndonos cómplices de una paz que ha sabido transmitir Marissa Nadler y que ahora nos embruja por dentro.