Portishead (Poble Espanyol, BCN) 23.6.12

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Segundo día de Portishead en Barcelona en dos actuaciones (viernes y sábado) en España en una especie de mini-festival en un escenario inigualable como el Poble Espanyol. Un auténtico privilegio para los oídos para quienes quisieron poner por delante este regalo celestial a un partido de fútbol donde el 99% del país estaba parado. Sin embargo, por lo que destaca este país es por la producción en cadena de imbéciles: algunos exaltados decidieron vivir a la par el partido de “La Roja” con el concierto con una consiguiente enorme falta de respeto al gritar “gooool” en medio de un momento delicado del directo. Borreguismo y alimentación espiritual no son compatibles. Ahí está la imagen que vendemos, la de la falta de educación al arte y mamar de la teta ardiendo del fútbol como la única válvula de escape.

Indignación aparte (lo cual podría dar para párrafos y párrafos), la banda se mostró impasible y sin una sola brecha en la ejecución, ni se inmutaron a tal incidente en un precioso directo, perfecta banda sonora par el solsticio de verano para los más románticos. Beth Gibbons y su banda subieron al escenario puntuales, empezaron fríos en parte por ajustes de sonido (cosa nada fácil en el Poble Espanyol) pero a la tercera del playlist llegó White Horses y todo se hizo ese abrazo cálido llenador gracias al manejo inmejorable de las intensidades.  Por momentos máquinas de interpretación y por momentos actores de la música de lo más profundo del alma (Wandering Star, excepcionalmente sobrecogedora), la banda interpretó prácticamente una hora de música ininterrumpida para después de llegar a los bises mostrando cierta desidia en esconder su vuelta al escenario: se retiraron de forma poco espontánea y los backliners cambiaron la instrumentación a pelo descubierto. Todos sabemos que va haber bises, pero darle ese falso misterio a la audiencia no está de más.

Portishead es una banda que va con todo por delante, es pura libertad, no hay límites, no hay miedo. Un ejemplo es la atonalidad en los punteos del guitarrista y ese “super-bajista” máquina de clavar bombos y cajas, lo que aporta un feeling y extraordinarios a una música tan etérea que, en ocasiones, por eso mismo corre el riesgo de difuminarse. Nada más lejos de la realidad en este caso porque Portishead eleva las almas en una comunión de espíritus que abandonan sus cuerpos y se aman unos a otros sobre las alturas. La voz divina de Gibbons, una de las mejores voces femeninas de este planeta que no tiene nada que envidiar a ninguna otra cantante de cualquier género, esa voz de verdad y nada de gorgoritos, esa voz de orgasmo en la purificación de alma.

La experiencia de vivir  la banda británica en directo es la desaparición de todas las barreras emocionales del día a día por la magia de sus intensidades y perfección. Precisamente esa perfección podría ser su único defecto interpretativo; la poca espontaneidad conlleva prácticamente imposible diferenciar entre las canciones del directo y sus versiones del disco. Las intensidades son el éxtasis de este viaje por el paraíso, abrazando, besando, bailando, volando… el delirio bello de saber que existe el paraíso, capaces de recrear un apocalipsis y desembocar en la más absoluta paz en el pulso siguiente. Maestros de la música, Portishead sacude el fondo del ser, lo hace libre del elemento corpóreo para que busque la simbiosis con otras almas en un cuadro de espíritus planeando que se elevan solo por la verdad de los sentimientos.