Titus Andronicus | Local Business

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Hay grupos que están llamados a contestar la corriente mayoritaria. Enfrentarse a la voz de las discográficas que, como las sirenas de la Odisea de Homero, intentan convencerte de que lo mejor es sacar el álbum del año siguiendo las directrices y los patrones del mercado de valores. Y es que algunos se empeñan en que el siglo XXI, y en especial esta década, tiene que escribirse con el sintetizador y la suavidad del dream pop, como si lo hubiese leído en las santas escrituras. Ante esto, sólo cabe una reacción rápida, inmediata e inexorable de aquellos grupos y artistas que todavía tienen sangre en las venas, y que no han dudado en armarse con una guitarra para destruir todo lo que ama ese mundo acomodaticio y pedante de trend-setters (valga la paradoja).

Así son Titus Andronicus, una banda fuera de tiempo, unos guerreros incansables, rockeros de casta. Son un grupo de punk y quien lo dude ya puede ponerse a la cola de aquellos que vieron en The Monitor la obra de un grupo que podía ser tan presuntuoso como ellos mismos. No estoy diciendo que fuera un mal disco, de hecho es prácticamente una obra maestra del punk moderno. Pero en el álbum se dedicaron a ofrecer himnos patrióticos en recuerdo de la Guerra Civil Estadounidense, y en Local Business, su tercer disco de estudio, no dan de comer salmos, sino música heroica per se, que es lo que necesitan estos tiempos, en los que se desconoce la palabra gloria y las canciones emocionan como canciones que son.

El nuevo disco parece sacado precisamente de tiempos más brillantes y vibrantes, al menos en su fulgurante inicio. Aquellos de enchufa-y-toca-party en garajes de dios sabe dónde. Los cortes tienen la frescura, la contundencia de ese punk idílico, que le viene a uno a la cabeza cuando piensa en las características del género. Si alguien piensa lo contrario cuando empieza Ecce Homo es que añora demasiado tiempos mejores, pero este es el siglo XXI, maldita sea, y el punk resucita cada año con un aspecto diferente. Lejos de las pretensiones de pasar a la historia, el disco comienza como un tiro y sigue con Still Life With Hot Deuce On Silver Platter. Sonoridad y ritmo alegre y exultante, del que lleva tiempo deseando desatarse. Una metáfora que puede trasladarse a la sociedad actual, en muchos sentidos adormecida. Sobre todo en el de recuperar la alegría de vivir. Con Upon Viewing Oregon’s Landscape With the Flood Of Detritus rubrican uno de los mejores inicios que se pueden escuchar a millas y semanas a la redonda.

Lástima que se desinfle este globo en canciones de rock clásico y festivo, como Food Fight!My Eating Disorder, en la que especulan con el ritmo, sin perder gran parte de espontaneidad, y recorren los riffs de los Rolling Stones hasta transiciones disonantes más progresivas. Algo parecido sucede con In A Small Body. Con In A Big City, recuperan el gancho, aunque ya recuerdan demasiado a su disco anterior, pero no tardan en metamorfosearse en su propia versión en los años 70 con (I Am the) Electric Man, donde rozan el glam rock y lo único que consigue brillar es el buen hacer de la voz del cantante y figura Patrick Stickles.

Son punks al fin y al cabo, y hacen lo que les sale cuando están tocando todos juntos. Son capaces de poner espinas hasta a las baladas de más de 6 minutos, como Tried to Quit Smoking, como quien pone el cascabel al gato. Y, sinceramente, no tiene nada de Local Business, aunque estos chicos pueden permitirse el lujo de tirar de oficio, de grabar todos juntos los primeros acordes que se les pasa por la cabeza y grabar un disco de mucha calidad. Algo que, durante la historia de la música, ha estado a la altura de unos pocos. Y, aunque este largo no sea el L.A. Woman de The Doors, puede llevarnos a un pasado no muy lejano, en el que disfrutar de la música era más importante que tenerla en tu colección de vinilos.

Carlos Naval
Periodista. Formó parte de la redacción de HABLATUMÚSICA de 2010 a 2013. Actualmente continúa su carrera en diversas compañías del sector de la Comunicación.

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