The Walkmen | Heaven

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El cielo no es lugar para aquellos que hacen rock. Cualquier banda que se acerque a un estado mínimo de autocomplacencia o que posea un par de ideas vagas sobre el optimismo se estará elevando  hacia ese cómodo páramo donde vive Jesucristo. La felicidad y el bienestar son dos características del paraíso, un lugar vetado para tipos como The Walkmen. Con Heaven se han acercado a la verborrea tranquila de los que hallaron un estado de paz en sus insignificantes vidas, pero 13 canciones son demasiadas. El optimismo no podía durar tanto.

Han pasado 10 años desde que los neoyorkinos sacaran su primer álbum, Everyone Who Pretended to Like Me Is Gone, y desde entonces han fabricado canciones que en su forma más básica son simples reencarnaciones de los sonidos que anidaban en los vinilos de los 50’ o 60’. Eso en su forma más básica, porque lo que realmente engancha de The Walkmen, y lo que hace de ellos un grupo irrepetible, es su talento para transformar todos esos recursos prestados en canciones únicas, de esas que poseen un lirismo apabullante. You & Me o Lisbon demostraron que Hamilton Leithauser, Paul Maroon, Walter Martin, Peter Bauer y Matt Barrick tienen una destreza intrínseca para elevar el punk revival de principios de siglo a las cotas más altas.

Heaven llega dos años después del maravilloso Lisbon. Los integrantes del grupo ya están casados e incluso tienen hijos. Su dulce momento les lleva a escribir multitud de canciones positivas y de guitarra alegre pero poco a poco ese entusiasmo se oscurece ante la evidencia de que el rock and roll -por suerte- se nutre de inconformismo, de angustia, de irreverencia, de melancolía, del irrevocable vacío existencial y de ese miedo perenne hacia la equivocación.

Todo comienza con los suaves acordes que abren We Can’t Be Beat, un hermoso corte donde metió mano Robin Pecnold De Fleet Foxes cuya influencia quedará grabada en esa agradable atmósfera de coros y guitarras acústicas desde la que Leithauser escupe versos sobre la fortaleza del amor imperfecto. A continuación, el corazón se acelera con Heartbreaker, un corte que guarda una energía contenida donde las cuerdas están a punto de romperse con acordes de un surf rock tardío.

El disco empieza como un tiro, pero de repente llegan dos introvertidas maravillas llamadas Southern Heart y Line by Line. La primera se nutre de una guitarra acústica que le sirve a Leithauser para acercarse a la poesía que fabricaba Leonard Cohen e interpretar con maestría la sangrante reflexión de un cornudo. En la segunda a la voz solo la acompaña una inspirada guitarra eléctrica que enmarca con maestría esta balada con visos de convertirse en imperecedera.

El espíritu encorvado del mejor blues aparece en Jerry Jr. ‘s Tune, un corte instrumental que se viste de prólogo para una segunda parte mucho más compleja  y melancólica. Heaven adquiere cierto tono de profundidad con The Love you Love, canción que precede a Heaven, una canción que mantiene el equilibrio perfecto entre la nostalgia y el vigor de un folk casi acelerado.  ‘Remember, remember / All we fight for’, con versos como éste la canción que da título al álbum se convierte en un mágico y venenoso tributo a la amistad. Mágico por la belleza de su factura y venenoso por esos recuerdos portadores de tristeza que provoca cada uno de sus acordes.

Con esa curiosa serenata titulada No One Ever Sleeps, The Walkmen cierran un disco sereno pero provocador, sencillo pero estimulante, un laborioso recorrido de lo bello a lo feo que me veo obligado a calificar como imprescindible.

Carlos Naval
Periodista. Formó parte de la redacción de HABLATUMÚSICA de 2010 a 2013. Actualmente continúa su carrera en diversas compañías del sector de la Comunicación.

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