Rocket Juice and The Moon | Rocket Juice and The Moon

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En agosto de 1991 salía a la venta aquel ensayo de pop con el que debutaron Blur y que consumió la mente de Damon Albarn y su banda. Leisure alcanzó grandes cotas de éxito que de poco sirvieron para el ego o la satisfacción de sus creadores. Fue un éxito, sí, pero empezaron a ver, horrorizados, como el público de sus conciertos se transformaba. Aquel ente iba tornándose peligrosamente, equiparando su forma y voz al de Take That u otras bandas de esas forracarpetas de institutos del sur de Inglaterra. Aquello, unido a una desastrosa gira por todo Estados Unidos, desembocó en el abrazo al modo de vida británico y su exaltación.

Albarn sólo creía en Gran Bretaña. La única música que servían las islas era la única que importaba en contraposición con la que se hacía en Estados Unidos, aquellos años inmersos en el grunge. Detestar todo lo de afuera asumiendo la ignorancia que ello conlleva. De aquellos años poco queda. Ya lo demostró en el que, hasta ahora, es el último disco de Blur, Think Tank, publicado en 2003. Aquel disco abría las puertas a lo que definiría a Albarn en la última década introduciendo instrumentos de viento apoyados en una banda marroquí. En aquel momento se abrió la veda para Gorillaz, la opereta musical Journey to the West o The Good, The Bad and The Queen, su única incursión 100% británica y, curiosamente, lo mejor que ha hecho Albarn hasta la fecha.

Este año, en el que el londinense se ha propuesto que no se deje de hablar de él con el fin de Gorillaz, la vuelta de Blur, la otra ópera Dr. Dee o Rocket Juice & The Moon, el camino definitivo al abrazo a la música africana. Aquí el músico ha reclutado a Flea –el bajista con tics nerviosos de Red Hot Chili Peppers- y el batería Tony Allen, con quien ya contó para The Good, The Bad and The Queen, para, junto a músicos africanos y afroamericanos, crear un álbum que incide en las raíces del primitivo funk y el groove.

El álbum no deja de ser otro de los juegos de Albarn por seguir haciendo el territorio musical un poco más pequeño para, de paso, rescatar una música tan maltratada como el funk, perdido en discos de hip hop de complicada asimilación –por no decir absolutas cagadas sonoras-. De Rocket Juice & The Moon no podemos esperar una revolución sonora, ni siquiera un grandísimo disco, es una forma de disfrutar en pequeñas píldoras para dejarse llevar por nuevos parajes sonoros. Aquí no se inventa nada, el líder de Blur lleva sus conocimientos adquiridos en Gorillaz un paso más. Toques dub bajo sonoridades de trompetas, coros femeninos o raperos que no se rigen sólo al inglés como medio de expresión, abriendo la veda a África como hacía años no teníamos constancia.

Un funk más próximo al de Roy Ayers o al del más experimental Herbie Hancock. Bajo esta referencia, parece que el nuevo proyecto del de Blur se mueve en torno al Head Hunters del genio de los teclados. Los que esperen el arrastrado tono de Albarn susurrando en cada corte, que se olviden. Su protagonismo aquí es anecdótico. Poison es la única referencia en la que la voz del británico deja su marca. La canción, que recuerda a su anterior proyecto con Allen, supone una pequeña marca que rompe con la dinámica del álbum. Es una canción bonita, bien elaborada, de aquellas que enganchan aunque se parezcan a cosas ya hechas, pero entra forzada en relación a las demás.

Destaca en el álbum los golpeos brillantes del bajo Flea, una forma extraordinaria de escuchar a un gran músico sin tener que soportar Red Hot Chili Peppers. Aquí Balzary deja llevar el funk que poco a poco fueron perdiendo los californianos para gustarse y enamorar al oyente. Un acierto. Al igual que la batería Allen. El álbum pierde la frescura de una propuesta demasiado alargada con esos 18 cortes. Una anécdota más en el currículum de un Albarn no apto para aquellos que sólo quieran reivindicar britpop. Esta vez no tocaba.

J. Castellanos
Periodista. Formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2011 a 2014, llegando a ser redactor jefe.

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