Del conservatorio a la cárcel

No recuerdo cuándo fue la última vez que asistí a un concierto de piano. A pesar de mi devoción por el rock, trato de equilibrar mi dieta musical yendo al mayor tipo de actuaciones que me sean posible. Mi pasado fin de semana lo ejemplifica claramente: sábado, festival de stoner; domingo, ‘La Verbena De La Paloma’ en el Teatro de la Zarzuela. Sin embargo, no consigo acordarme del último concierto de piano. Sólo tengo el vago recuerdo de no soportar el inmenso estruendo de las teclas al martillear las cuerdas, un estrépito del todo intolerable. El piano, ese instrumento salvaje que no nos deja pensar.

A ese pianista que me dejó sordo durante días deberían meterlo en prisión, por contaminador acústico, por genocida auditivo, por criminal contra la humanidad y el bienestar público. ¿Te parece ridículo lo que estoy diciendo? Pues no lo es tanto como la realidad, una realidad en la que a una chica le pueden caer siete (¡siete!) años en prisión por tocar el piano. La catalana Laia Martín lo lleva crudo en un país como este.

Esta es la montaña de estupideces que le podría caer encima a la pianista: siete años y medio de prisión, inhabilitación de 4 años en cualquier oficio relacionado con el piano, una multa de 10.800 € y una indemnización a la afectada de 9.900 €.

Pongamos un ejemplo práctico, porque nada ilustra la verdad mejor que ella misma.

Mario Conde. Sentenciado en 1994 a 6 años de prisión por apropiación indebida de más de 600 millones de pesetas (más de 3 mill. de euros) más cargos por gestión irregular de Banesto. Estuvo poco más de un mes en prisión. En el año 2002 se le impone una pena de 20 años de cárcel y la devolución de 7.200 mill. de pesetas. Sala de la cárcel a los cinco años.

Laia aún no ha entrado en prisión, pero, ¿de verdad su pena de siete años y medio es coherente con los seis de un banquero que roba millones? A todos nos puede irritar tratar de echarnos la siesta y que un vecino nos moleste, y el respeto al descanso de los demás es primordial. Eso está claro, el problema de base sale a relucir cuando las penas son tan ridículamente desproporcionadas. Te sale más rentable robar tres pianos de cola (hasta tres años de prisión) que tocar uno comprado por ti en tu casa.

Tabla de intensidad sonora
Tabla de intensidad sonora

Según la familia, se insonorizó la habitación y el instrumento, la policía admite escucharlo en la escalera pero a un nivel bajo, incluso declaran recibir denuncias por parte de la vecina Sofia Bonsoms cuando ni siquiera había un piano en la casa. Su médico esgrima un estrés auditivo como motivo de esta “alucinación sonora”; todos tenemos un vecino peculiar.

Las mediciones de la policía oscilaban entre los 30 y los 44 decibelios, por lo que, legislativamente, se encontraría 9 decibelios por encima en el punto más alto. Pero siempre me ha gustado más regirme por el sentido común que por la ley, así que para hacernos una idea, se encuentra entre el rango de intensidad sonora de un murmullo y una biblioteca en silencio, como rezan las clásicas tablas. Un poco exagerados, ¿no os parece?

Que sí, que todos tenemos derecho a que no nos molesten. Pero, ¿de verdad molesta tanto un piano en un edificio (en el que además ningún otro vecino se quejaba)? ¿Es lógica la pena que la ley registra para un “crimen” como este? ¿Se nos ha ido la cabeza por el camino? Deberíamos pararnos a pensar durante un mísero minuto y ver si esto está bien, si es normal que la música se califique como “contaminación acústica”, si es racional criminalizarla y, finalmente, si la prisión es el lugar adecuado para alguien que se dedica a TOCAR MÚSICA.

Me imagino la conversación en el patio del Centro Penitenciario de Girona el primer día:

“¿Y a ti por qué te metieron?”
“Me cargué a un tío”
“¿Y a ti?”
“Me pillaron con diez gramos”
“¿Y tú, nueva?”
“Pues nada, que tocaba el piano en casa”
José Roa
Músico y periodista, formó parte de HABLATUMÚSICA.com de 2010 a 2014, llegando a ser editor jefe y alcanzando especial repercusión con su columna 'La Guillotina', editada en 2013 y 2014.