The Joy Formidable | Wolf’s Law

Un  niño no pone límites a su curiosidad por muy obscena que sea ésta. Uno cuando lleva dos años siendo bípedo puede matar  gatos a pedradas solo para descubrir las consecuencias (aunque se las imagine). En su cuarto cumpleaños una niña y su primo pueden manosear sus genitales mutuamente sin aparentar un ápice de vergüenza, solo lo hacen para demostrarse que lo que esconden los adultos no es para tanto. Los menores de siete años suelen embobarse observando cadáveres de animales o de insectos. Y si ese cadáver es devorado por otro se convierte en un espectáculo radiante. En la edad adulta hemos superado esa fascinación, sin embargo no toleramos que los humanos se coman unos a otros. Da reparo mirar fijamente a aquellos carroñeros que se alimentan de los muertos, excepto si lo vemos a través del televisor.  Pero aunque giremos la cara no podemos quitar el ojo, quizá porque aunque pueda ser desagradable no deja de ser un acto de amor infinito hacia la criatura que uno se está comiendo. ¿No es amor el de los bancos hacia los desahuciados? ¿No es amor el de Bárcenas a los honrados militantes del PP? ¿No es amor el de Modesto Crespo a los clientes de la CAM?

Con esto no quiero decir que Muse esté muerto tras un último disco mediocre, pero está convaleciente y su telonero en la gira europea, dos tipos y una joven llamados The Joy Formidable, se lo quieren merendar. O eso es lo que se deja entrever en Wolf’s Law un segundo álbum lleno de rabia, de colérica envidia enfocada en la creación de un sonido repleto de texturas y arañazos rock. En The 2nd Law a Matt Bellamy le dio pereza agarrar la guitarra y hacer lo que mejor sabe hacer y como una especie de venganza o reprimenda Ritzy Bryan no la suelta y con bastante menos talento que el genio de Muse consigue que las guitarras de The Joy Formidable bailen entre el ruido y la melodía íntima del mejor shoegaze de los 90’s.

The big Road, la ópera prima, fue una superproducción dotada con una gran fuerza instrumental. Pero la monotonía de sus canciones dejó el disco en un segundo plano. Con Wolf’s Law han ido más lejos, sin salir de  las guitarras retroalimentadas o los susurros de Bryan degradados en violentas embestidas de voz el grupo del norte de Gales ha curioseado avanzando en la experimentación leve del rock, la electrónica o el dream pop. This Ladder Is Our es la canción que abre este álbum de poética carátula. La voz de Bryan se deshace en nuestra cabeza, la rubia ablanda el terreno tras medio minuto de cuerdas desasosegantes y la explosión de Matt Thomas aplastando los tímpanos con su batería.

Con Cholla se acercan a Led Zeppelin en ese comienzo de canción lleno de fuerza y ruido. Bats tiene ese punto electrónico que recuerda a Jesus and Mary Chain, la voz corrosiva de Ritzy se apodera de la canción saltando por encima de los sintetizadores. Que esos susurros no cesen nunca porque cuando ocurre la canción va a peor, excepto por el guitarreo final. Salvaje. Maw Maw Song es el gran tema del disco, los riffs parecen haber estado ahí toda la vida, sus coros son pegadizos e insolentes y la guitarra del minuto cuatro es un caballo desbocado a punto de caer por el precipicio. Siete minutos de canción envolvente. Lo mejor del disco lo hace notable lo peor sólo lo rebaja a bueno.

Tras la última pista, The Turnaround, y tras esperar unos minutos hay una sorpresa en la que un piano hace de telón de fondo de una maravillosa Ritzy que exprime su sensibilidad para arañar los límites de la introspección permitidos en el género duro. El piano se violenta y llega  el clímax maravilloso donde esta joven con el gesto de los personajes de Wes Anderson tiene la última palabra.

No sé qué tipo de carroñeros son The Joy Fromidable, ni si conseguirán comerse a Muse, pero si lo hicieran yo observaría el proceso con la malvada curiosidad de un niño.

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Carlos Naval
Carlos Naval
Periodista. Formó parte de la redacción de HABLATUMÚSICA de 2010 a 2013. Actualmente continúa su carrera en diversas compañías del sector de la Comunicación.